21 de octubre 2010 - 00:00

“Ma fille” o cómo emocionar con una rareza

Con muy pocos medios y dos actrices en estado de gracia (Susana Beltrán e Isabelle Moreau), Eduardo Stavron filmó en tres días el reencuentro de una hija con la madre que la abandonó.
Con muy pocos medios y dos actrices en estado de gracia (Susana Beltrán e Isabelle Moreau), Eduardo Stavron filmó en tres días el reencuentro de una hija con la madre que la abandonó.
«Ma fille/Mi hija» (Argentina, 2007, habl. en español). Dir.: E. Stavron. Guión: E. Stavron, S. Beltrán, I. Moreau, M. Agogué. Int.: S. Beltrán, I. Moreau, M. Agogué.

Este parece el año Stavron. Ya estrenó dos de sus rarezas más singulares: «Alegría», sobre un enano gruñón que espera seguir en el circo hasta morir en la pista, y «El maravilloso mundo de Carlitos», tan raro que hasta incluye tres apariciones graciosas de Adolfo Aristarain. Ahora, como culminación, estrena su mejor trabajo hasta el momento, o quizá sería más adecuado definirlo como su trabajo de mejor llegada. En este caso, una rareza que emociona.

Lo hace con muy pocos medios. Dos actrices, un actor, un departamento (el suyo propio), unos paseos por la ciudad, una camarita de alta definición. ¿Y un guión? Si, un guión escrito en el aire a ocho manos, porque director y artistas lo fueron haciendo a medida que rodaban. Y el rodaje duró apenas tres días. Atención: en esas condiciones bien pudo salir una chantada recomendable sólo por los teóricos más confusos y sus difusores publicitarios. En cambio salió una obra bien sentida, sencilla, inteligentemente breve y largamente apreciada por la gente común que desde el 2007 la viene disfrutando en pequeños festivales del interior, desde Saladillo, donde se llevó los premios de mejor film, director y actriz en adelante, pasando por el Festival Inusual de Buenos Aires, donde también se llevó los mismos premios.

Esa gente la recomienda. ¿Por qué? Porque los personajes son reconocibles, queribles, reprochables, elogiables en igual proporción, y porque sus actrices desarrollan como algo natural, sin exageraciones, una situación muy intensa: el reencuentro de una madre con su hija, tras largos años de abandono. El entusiasmo de reconocerse va de la mano con la necesidad de pedir explicaciones y explicarse, hacer reproches y evitarlos. La mujer era actriz, vivió en Paris una bohemia juvenil teñida de miedos. Convertida en madre por accidente prefirió retornar tan inmadura como se fue, y alimentar desde entonces recuerdos parisinos. «Ma fille», le dice a la hija. Hablan en francés. La hija es francesa, y ha querido conocerla. Pero no va a decirle «ma mére» con cariño demasiado entusiasta. Al menos hasta que no hayan hablado, o se hayan entendido de algún modo.

Sin estridencias, con momentos de risas, incomodidades, contactos evidentes y cortocircuitos disimulados, como suele pasar. Y con momentos de sólo música, silencios, y miradas. Con una imagen en blanco y negro donde predomina la luz natural, o donde a veces entra un color suave. Y dos actrices casi diríamos en estado de gracia: Susana Beltrán, que hizo sus primeras armas allá por los 60 en películas que ahora aman los cultores del bizarro, e Isabelle Moreau, que hace lo suyo en Francia y Suecia, un día vio por la red un corto de Stavron, le escribió, y poco después estaba bajando del avión, para hacer esta experiencia entre amigos. Michel Azogue completa el reparto y atiende la dirección de arte, que no es mucha. Director, productor, sonidista, director de fotografía, camarógafo, co-montajista y coguionista, Enrique Stavron, en su año de mayores estrenos.

P.S.

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