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Maastricht recargado
José Siaba Serrate
Digresión al margen: si la unión monetaria ya chocó, o se atascó en la banquina, un mejor sistema de frenos... ¿podrá ser el remedio de la crisis? Tal vez de la próxima, ¿pero de la actual?
La unión fiscal que tanto meneó la canciller Merkel en su oratoria brilla por su ausencia. Y nada -salvo esos discursos aún frescos- sugiere que pronto hará su aparición. El euro es la moneda común, pero cada Tesorería duerme en camas separadas. Y así seguirá. Merkel y Sarkozy fueron tajantes: «Los eurobonos no son una solución a la crisis». No habrá emisión de deuda conjunta, mucho menos se avizora el atisbo de una caja común. ¿Dónde está la unión fiscal que tanto se proclamaba? Si se trata de compartir un entramado de reglas fiscales, «reforzadas y armonizadas», eso es simplemente una versión aggiornada del pacto monetario original. No es una unión fiscal sino Maastricht recargado.
La integración fiscal puede ser reemplazada, en los hechos, por un rol más decidido del BCE. Cuando su titular, Mario Draghi, la semana pasado habló de la necesidad de contar con «un compacto fiscal» dio a entender que una mejoría de la gobernanza de la eurozona -como la que ahora se alienta- podría abrirle el paso a un mayor compromiso del BCE en la faena integral de la estabilización económica. En ese sentido, Maastricht recargado no interfiere sino que despeja el camino. Y a Draghi no le tembló el pulso al estrenarse en su cargo y, en simultáneo, tener que revertir el curso de la política monetaria. Se descuenta además que volverá a recortar las tasas de interés en su segunda reunión al timón este jueves. Pero, ¿se atreverá a ir más allá? Si los gobiernos le dicen que no a los eurobonos, ¿por qué el banco central debería ocuparse de relevarlos de su tarea natural y hacerles el trabajo sucio? A menos que esos mismos gobiernos corran con el riesgo de crédito de la intervención en el mercado de bonos públicos. ¿No a los eurobonos por la puerta principal, y sí a los avales y garantías gubernamentales por la ventana? Una iniciativa así podría organizarse a través del vehículo fiscal común, la Facilidad Europea de Estabilidad Financiera. Pero todo este tiempo el fondo de rescate no ha querido tampoco desplegar ese rol.
No es la primera vez que los mercados aplauden con entusiasmo una creación de la dupla «Merkozy» en su ceremonia de (pre) estreno. A fines de octubre la recepción inicial fue igualmente cálida y apenas dos ruedas más tarde el alivio ya había trocado en funesto aluvión. Sin embargo, hay una diferencia crucial y que conviene apuntar. En octubre, como se dijo, todos los mercados financieros volaron con los anuncios salvo el de la deuda italiana, que no se comió ningún amago, e hizo notar su desagrado (antes que el mismísimo Papandréu) gatillando una pésima subasta. Si de ayer se puede recoger una señal alentadora (aun después que la agencia S&P empañara los festejos) también proviene de Roma. La deuda italiana, que supo orillar rendimientos cercanos al 8%, descendió de plano hasta rozar el 6%. Mérito de los desvelos de Mario Monti y de su gabinete de académicos. El ajuste que se le exigió, urgente, inoportuno, a trasmano de los rigores del ciclo, está allí. Amarrado a la vista de todos como prueba de voluntad firme. Con Berlusconi hubiese sido imposible. ¿Será que finalmente se produce el milagro del ajuste como disparador de un shock de confianza? Ojalá así fuera (y, en perspectiva, pagar el 6% dista de ser una bendición o una situación sostenible). Empero, todo sugiere que la razón fue otra: la promesa «Merkozy» de no repetir el tratamiento punitivo que se le aplicó a Grecia. El mensaje que pronunció el presidente francés (en el nombre de ambos) fue tan contundente como la negativa a los eurobonos: «Otro impago como el de Grecia no volverá a suceder jamás». Fue, por cierto, el único rastro de algo que se asemejara a la remanida unión fiscal.


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