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Magistral Rilling con Misa de Bach
Helmuth Rilling, toda una leyenda: el maestro que dedicó una vida al rescate de la obra de Bach regresó al Colón con la «Misa en si menor».
Cercano a cumplir 79 años, Helmuth Rilling es toda una leyenda. El hombre que dedicó una vida al rescate de la obra de Johann Sebastian Bach, que fue pionero en la grabación completa de las cantatas de este compositor que han llegado hasta nosotros y de los «GesprTMchkonzerte» (conciertos comentados) es también un asiduo visitante de nuestro país desde hace algunas décadas; la anterior había sido para dirigir a la Filarmónica de Buenos Aires en «La creación» de Haydn, en el 2009.
En el marco de una gira sudamericana, llegó esta vez convocado por el Colón con sus «equipos» de la Internationale Bachakademie de su ciudad natal, Stuttgart: la GTMchinger Kantorei que fundó hace 58 años y el Bach Collegium, para brindar una de las obras más monumentales y ambiciosas de Bach: la «Misa en si menor».
Una creencia extendida entre algunos músicos indica que dada la inmensa perfección de la obra del Kantor de Leipzig, alcanza con limitarse a ejecutar las notas tal y como están escritas para que todo «suene»; basta con haber escuchado y vivido lo que sucedió el martes en el Colón desde el primer acorde hasta el último para comprender cuán equivocada es esa sentencia.
Es bien conocida la postura de Rilling frente al tipo de instrumentos a utilizar: si bien admite que otros intérpretes puedan elegir los «históricos», su preferencia se inclina hacia los modernos, dado que según él es imposible reconstruir la forma de tocar de aquellos músicos y también el oído de aquel público, y que es preferible privilegiar otros aspectos como la fidelidad al espíritu de la música. Si bien ese ítem puede ser (y es) largamente discutido, es cierto que algunas versiones historicistas carecen de la intensidad y la mística de la que aquí se comenta.
Casi doblado sobre sí mismo, el pequeño y aún enérgico Rilling da entradas con una exactitud asombrosa. La suya es una de esas miradas que transmiten seguridad a cualquier cantante o instrumentista, al tiempo que parecen pedir de ellos la total infalibilidad. Para nada importa que la batuta no marque el «tempo» metronómicamente: su coro y su orquesta son maquinarias de una precisión que supera lo imaginable; lo que no se puede reemplazar es la manera en que el gesto del maestro es el motor musical y moral del conjunto.
Es especialmente llamativa la tersura y empaste de los violines y violas, absolutamente uniformes en dinámica y articulación, y la perfección del trío de trompetas (el ejecutante de la primera tuvo además a su cargo el solo de corno da caccia en el «Quoniam»). En los «obbligati» respectivos, flautas, oboes, fagotes y el concertino Gernot Süssmuth -de sonido inusualmente oscuro- tuvieron también intervenciones impecables. Con un plantel adecuado, de alrededor de seis integrantes por cuerda, y pese a un sonido por momentos ríspido en las sopranos, la GTMchinger Kantorei resolvió con facilidad y soltura todas las dificultades de la «Misa», que no son pocas.
Solamente el cuarteto solista estuvo un escalón por debajo del altísimo nivel general. Salvo el tenor Andreas Weller, muy prolijo en el dificilísimo «Benedictus», los cantantes exhibieron un volumen que muchas veces resultó insuficiente, y el caso de la mezzo Roxana Constantinescu fue llamativo por una voz casi inaudible en el grave y de un vibrato inadecuado. Parece entonces evidente que Rilling privilegió la afinación, la seguridad y la musicalidad a la hora de seleccionar a sus solistas.
Una sala colmada en las bandejas superiores y con huecos en platea y palcos brindó al maestro y a sus huestes una ovación muy prolongada, en el fin de una noche irrepetible, de clima casi litúrgico y de inmensa y mutua gratitud.


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