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“Lengua materna” con las mejores intenciones
Claudia Lapacó cumple una destacada labor como una madre que intenta aceptar que su hija (Virginia Innocenti) tenga novia en la inhabitual comedia de costumbres «Lengua materna».
Tiene su interés esta inhabitual comedia de costumbres actuales. Quizá pudo ser más incisiva, o cuidar pequeños detalles (por ejemplo, un suero no conectado), pero tiene interés. Como anticipan las promociones, el asunto plantea qué actitud toma una madre cuando la hija le declara que tiene novia. Lo plantea desde el vamos. Apenas empieza, la hija le regala a la pobre vieja no una, sino dos noticias que le caen como una bomba. Primero, le blanquea su relación de pareja desde hace años con otra mujer. Y ahí nomás, para emparejar la cosa, «se le escapa» que la otra hija, maestra jardinera en pareja con un chico, ya se hizo, mínimo, cuatro abortos. Deducción: sus amorosas crías no le van a dar nietos. Pero hay que comprenderlas.
Precisamente para entender las cosas, la buena señora va a una librería, se actualiza en materia de teorías de género, y, típica madre, se convierte en confusa simpatizante de las ideas que supone propias de su hija. Ella no sabe de matices. Así es como, en señal de buena voluntad, le regala a su nuera un par de zapatos abotinados que la otra desdeña sin ninguna diplomacia. Tal es su ansiedad de comprender, que solo así puede entenderse que le falle tanto la intuición materna y, de solo ver nomás al amor de su hija, no la lleve aparte y le diga el clásico «esa chica no te conviene». Porque la otra es egoísta, seca, y encima adúltera. Detalle curioso: también es una política liberal más preocupada por su carrera que por la gente que la quiere.
Según la antedicha promoción, la película también plantea qué hace una hija para comprender a su madre. Ah, nada. Peor aún, así como le hubieran molestado unos reproches también le molesta el interés solícito, que «políticamente» o malcriadamente considera simple y llana intromisión en su vida privada. Cierto, la madre es bastante pesada, pero eso es lógico. Hay que entenderla, y agradecer que no quiera hacerse la víctima, sino la cómplice.
Graciosa, una noche de bingo en un club femenino al que la vieja va con la vecina. También, la música como de tambores de Calanda para dos momentos de revelación, la broma del cuñado al confirmar sus sospechas, y la escena de la madre con un cura cordobés que, al enterarse del caso, primero dictamina «condenación y tormento», y luego hace rebaja por tratarse de la hija de una parroquiana. Fernando Corts se llama el actor en papel de cura. La hija es Virginia Innocenti. En breves apariciones, Zulema Katz (la otra hija) y Nancy Anka (en el bingo). Y en destacada labor, simpática, querible, comprensible, Claudia Lapacó. Directora, la también cordobesa Liliana Paolinelli, que había debutado con otra sobre el difícil diálogo de negociaciones de una periodista con la madre de un preso y con este mismo, que sabe enamorarla: «Por sus propios ojos».
P.S.


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