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“Mi modelo son los best sellers pero parto de cosas ciertas”
Hedemann: «En esta novela cuento la historia de dos generaciones, una que vive en Italia y otra en el exterior, y que confluyen nuevamente en Sicilia a causa de una herencia».
R.H.: No me interesó lo psicológico sino lo que le sucede a esas personas. En ellos la violencia viene siendo arrastrada desde muchas generaciones, desde mucho antes de la guerra, es como si le viniera por la sangre y encuentra vasos comunicantes con una sociedad dictatorial que le hace manifestarse más crudamente. La violencia ya está en ellos, la guerra sólo la agudiza. Es como si los discursos del Duce, las marchas de los Camisas Negras les dieran el visto bueno a sus instintos bestiales. Cuando, después de la guerra, dos de los Varese parten hacia América, uno va a los Estados Unidos y el otro viene a la Argentina, continúan con eso que yo denomino la «herencia borrascosa» de lograr los objetivos sin importar los medios, que por lo general tienen como fundamento la agresión. El fascismo les había enseñado a ver enemigos o esclavos por todas partes, les justificaba la violencia como la forma de defender la patria, el pueblo, la familia, la propiedad, era el modo de imponer sus ideas, daba razones para matar y no sentirse culpable.
P.: ¿Cómo hace para unir elementos tan extensos en el tiempo y el espacio geográfico?
R.H.: Quise contar una saga. La historia de dos generaciones, una que vive en Italia y otra en el exterior, que confluyen nuevamente en Sicilia a causa de una herencia. Esa herencia material se suma en forma borrascosa con la espiritual, por llamarla así, de las imposiciones familiares y grupales, la de la sangre y la de la política. Una evidencia de esa formación, de los vínculos entre la sociedad y la familia italianas, es el lugar que el fascismo daba a la mujer, siempre relegada a ser madre, una fábrica de hijos que serían soldados de la patria y nada más. Así como Lombroso pretendía leer en los signos del rostro las perversiones, discriminación absurda y horrorosa, muchos de los escritores del fascismo declaraban a la mujer inferior, teorizaban sobre su menor capacidad intelectual pero buena para su servicio en la esfera hogareña y que, por lo tanto, debía estar subordinada al hombre. La mujer estaba relegada a tareas físicas, sus límites iban de la cama a la cocina, y entre las campesinas se agregaban las tareas en el campo, ordeñar, cosechar. Yo creo que esto generó un secreto rencor que hizo que estuvieran entre las primeras resistentes al fascismo. Claro, no como los partisanos, a los que no siempre aceptaban o protegían, sino de modo contraído, pasivo.
P.: ¿Dónde inicia su historia?
R.H.: En Pescara, en la costa del Adriático. Podría haberme planteado otros lugares, pero incidió en esa elección que dos conocidos que son oriundos de ese lugar y me contaron sus pequeñas historias y las de sus familias, y las de los que se quedaron allá, y de lo que ocurrió durante la guerra. No hago novela histórica pero me gusta que la ficción que narro surja de consecuencias históricas, y éste es uno de esos casos.
P.: ¿Qué sucede con el personaje que viene a nuestro país?
R.H.: Trabaja en una fábrica de soda, (eso me permite dar con la fórmula del género best seller, datos de cómo se desarrolló esa industria en nuestro país) y utiliza su predisposición a la violencia para dominar a su clientela, obtener nuevos clientes e incrementar su capital.
P.: Se define como un escritor compulsivo, ¿cuántos libros ha publicados?
R.H.: Desde que me lancé a escribir, hace relativamente pocos años, llevo publicadas siete novelas y un ensayo novelado sobre Tupac Amaru. Desde que dejé de ser directivo de una empresa empecé a escribir para entretenerme, a partir del modelo de las novelas de evasión que me habían gustado, de las de Morris West a las de Tom Clancy. Creo que fui consiguiendo poco a poco mayor capacidad narrativa, y aprendí a investigar. Voy saltando de géneros y de temas según las ganas que me provocan. Ahora estoy trabajando en un policial que se llamará «Pernocte». Trata de un asalto a un camión blindado. El título surgió de una vez que tuve que enviar una partida grande de dinero y el gerente de la empresa de seguridad me dijo que lo mejor era que estuviera «en un camión blindado que pernocte en el garage de esa empresa», porque tendría constante vigilancia hasta el traslado y estaría mejor que en el banco. Hay palabras que resuenan y llevan a imaginar a partir de ellas.
Entrevista de Máximo Soto

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