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Melodrama, humor y algunos esquematismos
Juan Leyrado, Hugo Arana, Darío Grandinetti
y Jorge Marrale, en una escena de «Mineros», con puesta de Javier Daulte.
Lee Hall, el guionista de «Billy Elliot» vuelve a narrar en «Mineros» (2007) una historia de superación personal con protagonistas de la clase obrera. En este caso, se trata de un hecho verídico relacionado con un grupo de mineros ingleses («The Ashington Group») que en la década del 30 se convirtieron en pintores famosos con la ayuda de un profesor (Robert Lyon) quien estimuló su producción y logró que fueron aceptados con verdadero entusiasmo por coleccionistas locales, críticos de arte y comentaristas de izquierda.
Luego de entrevistar a estos mineros, el escritor, periodista y profesor de arte William Feaver volcó sus experiencias en su libro «Pitmen Painters» (1988), en el cual se basó Hall para crear esta comedia dramática. A lo largo de casi dos horas (la versión inglesa dura mucho más) el público va acompañando la iniciación artística de estos rústicos trabajadores que divierten con sus torpezas, ingenuidad y desparpajo.
Aunque han tomado varios cursos para mejorar su educación, en materia de arte se manejan con una lógica infantil y demoledora que pone en aprietos a su flamante profesor de apreciación artística. Pero éste encuentra la solución agrupándolos en un taller de pintura en el que producirán un gran número de obras (algunas pueden verse en escena) sobre temas de la vida cotidiana, el duro trabajo en las minas de carbón y otras imágenes de pueblo.
Resulta grato seguir de cerca sus discusiones y conflictos personales a los que se suman algunos incidentes muy divertidos (la clase con modelo vivo, la visita al museo, las rivalidades que dispara la coleccionista de arte Helen Sutherland). Tampoco tienen desperdicio sus análisis de cada obra que realizan. El grupo descubre que la verdad del arte está en la práctica y no en la teoría. Ellos mismos son la prueba viviente de que tal actividad no es privativa de las clases cultas.
Con una imponente escenografía que genera clima cinematográfico, se disfrutan las escenas de aprendizaje y epifanía artística, pero no así las peripecias dramáticas que jalonan la segunda parte. Algunas de ellas bordean el melodrama sin generar emoción. Por ejemplo, cuando traen al lugar el cadáver del chico que se accidentó en la mina. Los planteos ideológicos con que se evalúa esta suerte de dicotomía minero-artista plástico tampoco resultan coherentes.
La vida en las minas es devastadora y el arte ha bendecido a estos trabajadores, pero estos siguen glorificando su oficio de mineros con razones poco creíbles. Pese a las buenas intenciones del autor, el material se vuelve contra su planteo inicial dejando la triste conclusión de que un obrero nunca superará esa condición, ya que el arte no puede cambiar la cruda realidad.
Cuesta creer que con tanto curso y discurso a favor de la educación de las clases bajas, nadie mueva un dedo cuando uno de los mineros pintores se confiesa analfabeto. Ni los discursos demagógicos del profesor, ni las diatribas marxistas del ex minero explican esta contradicción. En la obra se da entender que el grupo vuelve a la actividad tras algunos incidentes. Según el testimonio de Feaver el Ashington Group funcionó hasta 1984. La puesta de Javier Daulte transmite vitalidad y dinamismo y cuenta con un elenco de prestigio que funciona como un auténtico equipo.


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