6 de diciembre 2011 - 00:00

Maastricht recargado

José Siaba Serrate
José Siaba Serrate
A los mercados les agradó el pacto que cerraron Alemania y Francia. Ya les había gustado la semana pasada cuando lo que sus líderes -Merkel y Sarkozy- prometían era una unión fiscal que clausurara el flanco débil del proyecto de integración de la eurozona. Lo que se reveló ayer es una creación harto diferente. No importó. Nadie pareció notarlo. El acuerdo que sellaron Merkel y Sarkozy es un rediseño ambicioso pero de ninguna manera el salto a una nueva Europa. Cuando se hace a un lado la pompa de los anuncios, se advierte un «restyling» del Tratado de Maastricht (que actualiza las restricciones en el terreno de las finanzas públicas). El chasis es el mismo. Inclusive se mantiene la regla del 3% como tope al déficit fiscal anual en proporción al producto bruto. Lo que se reemplaza es el sistema de frenado. Las penalidades por incumplimiento no son idea nueva pero, con la modalidad vigente, no pudieron accionarse cuando correspondía. Merkel y Sarkozy propugnan migrar a un régimen antibloqueante (una suerte de ABS). El freno a la deuda pública estará inserto en las leyes de cada país (la Corte Europea de Justicia verificará su correcta instalación), las sanciones serán automáticas cuando se constaten excesos (a menos que se oponga una mayoría calificada del 85%). Es tecnología alemana con un «toque francés» de suma delicadeza. No habrá fricciones por problemas de soberanía. Bruselas no meterá sus narices en los presupuestos nacionales y no tendrá asunto en corregirlos o vetarlos. De antemano todo país signatario hace uso de su soberanía para autoimponerse -en su texto constitucional- la «regla de oro» del límite fiscal. Un presupuesto -o una ejecución- que no lo cumpla violará así el tratado, pero también su carta magna. ¿Querrán los 27 miembros de la Unión Europea suscribir este compromiso? Ni por asomo. Pero ninguno de los 17 que conforman la zona del euro tiene otra alternativa que anotarse. Bienvenido, pues, a la Europa de las dos velocidades.

Digresión al margen: si la unión monetaria ya chocó, o se atascó en la banquina, un mejor sistema de frenos... ¿podrá ser el remedio de la crisis? Tal vez de la próxima, ¿pero de la actual?

La unión fiscal que tanto meneó la canciller Merkel en su oratoria brilla por su ausencia. Y nada -salvo esos discursos aún frescos- sugiere que pronto hará su aparición. El euro es la moneda común, pero cada Tesorería duerme en camas separadas. Y así seguirá. Merkel y Sarkozy fueron tajantes: «Los eurobonos no son una solución a la crisis». No habrá emisión de deuda conjunta, mucho menos se avizora el atisbo de una caja común. ¿Dónde está la unión fiscal que tanto se proclamaba? Si se trata de compartir un entramado de reglas fiscales, «reforzadas y armonizadas», eso es simplemente una versión aggiornada del pacto monetario original. No es una unión fiscal sino Maastricht recargado.

La integración fiscal puede ser reemplazada, en los hechos, por un rol más decidido del BCE. Cuando su titular, Mario Draghi, la semana pasado habló de la necesidad de contar con «un compacto fiscal» dio a entender que una mejoría de la gobernanza de la eurozona -como la que ahora se alienta- podría abrirle el paso a un mayor compromiso del BCE en la faena integral de la estabilización económica. En ese sentido, Maastricht recargado no interfiere sino que despeja el camino. Y a Draghi no le tembló el pulso al estrenarse en su cargo y, en simultáneo, tener que revertir el curso de la política monetaria. Se descuenta además que volverá a recortar las tasas de interés en su segunda reunión al timón este jueves. Pero, ¿se atreverá a ir más allá? Si los gobiernos le dicen que no a los eurobonos, ¿por qué el banco central debería ocuparse de relevarlos de su tarea natural y hacerles el trabajo sucio? A menos que esos mismos gobiernos corran con el riesgo de crédito de la intervención en el mercado de bonos públicos. ¿No a los eurobonos por la puerta principal, y sí a los avales y garantías gubernamentales por la ventana? Una iniciativa así podría organizarse a través del vehículo fiscal común, la Facilidad Europea de Estabilidad Financiera. Pero todo este tiempo el fondo de rescate no ha querido tampoco desplegar ese rol.

No es la primera vez que los mercados aplauden con entusiasmo una creación de la dupla «Merkozy» en su ceremonia de (pre) estreno. A fines de octubre la recepción inicial fue igualmente cálida y apenas dos ruedas más tarde el alivio ya había trocado en funesto aluvión. Sin embargo, hay una diferencia crucial y que conviene apuntar. En octubre, como se dijo, todos los mercados financieros volaron con los anuncios salvo el de la deuda italiana, que no se comió ningún amago, e hizo notar su desagrado (antes que el mismísimo Papandréu) gatillando una pésima subasta. Si de ayer se puede recoger una señal alentadora (aun después que la agencia S&P empañara los festejos) también proviene de Roma. La deuda italiana, que supo orillar rendimientos cercanos al 8%, descendió de plano hasta rozar el 6%. Mérito de los desvelos de Mario Monti y de su gabinete de académicos. El ajuste que se le exigió, urgente, inoportuno, a trasmano de los rigores del ciclo, está allí. Amarrado a la vista de todos como prueba de voluntad firme. Con Berlusconi hubiese sido imposible. ¿Será que finalmente se produce el milagro del ajuste como disparador de un shock de confianza? Ojalá así fuera (y, en perspectiva, pagar el 6% dista de ser una bendición o una situación sostenible). Empero, todo sugiere que la razón fue otra: la promesa «Merkozy» de no repetir el tratamiento punitivo que se le aplicó a Grecia. El mensaje que pronunció el presidente francés (en el nombre de ambos) fue tan contundente como la negativa a los eurobonos: «Otro impago como el de Grecia no volverá a suceder jamás». Fue, por cierto, el único rastro de algo que se asemejara a la remanida unión fiscal.

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