2 de febrero 2009 - 00:00

Más 1 que nunca

El mallorquín Rafael Nadal se adjudicó nuevamente un Grand Slam, el sexto de su carrera, al vencer en la final del Abierto de Australia a Roger Federer, en un partido que tuvo cara a cara a las dos mejores raquetas de la actualidad. Por primera vez en la historia, un tenista español se consagró ganador del primer Grand Slam del año.

Más 1 que nunca
Luego de cuatro horas de intenso partido, Rafael Nadal derrotó por 7-5, 3-6, 7-6 (3), 3-6 y 6-2 a Roger Federer y conquistó el Abierto de Australia por primera vez, tras haber perdido en la semifinal del 2008, ante el francés Jo Wilfried Tsonga. De este modo, no sólo se convirtió en el primer zurdo en consagrarse desde 1998, cuando ganó el checo Pter Korda, sino que también traspasó la barrera de los españoles Juan Gisbert (1968), Andrés Gimeno (1969), y Carlos Moyá (1997), quienes cayeron en partido final.
Como si ambos se encontraran extraños, los dos primeros games acabaron con quiebres: 1-1 y casi había transcurrido el mismo tiempo que duró el primer set de la final femenina del sábado. La batalla pareció inclinarse en favor de Federer, quien buscaba su decimocuarto título de Grand Slam para igualar al estadounidense Pete Sampras, cuando quebró para 4-2 con una devolución impecable. Pero es como si se obstruyera la mente del suizo cuando se enfrenta al español: Nadal ganó los dos siguientes juegos, rompió en el undécimo y se llevó el primer set en poco menos de una hora.
En el segundo set, el número dos volvió a perder su servicio pero gritó con fuerza uno de sus «come on» cuando recuperó el break un juego después, para 3-3. El reloj marcaba 1.47 hora tras el segundo set y se fue a 3.05 tras el tercero, en el que Nadal requirió en un par de ocasiones la asistencia del «trainer». Sin embargo, Federer quebró el servicio de su rival para 2-0 en el cuarto set. Pero Nadal no dio tregua. Recuperó su saque en el tercer game y libró una auténtica batalla por la supervivencia en el quinto. El número dos se jugaba mucho en esta instancia. Y ganó. El suizo seguía vivo. El partido se prolongaba.
La jornada tenía reminiscencias de Wimbledon. Y como en tierras británicas, Nadal fue quien terminó desparramado en el suelo, empapado de gloria.

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