7 de marzo 2011 - 00:00

“No debe temer a tocar, sólo lo escucharán 3.000 personas”

La argentina Ingrid Zur y el alemán Jörg Heyer combaten el «track» escénico que aqueja a muchísimos músicos.
La argentina Ingrid Zur y el alemán Jörg Heyer combaten el «track» escénico que aqueja a muchísimos músicos.
Aunque a la audiencia que disfruta con sus interpretaciones le cueste imaginarlo, hay artistas para los cuales hacer música frente a otros se parece más a un padecimiento que un placer, sea cual sea su nivel de desarrollo. Ya sea en una sala de conciertos, en una audición o una clase magistral, muchos músicos se sienten invadidos por miedos o tensiones extremas y ven cómo su rendimiento cae notoriamente y la alegría de hacer música se desvanece.

Con la intención de ayudar a los intérpretes a vencer estos temores, desde hace 10 años los profesores de violín y viola Ingrid Zur (argentina emigrada a Israel y luego a Alemania) y Jörg Heyer (alemán de nacimiento) llevan a distintas ciudades de la Argentina el método creado por ellos, y desde hoy brindarán en Buenos Aires un curso organizado por el Instituto Universitario Nacional del Arte (IUNA) que incluirá un concierto final en el Museo de Arte Hispanoamericano «Isaac Fernández Blanco», el sábado 12.

Dialogamos con Heyer y Zur acerca de las particularidades de su método y de su visión de la educación musical local.

Periodista: ¿Cómo llegaron a desarrollar esta especialidad?

Jörg Heyer
: Cuando empecé a enseñar me topé con preguntas que nadie me sabía contestar, por ejemplo cómo interaccionan el cuerpo, la emoción y la mente al hacer música. Por lo general hay un enfoque muy dirigido a la técnica, y se piensa erróneamente que si alguien toca bien sabe enseñar. Pero por suerte cada intérprete siente diferente, y la base de nuestro sistema de trabajo es tratar de ver qué sucede en el ejecutante, su intelecto, sus emociones y qué posibilidades físicas tiene. Es como los niños; cuando se sienten comprendidos se sienten seguros.

Ingrid Zur: En mi caso fue algo muy similar; uno se cuestiona a sí mismo y busca soluciones. Cuando nos conocimos empezamos a desarrollarlo juntos. Muchas veces es conmovedor ver cómo surge esa alegría pura, inocente de la que habla Jörg, y cómo se transforma la música que puede ejecutar. Si el alumno no sabe qué está haciendo y no se le aclara, eso genera muchos temores.

P.: ¿Entonces el origen de estos problemas es una falta de conciencia por parte del alumno?

I.Z.: Claro. Y mientras en Europa durante la educación hay todo el tiempo audiciones internas y otras instancias de actuación, aquí eso falta totalmente. Y tampoco hay noción de cuál es el nivel internacional, acá se vive como en una burbuja, estamos muy lejos de Europa, y el alumno no sabe hacia dónde se dirige.

P.: ¿Cómo se puede resumir su método de trabajo?

J.H.: Mi primer profesor me decía: «mírate en un espejo, lo que no se ve estético tampoco suena bien». Tratamos de ser el espejo de los estudiantes, que muchas veces no saben qué están haciendo, y se sorprenden de ver cómo respiran mientras están tocando también respira la música, y todo suena mejor.

I.Z.: O preguntamos al alumno si lo que está haciendo es realmente lo que quiere hacer. Si dice que no, se va viendo cómo corregir. Al hacer la experiencia se obtiene más que con una orden, que queda sólo en el intelecto. Tiene que internalizarse en el cuerpo y las emociones, y hay que tener siempre la expresión física y facial adecuada a lo que se quiere expresar, hay que sentirlo: ahí es donde se unen los niveles intelectual, emocional y físico.

P.: ¿El caso de los cantantes no es más complejo por el hecho de que la técnica no es tan visible como la de un instrumentista?

J. H.: Cuando hablamos ya hacemos música, y cantar es realmente un refinamiento de la técnica que usamos para hablar, y no creo que cuando alguien canta se le ocurra separar la música de la técnica: desde el momento en que se produce un sonido se está haciendo música. El ejemplo más claro son los niños, que cuando escuchan música empiezan a bailar o a dirigir.

P.: ¿En qué momento del desarrollo madurativo se empieza a perder esa cualidad?

J.H.: En el momento en que se le dice al niño que tiene que obedecer. Sin dudas hay que poner límites, pero tiene que haber libertades para que experimenten, porque los niños son curiosos por naturaleza, y el que pueda conservar esa curiosidad infantil en el mejor sentido de la palabra va a tener un camino óptimo al hacer música, porque va a intentar experimentar con el instrumento. Muchas veces en los cursos hacemos cantar a los instrumentistas, o cantar y tocar, para sacar lo de adentro, y el canto es lo que guía el instrumento.

I.Z.: En los últimos 10 años que hemos trabajado acá tenemos una red de gente que entró a orquestas (del Colón, de Salta, de Tucumán, de Mendoza), unos 50 ó 60 que se fueron al exterior y todavía no volvieron, y que pudieron participar en la academia de la Filarmónica de Berlín, que están estudiando en nuestra escuela en Frankfurt o en los Estados Unidos. Puedo nombrar a Emilio Argento, de Mendoza, Sofía Cativa, de Tucumán, los hermanos Vercellini y muchos otros casos.

P.: ¿Cómo ven la educación musical argentina respecto de la europea?

J.H.: Acá los métodos son más conservadores.

I.Z.: Los alumnos argentinos no tienen mucha idea de lo que hacen. Todo sale como sale, y si dice «piano» tal vez tocan «forte», porque dicen «lo siento de esa manera», pero no tratan de comprender el lenguaje del compositor, ni el contexto histórico. Los profesores de hoy tampoco lo aprendieron. La Argentina tuvo un auge inmenso, en los 50, 60, 70. Después, por razones políticas, muchos debieron irse, se exterminó a una generación, y quedó un hueco en el período del 70 al 95, es una época que no existe en la docencia, y se pasaron por alto las exigencias internacionales y cómo subió allá el nivel. Ahora cambiaron las técnicas de grabación, por ejemplo, y no se puede tocar como se tocaba en la época de Kreisler.

P.: ¿En qué medida se puede mantener ese placer lúdico de hacer música estando en la fila de una orquesta?

J.H.: Manteniéndose siempre activo. Hay que abrir las orejas, estar dispuesto a seguir indicaciones del director, por más que se haya tocado la misma sinfonía cientos de veces, pero cada director la hará distinta. Y hay que tener conciencia de todo lo que pasa alrededor de uno. Si se tiene esa actitud, tocar en una orquesta puede ser una de las experiencias musicales más fascinantes y enriquecedoras.

Entrevista de Margarita Pollini

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