Comparando, por ejemplo, con lo que ocurrió en 1968, cuando los tanques rusos entraron en Checoslovaquia, el bloque soviético se desintegró y la economía rusa logró rápidamente adaptarse al capitalismo. Moscú sabe muy bien que las amenazas e intimidaciones que más le duelen al Occidente son precisamente las que están vinculadas al estratégico tema de los suministros de gas. En estos años, Ucrania se convirtió en una suerte de enorme gasoducto: por su territorio pasa el gas que desde Rusia llega hasta los países europeos. Cada año transitan por Ucrania unos 100.000 millones de metros cúbicos de gas ruso, energía que cumple un largo viaje a través de una red de gasoductos con una extensión de 40 mil kilómetros.
Las tensiones de estos años Kiev-Moscú han, sin embargo, obligado al Kremlin a impulsar la creación de South Stream, un super-gasoducto que no pasa por el territorio ucraniano y que en cambio llega directamente a los clientes europeos.
Rusia está utilizando los envíos de gas a Europa como arma diplomática, para asustar a Europa y a todo el Occidente. Por otro lado, Estados Unidos responde a su vez puntualmente a Moscú, como demuestra la promesa de sanciones que podrían llegar incluso al congelamiento de los bienes rusos, una devaluación forzada del rublo o limitaciones en las exportaciones rusas, en primer lugar las de energía. Dentro de este esquema, hay un tema nuevo, que representa a su vez un 'partido' a parte: el del "shale gas", que EE.UU. está impulsando con fuerza, autorizando exploraciones en su territorio nacional para intentar desprenderse de la dependencia energética de terceros países. Moscú ve, en cambio, muy negativamente esa nueva tecnología, cuyo avance podría hacerle perder una suerte de monopolio que tiene en el sector de la energía.
En el marco de la crisis ucraniana, el Gobierno de Vladimir Putin se está preparando para afrontar la "escalation" con EE.UU. con una serie de medidas: por ejemplo, fuga de los mercados estadounidenses con la salida nada menos que de u$s 130.000 millones de la deuda estadounidense, cese de la utilización del dólar para contabilizar el valor de un barril de crudo o de un metro cúbico de base, el cese de los pagos de los créditos a los bancos norteamericanos si Washington congela los bienes rusos.
La sensación es que Rusia no tiene ninguna intención de hacerse intimidar por Wa-shington y que, por el contrario, quiere asustar a EE.UU.: posición que está en plena sintonía con el "estilo" Putin y su objetivo de instalar en el mundo la imagen de una "Gran Rusia".
Muchos analistas consideran, sin embargo, que en realidad Moscú no tiene mucho espacio para imponer su posición. Si Rusia llegase a desprenderse de los 130.000 millones de deuda de EE.UU., Wall Street sentiría seguramente el sacudón. Pero al mismo tiempo, esto sería poco comparado con una eventual movida similar, por ejemplo, de China o Japón, que juntos tienen acumulada una cifra mucho mayor que esa dentro del endeudamiento estadounidense. El bloqueo en el reembolso de los créditos podría, por otra parte, dañar los balances de uno que otro banco de EE.UU., pero en el fondo sería más dañino para la misma Rusia, subraya, por ejemplo, el economista Jacques Sapir.
Y por otro lado, una interrupción en las relaciones externas de Moscú sería devastadora para el rublo, que se encaminaría hacia una devaluación.
| Agencia ANSA |


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