Mankell: bella y gozosa despedida

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Henning Mankell, "Arenas movedizas" (Bs.As., Tusquets, 2015, 374 págs.)

Muchas muertes había enfrentado Henning Mankell hasta que a los 65 años, dos años atrás, tuvo que enfrentarse a su propia muerte, a la que le anunciaba la detección de un cáncer con metástasis. Hasta entonces había tenido que vérselas con crímenes ficticios siguiendo a su portavoz, el tenazmente honesto inspector Kurt Wallander. El fin suele arrojar a los comienzos. A rendirse cuentas con uno mismo. Más aún cuando surge "esa cosa incomprensible que se llama muerte".

Un día que estaba solo, frente a una "trampita secreta" que usaba con un amigo para colarse en un cine, tuvo "como una descarga eléctrica" la "certeza inesperada" de: "Yo soy yo y ningún otro. Yo soy yo". Tenía 9 años, y de pronto "la vida se torna una cuestión seria". Y así como descubre "la vida propia", el diagnóstico del cáncer terminal lo lleva a eso que el poeta Rainer Maria Rilke considera "la muerte propia": oponer a la generalidad abstracta de la muerte, como algo trascendente y externo a la vida, una muerte que esté de acuerdo con lo que uno es o con lo que se hubiera llegado a ser. Eso Mankell lo ofrece en las 68 reflexiones de este libro, donde resuena como música de fondo "la alegría de crear o de contemplar las creaciones de otros", el que lo que hace a la vida no son las personas famosas que uno ha conocido si no esas desconocidas que durante un instante entraron en nuestra vida. Como su suegro, el director Ingmar Bergman en la película "El séptimo sello", donde un cruzado enfrenta a la Muerte para rescatar a una pareja de cómicos ambulantes, Mankell dedica a su libro a una pareja que murió en Pompeya, en el año 79, por la erupción del Vesubio "en la plenitud de su vida".

Para mantener esa "plenitud de la vida" ante su catástrofe vital, Mankell no cae en sentimentalismos, se aleja de pueriles melancolías, elude hablar de su vida privada, de las mujeres de su vida, de sus éxitos profesionales. Dice apenas lo necesario de la conflictiva relación con esa madre que lo abandonó cuando era chico. Y es mucho lo que descubre al pasar. Como su destino de escritor de novelas policiales se forjó en la infancia cuando espiaba a su padre, juez de Sveg, decidir ante crímenes. Y la marca que dejó el caso de aquel leñador que mató a un comerciante usurero, y su padre le dio la pena más leve que permitía la ley. Así vuelve a pequeños detalles iluminadores de su pasado, igual que Antonio Machado, para su último viaje quiere estar ligero de equipaje, descubrir que se ha impregnado de inolvidables imágenes casuales: una pareja bailando un tango en una calle de Buenos Aires (donde estuvo un par de veces), una chica con sida que le susurró en Mozambique que no temía morir porque ya estaba curada de la vida, la contemplación de un fresco en una iglesia que conmueve su fe agnóstica. Hay relatos que resultan simbólicos. Se siente acosado por el recuerdo del terror infantil a las arenas movedizas que atrapan y ahogan. Se podría sospechar que eso tiene que ver con su cáncer en los pulmones. A la vez, una expedición a un lugar donde entierran residuos nucleares en Finlandia lo lleva a pensar que siempre "el futuro se esconde en las profundidades", y lo que estamos dejando para nuestros herederos no es Rembrandt, Shakespeare o Los Beatles sino ese horror que tuvo que ver con Chernobil y Fukushima.

Frente a autores que disfrazan la realidad y otros que la desnudan, Mankell hacía foco con su linterna narrativa sobre lo ocultado, sobre el engaño. Una de las vetas de su obra es la empatía, la participación. A los 20 años se inició con la obra teatral "Feria popular"; años más tarde se fue a Mozambique y dirigió el Teatro Nacional Avenida en Maputo. "Tengo un pie en el hielo (Suecia) y otro en la arena (África)", decía. A los 43 años, luego de otros libros, con "Asesinos sin rostro", se volvió best seller global como autor de policiales. Fue el primer libro de 12 con casos de Kurt Wallander, ese inspector que enfrenta a crímenes motivados por intereses económicos y el fanatismo político, que se convirtieron en el canon de la innovadora novela negra nórdica. Más allá de las letras y los escenarios, usaba su fama para denunciar injusticias sociales y problemas internacionales. Murió el 5 de octubre. Este último libro no es testamento ni letanía, sino propuesta de "que nunca nos quiten la alegría". El pobre Wallander debe andar más melancólico y enfermo que nunca descifrando entuertos, sin que ya nos enteremos.

Máximo Soto

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