8 de diciembre 2010 - 00:00

“No rechazo la trama, pero me parece un medio, no un fin”

Ferreyra: «Mi escritura es una telaraña donde caen bichos que son las historias de las que me alimento. Es decir que mi literatura va al encuentro de las historias».
Ferreyra: «Mi escritura es una telaraña donde caen bichos que son las historias de las que me alimento. Es decir que mi literatura va al encuentro de las historias».
Con «Dóberman», una historia que borra los límites entre la realidad y la locura, periplo existencial de un chico que quería ser perro para escapar de la pobreza y las humillaciones, para poder ladrarle al mundo, y que se vuelve un hombre que avanza hacia un universo cada vez más alucinado, y a la vez más duramente real, Gustavo Ferreyra conquistó el «Premio Emecé 2010» por el voto unánime de un jurado compuesto por Tununa Mercado, Fabián Casas y Martín Kohan. Ferreyra que es sociólogo y profesor en la Universidad de Buenos Aires, sostiene que desde la adolescencia sintió como un mandato interno tener un destino literario, dialogamos con él.

Periodista: ¿En qué le sirve ser sociólogo para sus relatos?

Gustavo Ferreyra: Me da un marco de los que es el destino individual en la vida colectiva. Pero no creo que haya rastros en la escritura. Hay varios escritores que siendo sociólogos, la profesión no se manifiesta en sus novelas, por ejemplo en Fogwill o Tabarovsky. Sin embargo, subyace; tiene que ver con la formación personal. Uno escribe desde infinitas determinaciones y, por supuesto, la vida colectiva tiene que ver con lo que se escribe.

Periodista: ¿Cómo surge su novela «Dóberman?

Gustavo Ferreyra: Surge del cruce de diversas causas, de distintas razones. Una, parte de mí, y acaso de la época, de un dolor que buscaba tragedias. Por eso la situación de la novela se retrotrae a los años 90, una época vacua que parecía haber quedado vacía de tragedias. El protagonista, Joaquín Riste, es un dolor en busca de tragedias. Ese, probablemente, fue uno de los disparadores que me llevó a escribir esa historia. El otro es que así como Riste se imaginó como un dóberman, yo en mis juegos de infancia más de una vez hice de perro porque me parecía un destino superior. Cualquiera podía ser humano pero ser perro era algo especial, aunque no había un dóberman famoso. Los de las historias, los mediáticos, eran pastor alemán o collie, Tin Tin o Lassie. Otro germen está en las utopías neoliberales, las locuritas conservadoras que en esos años hicieron carne, por eso dentro de esos delirios está el Canciller, el jefe de Riste, y la idea de la invasión a Cuba. En ese cruce de elementos me pareció encontrar una historia para mi literatura.

P.: ¿Cómo encuentra, en ese sentido, el tono del relato?

G.F.: A esta altura, luego de siete novelas y un libro de cuentos, encuentro historias para una escritura. Yo ya tengo como una voz narrativa que es mi forma de estar en la literatura. Mi escritura es una telaraña donde caen bichos que son las historias de las que me alimento. Es decir que mi escritura va al encuentro de las historias.

P.: ¿Busca expresar de forma concentrada una historia de vida?

G.F.: En mis novelas hay personajes fuertes. Hay las que siguen a varios personajes, como en «Vértice». que trata de un director de escuela. Si bien allí hay diversos personajes en varias historias, la densidad de ese director de escuela me llevó, al año siguiente, a dedicarle un libro entero, «El director». Hay personajes secundarios que parecen exigir tener su novela.

P.: ¿Qué cuenta en «Dóberman»?

G.F.: Cuento de Joaquín, un joven en los 90, cuya vida parece transcurrir en dos planos. En uno es showman, dóberman. En otro, chofer de un alto funcionario de la Cancillería. Esos planos se van permanentemente cruzando. Uno es la realización de los sueños del otro. Así va realizando su vida en paralelo. Su vida tiene algo de fábula negra. Hay una curiosa cuestión de reivindicación personal y social, de haber salido de un lugar casi de pobreza, de un monoblock de un lugar que quiere se Flores y no lo es.

P.: En sus novelas lo político aparece enmarcado en un destino no político, ¿por qué su personaje participa en Polonia de los planes para dar un golpe en Cuba?

G.F.: Teniendo en cuenta como fueron los 90, que los países del Este estaban al comienzo de la era poscomunista, me pareció que ese proyecto se podría haber tramado y no llegó a concretarse. Es tan posible que acaso cuando decodifiquen algunos mensajes en WikiLeaks aparezca.

P.: ¿Es un homenaje a las novelas de Osvaldo Soriano?

G.F.: No, aunque podría tomarse así. Es un episodio incidental, no el centro de la historia. Me pareció que correspondía con la megalomanía del Canciller. Se trata de un delirio montado sobre una idea posible. A mí me interesaba como delirio, por eso esa misión termina en Varsovia y con Riste rastreando perros. Va cayendo cada vez más en la locura. Está, en esos episodios, la figura del padre ausente a través de ese funcionario como una especie de sustituto, pero que desaparece cuando Riste está perdido en Varsovia, en otras realidades.

P.: En los 16 años que lleva publicando ha logrado un singular prestigio entre sus colegas, ¿a qué cree que se debe?

G.F.: Tal vez a la persistencia de haberme abocado a una obra. Acaso en haber pensado la literatura desde una perspectiva más totalizante que escribir un libro. Es un proyecto que voy descubriendo. Por ejemplo, mi novela «Piquito de oro» tiene un aspecto policial que no se resuelve. Cuando la escribía pensaba que con el tiempo iba a escribir la continuación donde se resuelve el crimen. Es lo que estoy escribiendo ahora, 8 años después. Y pienso que dentro de 7 u 8 años escribiré el porqué de ese crimen. Creo que eso tiene que ver con una inmersión en una obra literaria. No es algo que me propuse de entrada sino que fue emergiendo de mi forma de trabajo, de la permanencia, de escribir todos los días varias horas. No tengo raptos ni escribo por contrato, estoy permanentemente en estado de escritura. Ese método fue construyendo un tipo de obra, que creo que finalmente se hace visible.

P.: El paisaje donde establece su obra, ¿lo define previamente, surge de la práctica, va avanzando sumando figuras y lugares?

G.F.: Aparece. Tengo la formación de oficio que me dieron 10 años de escribir sin publicar. Desde los 14 años me pensaba con un destino literario, eso me llevó de los 16 a los 26 años a escribir con una absoluta constancia, aunque no tenía la menor intención de publicar. A los 26 años desemboqué en mi escritura a partir de la práctica, y en 1974 apareció mi novela «El amparo». A partir de entonces todo fue desenvolviéndose para encontrar un mundo literario que me fuera propio, una escritura densa, oscura, que va en busca de sus tramas. En la discusión que atravesó la literatura, que en parte aún existe, entre literatura de trama o no, yo no rechazo la trama en sí misma, me parece que es un medio, no un fin, y los personajes, en cierta forma, pueden ser excusas, pero son necesarios.

P.: ¿Qué autores son los que le interesan porque considera cercanos a su obra?

G.F.: Para no caer en los clásicos, y hablar de los que están vivos, me atrae el clima tremendo de la obra de Kenzaburo Oe, la expresión existencial que lo vuelve en una especie de Dostoievski actual, un autor que me gusta mucho es Coetzee y, entre los argentinos, Juan José Saer.

P.: ¿Qué le pasó cuando supo que le habían otorgado el Premio Emecé 2010?

G.F.: Me sentí contento, pensé que podía ayudar a la difusión del resto de mi obra. Pensé que me ponía visible más allá de los lectores expertos en nuestra literatura, que me podía acercar a otros que no fueran los escritores, especialistas, periodistas culturales y críticos que es el público más afín a mis novelas. Aunque los libros que publicó Sudamericana ya casi no se encuentran, «El director», que publicó Losada, está en Losada y en pocos lados más, «Piquito de oro», que salió en Seix Barral, es más fácil de encontrar.

P.: ¿Qué está escribiendo ahora?

G.F.: Después de «Dóberman» escribí «La familia», novela que está inédita. Saga de una familia tradicional cordobesa, a la que le puse Correa Funes, contada por el último descendiente. Trata de una familia pudiente de comienzo del siglo XX que se va viniendo a menos. El último de los Correa Funes intenta resistirse a la decadencia desde un departamento chiquito de avenida Libertador, alquilado.

P.: Trabajó en historias de la clase alta en decadencia, un terreno, que parece perdido, donde construyeron buena parte de su obra Manuel Mujica Láinez y Silvina Bullrich.

G.F.: No pensé en esa perspectiva. Ese tipo de literatura fue una impronta fuerte en esa generación. Pertenecían a esa clase social y se dedicaban a la literatura, cosa que después ya no ocurrió. A la clase alta argentina no le interesa en absoluto la literatura. En mi libro no me manejo con el estereotipo de la decadencia, sino con una especie de locura familiar que los lleva a la catástrofe. Ahora, después de «La familia», estoy dedicado a la continuación de «Piquito de oro» para revelar quién es el asesino.

Entrevista de Máximo Soto

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