2 de marzo 2012 - 00:00

Las cárceles atroces de Al Asad

Al Quseir - Abú Mahmud, de 27 años, relata con voz monótona los cuatro años que pasó en las cárceles del presidente sirio Bashar al Asad, describiendo un universo similar al de los campos de concentración con arrestos arbitrarios, torturas incesantes y condiciones de vida atroces.

Al igual que muchos otros sirios, este gran hombre barbudo, liberado hace tres meses en el marco de las medidas del Gobierno para tratar de calmar la insurrección, se niega por precaución a ser fotografiado y a dar su verdadero nombre. Él sostiene que la victoria de la revolución está aún lejos.

A fines de 2007, «50 policías llegaron durante la noche. Yo tenía 22 años, estudiaba matemáticas en la Universidad de Homs», dijo.

Nadie le explicó por qué había sido detenido. Entonces comenzaron seis semanas de torturas cotidianas. «Yo tenía los ojos vendados, las manos atadas a la espalda, cables eléctricos conectados a mi cuerpo. Después lanzaban la electricidad. Y me golpeaban en la planta de los pies con un cable», afirma.

La tortura está institucionalizada en Siria, según numerosos testimonios directos o reunidos por organizaciones no gubernamentales.

Los mismos torturadores tenían dudas de su culpabilidad, afirma Abú Mahmud. «Las primeras semanas no me hicieron ninguna pregunta, se limitaron a torturarme», agregó. Tres años más tarde se enteró de que estaba acusado de «pertenecer a una organización secreta que quería derrocar al Gobierno».

Lo desmintió enérgicamente. «En realidad, un amigo había dado mi nombre bajo la tortura. Pero la tortura te hace decir cualquier cosa», indicó.

Luego fue trasladado a Sednaya, un establecimiento para presos políticos.

Luego lo transfirieron a otra celda: 34 personas en 40 m2 y fue el fin de las torturas, «salvo cuando creábamos problemas: si rezábamos, si hablábamos demasiado fuerte». El 27 de marzo de 2008 estalló un motín. «Golpeamos en las puertas, algunas cedieron, subimos al techo. Negociamos y logramos que nuestras familias pudieran venir a vernos». El 5 de junio «vi a mis padres por primera vez. Ni siquiera sabían que yo estaba vivo», recordó.

Pero el 5 de julio llegaron 1.500 soldados y comenzaron a torturar en cadena. «Era el castigo por la sublevación. Pero nosotros recomenzamos, y esa vez rompimos los muros», señaló.

Los amotinados, superiores en número, tomaron el control. «Hicimos subir a los soldados, desnudos, al techo. El Gobierno ordenó abrir fuego. Hubo unos 50 muertos, la mitad prisioneros, la mitad soldados», agregó.

Los detenidos controlaron la cárcel durante cinco meses hasta que terminaron por rendirse debido a la falta de agua y alimentos. Treinta y cinco de ellos se negaron a capitular y los mataron. Abú Mahmud fue trasladado nuevamente. Como antes, «dormíamos en el suelo, en un espacio de 50 centímetros por 1,80 metro cada uno, con una cobija. Y naturalmente, las visitas fueron prohibidas nuevamente», indicó.

La pesadilla cesó gracias a la revuelta, que suavizó la amargura del joven. «Ellos estuvieron a punto de destruir mi vida, pero estoy feliz de ser libre», dice con una mueca.

Estos sufrimientos cambiaron su relación con la religión. «Mi fe es mucho más fuerte. Yo rezo a menudo, hablo con Dios. Antes yo hablaba con todo el mundo, actualmente soy distante. Ya no tengo confianza en la gente», explica Abú Mahmud.

Agencia EFE

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