4 de mayo 2009 - 00:00

Los artistas argentinos buscan reposicionarse en tiempos de crisis

«La torre verde», de Roberto Aizenberg, se subastará el 28 de mayo en «Christie’s»; al lado «El amenazado» (de la serie de Maniquíes 1994-1997), de León Ferrari.
«La torre verde», de Roberto Aizenberg, se subastará el 28 de mayo en «Christie’s»; al lado «El amenazado» (de la serie de Maniquíes 1994-1997), de León Ferrari.
¿Puede considerarse el arte argentino como un buen refugio para el dinero en estos tiempos de crisis? La respuesta es compleja y demanda retrotraerse en el tiempo. Excluido de la historia «oficial» del arte que escribieron los europeos, las virtudes del arte argentino eran prácticamente secretas hasta la década del 80. Fue necesario el estímulo de algunos investigadores extranjeros como David Elliott y luego Mari Carmen Ramírez, y diez años más tarde, la presión de un mercado internacional que se tornaría insaciable, para sacar a los argentinos de su ostracismo secular.

Sólo entonces aparecieron algunos exploradores interesados en el arte de Buenos Aires, luego de que Eduardo Costantini pagara, al promediar la década del 90, el record latinoamericano de Kahlo y -además de los mexicanos que dominan el mercado-, comprara argentinos y brasileños. Pero nunca un argentino alcanzó el millón de dólares, salvo Lucio Fontana, un rosarino que en el extranjero se considera italiano.

En un pasado cercano, hace menos de una década, personajes poderosos del coleccionismo latinoamericano y varias instituciones como el influyente Museo de Arte Moderno de Nueva York o el Bellas Artes de Houston, llegaron a la Argentina y descubrieron la excelencia de nuestros abstractos, comenzó entonces una firme revalorización de varios artistas, cuyas cotizaciones están en franco ascenso a pesar de la recesión.

Hace unos meses, en noviembre de 2008, mientras las bolsas del mundo se desplomaban, el fenómeno repercutió en las subastas latinoamericanas de Nueva York: Emilio Pettoruti ocupó la portada del catálogo de Christie's, y junto a César Paternosto y Roberto Aizenberg, entre otros argentinos, alcanzaron varios records de artista, mientras Jorge de la Vega casi llega al medio millón.

Los precios eran modestos pero finalmente fueran records. Este mes, el 28 de mayo, acaso se reedite la «hazaña» cuando también en Christie's vuelvan a ofrecer obras con amplio predominio de la abstracción de alrededor de 30 argentinos, cifra que duplica la presencia de nuestros artistas en el remate latinoamericano de Sotheby's.

El momento no parece ser el mejor para una repentina y masiva aparición en las subastas, sin embargo la relación precio- calidad es inmejorable. En el mercado internacional, «la necesidad de liquidez de algunos coleccionistas ha provocado caídas de los precios de hasta 35%» -según un informe del Financial Times-, y además se anuncia que «muchas obras maestras de la posguerra, que durante los últimos años han subido al calor de los mercados bursátiles, se vendieron con pérdidas para sus dueños». Es decir, el desembarco argentino no parece casual, y cabe señalar el motivo.

Fue necesario que a la espera de tiempos mejores, desaparecieran de las ventas las grandes firmas y las obras cumbre -mayormente mexicanas- que movilizaban los grandes números del mercado, para que los argentinos, hasta ayer reducidos a unos pocos nombres, pasaran a ocupar el frente de batalla, esta vez junto a los brasileños, que siempre estuvieron un paso adelante, pero también en la retaguardia.

En el contexto del arte latinoamericano, que hasta el presente mantuvo un comportamiento ajeno al de Europa y EE.UU., debido a sus valores sustancialmente más bajos que los del Norte, el precio del arte argentino es casi insignificante.

Sencillamente, el autorretrato de Rivera que ofrece Christie's por algo más de un millón de dólares, puede costar algo menos si la crisis se profundiza. Pero ¿cuánto pueden bajar las obras históricas de Quinquela Martín, Molina Campos, Alicia Penalba, Marta Boto, León Ferrari, Roberto Aizenberg, Marcelo Bonevardi, Alfredo Hlito, Ennio Iommi, Guillermo Kuitca, Julio Le Parc, Rogelio Poleselo, Mario Pucciarelli, Antonio Seguí o Luis Tomasello? También están Daniel García, Ary Brizzi, Pablo Siquier, Adolfo Nigro y, entre otros, Miguel Ángel Vidal. Pero ninguno llega a los 100.000 dólares, la gran mayoría apenas si supera los 10.000 y Ferrari (con su León de Oro de la Bienal de Venecia y exponiendo sus obras actualmente en el Moma), alcanza raspando los 50.000.

En el rubro arte, cuando se habla de uno legitimado y avalado por los museos -como el de los artistas mencionados-, es muy difícil encontrar en el mundo obras que ostenten un precio menor. En estos días se advierte con mayor claridad que gran parte del mercado que se derrumba lo levantaron las fortunas inagotables que llegaban desde esos territorios imprecisos donde moran los fondos de inversión, que aterrizaban en los remates de Londres, Nueva York y París, o en la Feria de Basel y que nunca pisaron la Argentina.

Las últimas subastas demuestran que las obras de Frances Bacon, Gerard Richter o Lucio Fontana tienden a subir, pero las cotizaciones millonarias de los tiburones en formol de Damien Hirst, las intimidades de Tracey Emin y las fantasías sangrientas de otros artistas británicos que el publicista británico Charles Saatchi coleccionó y publicitó, parecen destinadas a caer en picada. Hoy Saatchi convoca artistas a la BBC de Londres, para participar de un programa como «Gran Hermano».

El 12 de mayo, la subasta de arte contemporáneo de Sotheby's, permitirá medir el alcance de la crisis, cuando salgan a la venta las obras de Robert Rauschenberg, Jeff Koons, Alexander Calder, Cy Twombly, Jean-Michel Basquiat, Andy Warhol, Robert Gober y Jeff Wall, entre las 49 en total, por las que esperan recaudar entre 52 y 72 millones de dólares.

Existen pocas certezas en el mercado, pero los operadores no se cansan de repetir que la calidad de las obras, algo que llegó a olvidarse en estos últimos años, es lo esencial. Cuando se desmoronaban todos los mercados, salió a la venta un bronce de Degas, «La pequeña bailarina de 14 años», y esta obra excepcional batió un récord mundial para una escultura del artista, al venderse por 14,6 millones de euros.

En suma, si se retoma la pregunta inicial sobre el arte argentino como refugio, el aislamiento y la revaloración y aparición tardía en el confuso e inflacionario mercado internacional, son factores que en términos de inversión pueden jugar a favor.

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