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Lo que faltaba: limitan a Bernanke
¿Qué puede hacer la política económica? Si el estímulo no consiguió colocar a la economía sobre la vía rápida de una recuperación vigorosa, a pesar de que se lo dispensó con generosidad, ¿significa que fracasó? No necesariamente. ¿Cuál era la alternativa? ¿No hacer nada? ¿No intervenir? Se intentó -por ejemplo, cuando se dejó caer a Lehman Brothers- pero no se pudo sostener ni siquiera un par de días. ¿Retacear el estímulo, acaso, hubiera arrojado mejores resultados? No es evidente. La experiencia europea -que combina una mayor austeridad fiscal con una política monetaria también más sobria que en los EE.UU.- no parece el modelo a imitar. Una mejor configuración de los programas, sin duda, hubiera ayudado (y aun ayudaría): sólo la obcecación ideológica de los republicanos -bastoneada por el auge del Tea Party- explica la predilección por insistir en las reducciones de impuestos y descartar de plano los aumentos de gasto público a la hora del aliento fiscal. La rebaja de dos puntos porcentuales de los impuestos personales al trabajo -una iniciativa del presidente Obama concedida gustosamente, a fines del año pasado, por la oposición- no dejó ninguna huella positiva en los niveles de consumo privado del primer semestre. Y, en paralelo, desde que comenzó el año, todos los meses, sin excepción, el sector público recortó su nómina de empleados.
Si los incentivos diseñados para revivir los bríos de los EE.UU. no lograron un efecto rotundo pero, a la par, vía múltiples derrames, recalentaron en demasía a las economías emergentes, entonces queda claro que los problemas no pasan sólo por no seleccionar una correa de transmisión más adecuada. Hay engranajes que se rompieron y requieren atención específica. La pericia micro importa. Y hay errores (como haberse apurado en la aplicación de la nueva regulación bancaria) también en este terreno. En ese marco general, las políticas macro todavía pueden aportar.
Que nuevas contribuciones de la política económica puedan ser útiles no significa que tengan margen para ser aplicadas. El corolario que dejó la puja por el techo de la deuda pública es que la intransigencia de la política interna -y la situación de virtual empate entre el Gobierno y la oposición republicana- le puso ya un candado a la expansión fiscal. Esa intransigencia fue, dicho sea de paso, la razón que adujo S&P para rebajar la calificación de la deuda de EE.UU. (lo que opera, a su vez, como un segundo candado). Ahora bien, inmovilizar la política fiscal, por sí solo, supone gatillar un efecto negativo del orden del 1,5% (o, tal vez, del 2%) del PBI, el año próximo. Si por entonces la economía se mece al borde del barranco, sería darle el empujón.
En la antesala de Jackson Hole, las especulaciones abundan sobre los caminos que tomará la Fed. La política monetaria, a diferencia de la fiscal, no tiene candado. Sin embargo, no está completamente fuera del radar de la política a secas. El 2012 es un año electoral. Y los aciertos -o errores- de la Fed repercutirán de lleno en las chances de los contendores. Y como la prepotencia política cotiza en alza, ya hubo quien notificó a la Fed de que sus pasos serán escrutados con el mismo celo con que se miden los actos de gobierno. Hablando en Iowa, el gobernador de Texas, Rick Perry, precandidato presidencial republicano, fue por demás explícito. Advirtió que si «este señor (por Ben Bernanke, titular de la Fed) imprime más dinero de ahora a la elección» lo juzgará un acto de traición. En sus palabras, «que no se imprima más dinero para hacer política». O sea, Perry no aprueba el QE3. ¿Es sólo una opinión personal? ¿O de buena parte del partido republicano? De momento, no tuvo eco. Pero sólo la Casa Blanca lo repudió. ¿Hará mella en la Fed? Ya el QE2 fue recibido, en su tiempo, con un coro de protestas. Son los gajes del oficio. Pero es llamativo que la Fed haya sido blanco de una campaña política que está en pañales. No augura nada bueno. Si llevara a la Fed a tomar una posición demasiado conservadora, de ir a la zaga de los acontecimientos y no anticiparse, para que sean los acontecimientos los que tornen evidente el porqué de sus decisiones, el daño sí podría ser muy grande.

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