6 de septiembre 2017 - 23:48

Lukas Bärfuss ante un tema siempre molesto: el suicidio

• DIÁLOGO CON EL NOTABLE DRAMATURGO Y NARRADOR SUIZO, QUE VISITÓ EL PAÍS
En “Koala”, el autor parte de la muerte voluntaria de su hermano para trazar un viaje filosófico.

Barfüss. El intelectual suizo presentó en Buenos Aires dos de sus libros, dictó una masterclass y asistió a una puesta de su obra “Paraty”.
Barfüss. El intelectual suizo presentó en Buenos Aires dos de sus libros, dictó una masterclass y asistió a una puesta de su obra “Paraty”.
El suicidio enfrenta a un acto al que se le busca dar un sentido y abre una pregunta casi siempre sin respuesta. Al dramaturgo y narrador suizo alemán Lukas BTMrfuss lo lleva en "Koala" (Adriana Hidalgo), a forjar una novela posmoderna que suma reflexiones en un viaje al fondo de la existencia. BTMrfuss vino a Buenos Aires a presentar sus novelas "Koala y "Cien días", dictar una masterclass de dramaturgia, y presenciar la puesta de su obra "Paraty", dirigida por Cecilia Barssano y Carla Pantanali, en el Centro Cultural San Martín. Dialogamos con él.

Periodista: Su novela "Koala" enfrenta, a partir del duelo por la muerte de su hermano, el tabú de hablar del suicidio.

Lukas BTMrfuss: Hay un perdón inherente al olvido. Nietzsche, en la "Genealogía de la moral", dice que "sólo lo que no deja de doler queda en el recuerdo". A partir de eso se puede pensar que el recuerdo está ligado al dolor. Y los chistes que se recuerdan tienen una conclusión que por un lado divierte y por otro apena, como el payaso que llora tras un golpe y hace reír. Hay personas que no recuerdan los chistes porque rechazan ese dolor.

P.: Usted eligió lo contrario, aceptarlo y dejarse llevar por sus resonancias.

L.B.: Partí del último encuentro con mi hermanastro, al que no veía desde hacía mucho y que, sin saberlo, fue por última vez, cuando fui a mi pueblo de infancia a dar una conferencia sobre el poeta Henrich von Kleist, que mató a la mujer que decía amar y se suicidó. Supe que lo que quería contar no podía hacerlo con una forma cerrada. Me aparecían otros asuntos. Las resonancias de Koala, el sobrenombre con el que todos conocían a mi hermano. Las huellas de ese nombre, que remite a ese curioso animalito en extinción que se droga con hojas de eucalipto y es símbolo de Australia. La conmoción que tuve al leer los diarios de los primeros inmigrantes a Australia, que a diario se enfrentaban a la muerte y anotaban con prolijidad en sus cuadernos las ejecuciones en la playa. Busqué reproducir en "Koala" esa actitud. La incapacidad para comprender la decisión de mi hermano, me llevó a desarrollar una frialdad y dureza que me permitiera dar testimonio de esa pérdida. Tenía una imagen fragmentada. Piedritas de colores con las que se busca formar una figura para descubrir que lo importante no es la imagen sino las uniones, las relaciones. Robert Walser dijo que "cada libro es una tumba". No lo entendí hasta que tuve en las manos mi primer libro. No entendía quién estaba en esa tumba hasta que comprendí que siempre hay una parte de la existencia de un escritor que estará enterrada en su libro.

P.: El acto final de su hermano lo lleva a revisar suicidios famosos.

L.B.: En Sócrates, en Catón, en Séneca, en Mishima y la tradición del seppuku, hay una idea del heroísmo que tiene que ver con la libertad. No hay ningún sistema que pueda obligarnos a conservar nuestra vida. Por más opresor que sea el sistema siempre existe la posibilidad de decir no. Pero ese tipo de heroísmo no lo pude reconocer en la acción que llevó a cabo mi hermano. Y creo que es algo que les pasa a todos los que perdemos a un ser querido, no ven en ese suicidio el heroísmo sino la derrota. Y ¿no será que esa derrota no la podemos ver en los suicidas clásicos porque aplicamos la retórica modélica del nacionalismo que convierte en héroes a los muertos en la guerra? Si pensamos en Von Kleist y su obsesión por la cancerosa Adolfine Vogel, a la que mata antes de suicidarse, sólo debemos sentir asco. La recurrente violencia contra las mujeres en la obra de Kleist es un tabú en la literatura alemana. La última acción de ese gran poeta romántico no es un acto amoroso o heroico, sino un crimen.

P.: Usted descarta las ideas habituales.

L.B.: Se suele pensar que el suicida todo lo que hizo antes fue una preparación. Y eso es un error. La enseñanza de Sócrates sería que un pensamiento radicalmente libre, que entra en conflicto con el poder, tiene que elegir entre seguir viviendo de manera cobarde o elige un acto de libertad. Quiere dar una lección moral más, y lo que refleja es un ansia de consuelo. No hay el heroísmo del discurso ideológico, hay limitación, soledad, miseria, caos, imposibilidad, absurdo, y preguntarse por el por qué es entrar en una camino peligroso cuando lo que importa es valorar la existencia.

P.: ¿Qué relación hay en usted entre el teatro y la novela?

L.B.: En uno me recupero del otro. No me podría imaginar renunciando a alguno de los dos. En teatro la dimensión física de la existencia tiene un lugar central. Si la actriz está resfriada hay algo que cambia. La literatura, tal como la entendemos en la sociedad burguesa, es decir en forma de libro, no pregunta sobre la situación física de la protagonista. Paul Valery dice que sólo un pensamiento físico, corporal, es un pensamiento real, y el teatro es un pensamiento que pone el cuerpo.

P.: ¿Qué está escribiendo ahora?

L.B.: Estoy en la fase de la incertidumbre productiva. La última frase de mi último libro es: este es el fin, aquí quiero comenzar. Tengo encargos teatrales y editoriales. Teatro en Colonia, en Berlín, en Suiza. Un libro de ensayos y una novela.

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