17 de noviembre 2011 - 00:00

Miami: aunque Plácido Domingo enmudezca, la zarzuela debe seguir

Davinia Rodríguez y Antonio Gandía en «Luisa Fernanda», en el inicio de la temporada musical en Miami. Domingo enmudeció, pero reclamó dirigir la orquesta.
Davinia Rodríguez y Antonio Gandía en «Luisa Fernanda», en el inicio de la temporada musical en Miami. Domingo enmudeció, pero reclamó dirigir la orquesta.
Miami (Especial) - Casualidad o simple coincidencia, el inicio de la temporada musical en Miami viene registrando un literal desembarco de relevantes artistas españoles. Llámense Jordi Savall, Javier Perianes, Pablo Heras Casado o Ramón Tebar (flamante director musical de la Florida Grand Opera), la presencia más obvia es el equipo que estrenó «Luisa Fernanda», la primera zarzuela en las siete décadas de la compañía lírica local. Y para rubricar la empresa, nada menos que el sello adicional del insigne Plácido Domingo cantando Vidal en la gala del pasado martes.

Poco importa que «Luisa Fernanda» sea la zarzuela más popular y taquillera, son tiempos azarosos que sumados al impredecible favor del público del sur de Florida desalientan cualquier riesgo. Razón de más para aplaudir la apuesta de la FGO con esta obra fetiche que le abrió al género las puertas de la Scala, el Real de Madrid y las óperas de Los Angeles y Washington, sin olvidar el Colón en 1975 dirigida por el octogenario compositor.

Asumido el desafío, la icónica puesta de Emilio Sagi -que hace en Miami su última escala después de pasearse por los teatros mencionados, menos el Colón- garantizó en parte la calidad de la movida. El régisseur asturiano acertó al despojar la obra de localismos; en su ámbito mínimo de blancos absolutos acentuado por telones pasteles, y que logra evocar al Goya galante de La Pradera de San Isidro, Sagi crea un ruedo neutral donde se juegan las pasiones políticas y amorosas.

Es un marco depurado - que despistó a más de un veterano local habituado a la tradicional compañía miamense de zarzuela española y cubana -que refuerza el valor de la pieza y propicia una mejor apreciación internacional del mal llamado «género chico».

Una sorpresa mayúscula aguardaba entre bambalinas y no eran los sobrados méritos de la puesta sino la súbita cancelación de Domingo, en más de un renglón raison detre del evento más esperado de la temporada. El tenor, afectado por una inoportunísima infección en las cuerdas vocales, en su defecto ofreció intervenir en función de director de orquesta a fin de paliar el baldazo de agua fría sufrido por público, elenco y compañía. El madrileño Pablo Mielgo cedió el podio a su veterano coterráneo y la respuesta de cantantes, orquesta y coro (con ejemplar dicción castellana) probó adaptarse al inesperado cambio de timón con admirable solvencia. Saliendo poco menos que al toro, el ensemble mereció un rotundo: «Chapeau».

Y a falta de Domingo en escena, Ángel Ódena -a cargo del papel en las funciones restantes- encarnó un Vidal de magnética prestancia escénica e importante caudal vocal. El barítono catalán es una estrella «in-the-making» que supo meterse al público en el bolsillo. Lo acompañó Amparo Navarro, una Luisa bien fogueada que alcanzó su mejor momento en el «Cállate corazón» con sutil línea de canto y atractivo esmalte oscuro. Navarro convenció en la ambivalencia del personaje y fue incisiva antagonista de la espléndida Duquesa de Davinia Rodríguez, soprano canaria que dio lustre e intención a la dama monárquica. La romanza «De este apacible rincón de Madrid» (a la postre, un himno no-oficial madrileño) tuvo en Antonio Gandía un ardiente Javier que fue afianzándose hasta el exquisito dúo con Luisa «Subir subir y luego caer».

Mas allá del desafortunado percance del ídolo, la FGO salió airosa del compromiso y marcó un primer hito que podría abrir nuevos horizontes y además, dar otro paso hacia la integración de la numerosa audiencia hispanoparlante. Cuando otras vertientes del repertorio ligero han logrado insertarse en las temporadas de grandes casas líricas, hoy la zarzuela parece haber ganado otra plaza. En primera y última instancia, basta la calidad del producto y esta «Luisa Fernanda» fue un ejemplo cabal.

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