Fernando Peña: el comediante y animador uruguayo murió ayer a los 46 años, víctima de un cáncer de hígado.
La muerte se había convertido en uno de sus más obsesivos monotemas, quizá tanto o más que su desprecio hacia las formas de poder (aunque él tuvo el suyo, desde luego, y desde allí se hizo oír durante casi una década). Últimamente, parecía enamorado de la muerte: aseguraba no temerla, proclamaba que nada podía disgustarlo más que ser longevo. Y, pese al desorden en el que había vivido, tenía todo preparado: había anunciado a principios de mes que deseaba registrar un documental sobre sus últimas horas para luego donar sus beneficios al centro médico en el que lo trataban de su cáncer de hígado y controlaban su HIV, el Fleming, y a la Fundación Huésped.
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Finalmente, Fernando Peña, murió ayer por la tarde a los 46 años, muy enfermo aunque aún en plena actividad. Nunca llegó a suspender su programa de radio «El parquímetro», que hacía en la Metro a veces desde el estudio y a veces desde su casa, cuando no tenías fuerzas para salir (hace poco, un único día debió reemplazarlo Sebastián Wainraich) y continuaba con su obra de teatro «Diálogo de una prostituta con su cliente» en la avenida Corrientes.
Nacido en el Uruguay, hijo del periodista deportivo Pepe Peña, fue filoso, excesivo, bizarro, polisexual desaforado, si Peña no despertó en el público el habitual cariño que generan los cómicos populares, fue porque así se lo propuso. A Peña se lo «gozaba» en el más lacaniano de los sentidos: es decir, que para muchos de sus espectadores el sufrimiento no estaba excluido. Su humor no era cómodo. En más de una ocasión se levantaron airados algunos de esos espectadores de algunos de sus espectáculos.
Locuaz, verborrágico, había contado en múltiples ocasiones cómo se inició su carrera. Siendo comisario de bordo, en un viaje lo oyó Lalo Mir mientras hacía uno de sus improvisados personajes, la cubana Milagritos López, e impresionado por su talento lo llevó a la radio. Desde entonces no paró. Créo también a Martín Reboira Lynch (un «cheto» de San Isidro, su barrio, que tanta bilis negra le produjo a Luis D'Elia), al locutor Rafael Orestes Porelorti, que lanzó junto con su amiga Andrea Frigerio, al Obispo «Monse», claramente inspirado en monseñor Laguna, y al travesti La Mega.
En teatro actuó en «Esquizopeña lado a y b», «Esquizopeña: intimidad rioplantese y duele», «My name is Albert with an A», «Sit Down Tragedy», «El niño muerto» y «Mugre», entre otras. En televisión, pasó por «Canal 7» con «Isla flotante», y entre sus varias amistades cultivó la de Jorge Lanata, quien lo tenía como columnista privilegiado en sus programas y publicaciones.
Justamente, desde el diario «Crítica de la Argentina» en la época de Lanata, publicó una virulenta «carta abierta» a Cristina de Kirchner, donde tematizó también su mediática pelea con el piquetero estatal Luis D'Elia, que alcanzó ribetes de escándalo, casi al mismo estilo de los programas de televisión de Mauro Viale en los 90.
«Te odio Peña, odio tu plata, odio tu casa, tus coches, tu historia, odio a la gente como vos que defiende un país injusto e inequitativo. Sos un forro, la jugas de transgresor, vos vivís en San Isidro. Odio a las clases altas argentinas que han hecho tanto daño, que han matado tanta gente, en nombre de una sola bandera que es la bandera de tu propia ganancia», le dijo D'Elia por radio una mañana, convirtiéndose involuntariamente en su mejor partenaire y el que mejor se cuadró con su estilo de provocación. En esta desorientada Argentina, seguramente en nadie caló tan hondo el mensaje de Peña.
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