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Meerapfel avanza en su nuevo film sobre una relación difícil
Jeanine Meerapfel: «Mi padre escapó del nazismo en 1943 y vino aquí con pasaporte argentino, pero recién de grande conseguí que me contara algo. El resto, sus actos heroicos, me lo contaron otros».
Jeanine Meerapfel: La historia de amor es inventada, pero en el fondo todo es autobiográfico, relacionado con lo que conozco desde adentro. Alexander Kluge, mi maestro junto a Simón Feldman, me decía «siempre es mejor contar lo que conocés, porque así podés ser verosímil, y a vos misma te interesa contarlo». Y el redactor jefe de la televisora alemana que ahora me coproduce, me insistía «¿quién sino vos?, ¿cuántos de tu generación conocen los dos lados? Ponete a escribir».
P.: ¿Cómo es la historia?
J.M.: Abarca desde los 50, con dos niños argentinos, hasta los 80. Ella se enamora de él para toda la vida. Pero el padre del chico, parece que de 1943 a 1945 trabajó para la embajada alemana, luego se fue al norte, cambió de nombre, y volvió con dinero. Y estos niños, por supuesto no tienen ni idea de lo que vivieron sus padres. Hasta que, junto con la crisis adolescente, el chico descubre el pasado del padre. Ahí ya estamos en los 60. Para limpiar la culpa viaja hasta Alemania, se mete en cuanto movimiento de cambio pueda meterse, y no deja espacio para otros sentimientos. Ella lo quiere y lo busca, y él siempre se le está escapando. Una historia muy clásica, universal, sobre dos que deben cruzar el rio para encontrarse, y que no se los lleve la corriente. Tiene que ver con la posibilidad humana de tolerar, de abrirse al otro.
P.: ¿El hijo hará las paces con su padre?
J.M.: Lo que puedo anticipar es que hace las paces consigo mismo. Cargamos con los traumas y las miradas de nuestros mayores. Crecer, cambiar, es todo un camino.
P.: Es, entonces, la historia de su generación.
J.M.: Exactamente. La vida de mis amigos, la de Alcides Chiesa, que estuvo preso en Rawson, la de los hijos de nazis que he conocido, mi propia infancia en Belgrano, y mi adolescencia en Vicente López y Martínez. Para el rodaje yo quería dos casas parecidas y enfrentadas, una para cada familia, y por suerte el encargado de locaciones las encontró, vacías y en venta, sobre una calle empedrada de San Isidro.
P.: Un hombre eficaz.
J.M.: Tengo buena gente alrededor, empezando por Ricardo Freixá, productor ejecutivo de la serie «Vientos de agua» y de mi película «La amiga», Kino González, mi director de fotografía desde «Desembarcos» y «Amigomio», el director de casting Walter Rippell («El secreto de sus ojos»), que para las escenas infantiles me consiguió dos niños bien parecidos a los protagonistas, y que además saben actuar, y mi coproductor Paul Muller, que me consiguió el mejor maquillador del mundo, Waldemar Pokromski («La lista de Schindler»). Nada de esos látex que luego los actores parecen tortugas, solo pinturitas bien colocadas sobre las líneas de las arrugas, y leves cortes de pelo. ¡Y los actores! Estoy encantada con Celeste, tiene gran carga emocional, y me gusta cómo elabora su personaje. Max lo mismo, y tiene mucho de ese joven alemán que describo. El tercer protagonista (que hace de enamorado de la chica) es Benjamin Sadler, actor alemán nacido en Canadá y criado en Inglaterra, bien cosmopolita, algo mayor, como el personaje que le toca.
P.: ¿En cuanto a las locaciones?
J.M.: Ya rodamos fuera de Bariloche, en plena meseta patagónica, donde registramos algunos cóndores que después pondremos digitalmente donde nos convenga. Ahora estamos en casa de unos amigos en el Tigre, donde reproduzco una escena que viví junto a un lago suizo, cuando al abrir un placard encontré que parte de la vajilla tenía la esvástica grabada. Luego, dos semanas en un set de Parque Patricios, y un mes en Frankfurt y Köln. La asistente de maquillaje, que vive en Berlín como yo, me dice «Jeanine, ¿cuándo volveremos a nuestra aldeíta?», porque está impresionada con el ruido y el tránsito de las calles porteñas.
P.: Usted emigró a Alemania en los 60. ¿Cómo miraban a una mujer judía los alemanes de ese momento?
J.M.: Ah, todos amaban a los judíos. No habían visto uno solo de cerca porque no había más. Lo único que tenían en la cabeza era lo poco que les habían enseñado a la fuerza en las escuelas.
P.: En cambio usted habrá aprendido en su casa.
J.M.: No contaban nada. Recién de grande conseguí sacarle algo a mi padre, con tirabuzón. Así supe que vino en 1943, con pasaporte argentino. El resto, sus actos heroicos, me lo contaron otros.
P.: ¿Cómo es eso?
J.M.: Es una historia romántica. A los 21 años enfermó de tuberculosis. Los padres tenían plata, así que lo internaron en una clínica suiza, la misma donde estuvo Thomas Mann. Ahí conoció a una chica argentina, también internada, y se enamoraron. Cuando ella murió, le dejó un campito en la provincia. Él vino aquí, le fascinó el país, se quedó a trabajar y se nacionalizó. Después tuvo que volver, sus padres estaban viejos. Cuando el nazismo se puso demasiado pesado, se mudaron a Holanda, y desde allí entraba y salía de Alemania, sacando judíos con su pasaporte argentino. Lo hizo hasta bien entrada la guerra. Mi padre era fanático de la Argentina. Y es cierto, su vida también da para otra película.
Entrevista de Paraná Sendrós


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