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Murió Maria Schneider, icono sexual años 70
María Schneider, fallecida ayer a los 58 años, tenía apenas 19 cuando filmó «Ultimo tango en París», famoso film de Bernardo Bertolucci en el que, entre otras cosas, Marlon Brando la sodomiza con la ayuda de un pan de manteca.
La cosa empeoró cuando, poco después, los paparazzi registraron minuciosamente una escena de gritos amorosos entre Schneider y una amiga íntima en pleno aeropuerto de Fiumicino. No salió de allí en avión, sino en ambulancia, directo a su primera internación por desequilibrios nerviosos. Las drogas hicieron el resto. Se perdió grandes papeles, como el de «Ese oscuro objeto del deseo», que Luis Buñuel pensó inicialmente para ella (y terminaron haciendo Angela Molina y Carole Bouquet), pero por suerte pudo aprovechar otras buenas oportunidades, como las de «El pasajero» (Professione, reporter) de Michelangelo Antonioni, con Jack Nicholson, «La niñera», de René Clement, con Sydne Rome y Vic Morrow, «Violanta», de Daniel Schmid, con Lucía Bosé, Ingrid Caven y un flaco Gerard Depardieu, «La dérobade», con Miou-Miou, «Merry-Go-Round», de Jacques Rivette, con guión del argentino Eduardo de Gregorio, «Cercasi Gesú», de Luigi Comencini, con Néstor Garay, también argentino, y, más adelante, «Jane Eyre», versión Franco Zeffirelli, con William Hurt y ella en el pequeño papel de esposa trastornada.
Ya para entonces, sólo hacía papeles pequeños. Cabe, sin embargo, recordar uno que hizo en plena juventud, y donde se lució totalmente vestida: «Queridos padres» (Cari genitorio, 1973), de Enrico Maria Salerno, con Florinda Bolkan como su madre sorprendida por los cambios de la hija, y Catherine Spaak como su amante de mayor edad. Un drama sentido, bien actuado, sobre la incomunicación generacional. Maria Schneider se ganó el David de Donatello por ese papel. Tiempo después fue lo de Fiumicino, y ayer la noticia de su fallecimiento, víctima del cáncer. Los cables elogian su última aparición, en «Cliente» (Josiane Balasko, 2008). Rarezas para los cinéfilos, la ultrafeminista «Io sono mia» (Sofia Scandurra, 1978), cuyo equipo técnico era, coherentemente, casi todo cubierto por mujeres, y «Haine» (Odio, Dominique Goult, 1980), donde compartía el protagónico nada menos que con Klaus Kinski. El productor se lo habrá pasado tomando té de tilo.


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