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Llamar o no llamar
Ese procedimiento funciona ya desde hace tiempo en la Capital Federal, pero ha sumado hasta ahora no más de 50 mil adherentes, algo que le hace percibir al Gobierno que ha dado en alguna tecla oculta de la opinión pública. Si lo proponía el macrismo gobernante en el distrito era un número, pero si lo activa el krichnerismo nacional, es otro. Un dato que inspira otros proyectos de comunicación ligados ya a la actividad de campaña.
Ésa es la explicación del fervor oficial sobre un asunto que irrita a muchos -la catarata de llamados pagados- pero que es lateral como preocupación. Salvo para las empresas del ramo, que si sigue la acumulación de pedidos de bloqueo puede peligrar su negocio. Lo lamentarán esas firmas y también la franja que se entretiene con esos llamados, quizás en la soledad que produce que nunca nadie llame.
Entre los funcionarios que se acercaron ayer a Olivos se recordó la anécdota que cuenta el exdiputado nacional Eduardo Camaño, hoy en el Banco Provincia junto a Daniel Scioli. Cuando dejó el Congreso entró en el ostracismo político por su pasado duhaldista y dejó de sonar su celular. Para superar la depresión que le causaba se compró un segundo celular, desde el cual llamaba al otro que tenía para recrear el sonido compañero de las llamadas.


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