3 de abril 2009 - 00:00

Nosiglia habla: no lo hacía desde 1989

Los granaderos que acompañaron el féretro le entregan a Ricardo Alfonsín el bastón de mando que perteneció a su padre. Contemplan Leopoldo Moreau, Enrique Nosiglia y su primo Mario Losada.
Los granaderos que acompañaron el féretro le entregan a Ricardo Alfonsín el bastón de mando que perteneció a su padre. Contemplan Leopoldo Moreau, Enrique Nosiglia y su primo Mario Losada.
 «Desde el Gobierno del 83», dirían los radicales, Enrique Nosiglia no enfrentaba a un público tan multitudinario, como lo tuvo ayer, para recitar un epitafio que ofició de síntesis de las intenciones de aquella gestión, sobre la cual, hasta ayer, se había mantenido silencioso (al punto de llevar el mote de «mudo»). Un silencio que la muerte de Raúl Alfonsín le dejó romper y así contar con el privilegio de una atención inesperada de la tropa de la UCR. Emocionó a sus congéneres, aun sin enfatizar en su letra, que compartieron éxito y caída, y en medio de las exequias se contagiaron de fervor.
«Es el heredero, Raúl lo consideraba allí», se confiaban esos radicales sobre «el Coti». Un puñado de aquellos renovadores atendió el funeral, entre ellos Marcelo Stubrin, Facundo Suárez Lastra y Jesús Rodríguez, con un ramito de rosas blancas y rojas para ofrendar. Nosiglia fue el segundo orador del acto reservado (ver nota aparte). Leyó su oratoria tras la convocatoria tenue que Daniel Salvador, titular del Comité Provincial de la UCR, hizo para que los radicales vuelvan a juntarse. Al punto, que por las filas de la caravana y durante la vigilia previa al entierro, se comenzó a proponer la candidatura de Stubrin a diputado nacional, en una imaginaria vuelta a la lista 3. «El fervor recién empieza», consideraron esos nostálgicos que se esperanzan en que mañana no todo vuelva a las internas, a la separación en boletas electorales alquiladas y a un dejo de añoranza.
Por eso el discurso de Nosiglia les resultó trascendente hacia el seno partidario, especialmente cuando destacó de Alfonsín «la visión de lo indispensable que era construir con solidez los cimientos de la democracia». Creen los radicales que el clamor que despertó la despedida del ex presidente «marca la necesidad de la gente de defender los principios de la democracia», y piensan que «no hay que dejar pasar este momento».
En su oratoria, ese radical que fue ministro de Interior y se relegó tras los trágicos hechos del copamiento a La Tablada en 1989, se animó ahora a mostrarse como el hijo dilecto del ex presidente, a exhibirse luego de décadas en que se lo consideró un dirigente «en las sombras», ya que nunca dejó de pujar por diversos intereses en la política, urdir alianzas o promover estrategias. Para algunos asistentes al funeral, la escena recordó aquel título de la prensa que anunciaba la aparición del sonido en la pantalla del cine: «Garbo habla». Ayer, para los radicales porteño «habló Coti», murmuraron, algunos con cierto resquemor por aquella tropa envalentonada que creen igualmente comprometida con los fracasos que dejaron al radicalismo sin lista y sin banca, por caso, en la Legislatura de la Capital, provocando un éxodo que ahora sueña con la repatriación partidaria.
Explicó Nosiglia «el daño moral y material sin precedentes» con que el Gobierno alfonsinista había recibido al país de mano de los militares.
Alfonsín «fue el balance de lo posible en el magno proyecto de la esperanza; todas las ideas y hechos de su Gobierno tienen un rango de originalidad que se irán comprendiendo cada vez más con el análisis de las próximas generaciones», consideró. Dijo que el Gobierno que debutó fue posible con «la participación de todos y cada uno de los ciudadanos».
«Necesitábamos algo claro, simple y fraterno», definió el radical y señaló que «juntos» era la palabra para recordar a Alfonsín. «El estar juntos fue lo que nos hizo retomar la esperanza. Alfonsín siempre impulsó el diálogo y nos enseñó a saber escuchar. Su cualidad de estadista le permitió comprender que ningún camino es fácil y que los obstáculos se vencen con perseverancia y paciencia. A los jóvenes que sentíamos que todo era posible él siempre nos llamó a la mesura. Jamás renunció a la idea de persuadir, de acordar y muchos enemigos aprendieron a ser adversarios», narró.

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