23 de octubre 2013 - 00:00

Nueva York: mirada a tres joyas del Met

El trabajo de William Kendridge para”  La Nariz” de Shostakovich es un clásico instantáneo. Pocas veces se ha visto semejante amalgama entre foso y escena.
El trabajo de William Kendridge para” La Nariz” de Shostakovich es un clásico instantáneo. Pocas veces se ha visto semejante amalgama entre foso y escena.
Nueva York (Especial) Ni las peripecias del Onegin inaugural, ni la rentrée de James Levine o el inminente estreno americano de "Two Boys" de Nico Muhly lograron eclipsar la vuelta de tres títulos que en la segunda semana del Metropolitan Opera House se impusieron por derecho propio. Hay que ver "Norma" en vivo para captar en las dificultades de un papel que lo exige todo, máxime en un ámbito como el del Met. Epítome del repertorio belcantista, si a esta enmascarada Medea de las Galias contadísimas pudieron hacerle justicia, podría afirmarse que Sondra Radvanovsky salió airosa del desafío. Su triunfo metropolitano señala una consagración no exenta de reparos. Es, ante todo, una voz importante, con caudal inmenso al que une la virtud de apianar admirablemente. No obstante, su timbre acerado no deja de ser problemático, si bien grandes Normas tuvieron voces que eran un "gusto adquirido". Radvanovsky es una. Aun con facetas que pulir y asimilar, esta asignación merecía una nueva puesta en escena; la de John Copley (2001), conceptual y visualmente envejecida, opacó el resultado total mientras que la dirección de Stephen Pickover se limitó a "dirigir el tránsito". Adalgisa tuvo en Kate Aldrich una eficaz mezzo que tomó ventaja de su sonoridad mate en los enfrentamientos con su rival aunque no logró equiparársele como hizo el Pollione de Aleksandrs Antonenko. Con su emisión estentórea, el tenor letón incita a la polémica. El veterano James Morris - otrora gran Wotan fue un Oroveso rutinario.

Riccardo Frizza fue un belcantista de raza que reveló el eslabón entre Glück y Verdi. El joven bresciano es otro talento con que cuenta el Met para continuar su tradición italiana y que, en definitiva, redondeó el trabajo de esta prometedora, flamante Norma norteamericana. Las dos puestas siguientes -"Sueño de una noche de verano" y "La nariz" compitieron ferozmente con el elevado nivel musical; fueron ejemplos de estética visual al servicio de la música, capaces de convertir a un neófito a ambos compositores.

Para no quedar en la retaguardia frente a otros teatros en este centenario de Britten, el Met revivió la aún vigente puesta de 1996. Obvio homenaje a la obra de Howard Hodgkin, el trabajo de Tim Albery no puede ser ni más británico ni más acorde con texto y música. Otro puntal fue la dirección de James Conlon, sazonado britteniano, meticuloso e inmaculado en la definición de planos y climas de esta curiosa adaptación del bardo por Britten y Peter Pears en 1960. Contribuyó al éxito un elenco sólido destacándose el excelente cuarteto de amantes Joseph Kaiser, Michael Todd Simpson, Erin Wall y Elizabeth DeShong - más el estupendo Iestyn Davies (Oberon). Mención aparte merece Matthew Rose y su desenfadada "troupe rústica". En una sala tan inmensa, la deliciosa resolución por Albery de esta ópera íntima tuvo el encanto e inocencia requeridos.

Más que "La Nariz", vale perder la cabeza por el trabajo de William Kendridge para la ópera de Shostakovich. Es un clásico instántaneo. Pocas veces se ha visto semejante amalgama entre foso y escena; pocas veces, un pintor trazó una escenografía con una impronta tan fuerte que a la vez realce las virtudes de la música, de esa "granada anarquista contra los burócratas del régimen". Uniendo rigor a imaginación prodigiosa, el sudafricano exaltó la corrosiva partitura sobre el cuento homónimo de Gogol.

Cinematográfica, ambiciosa, ruda, sarcástica, la ópera prima del críptico Shostakovich puede leerse desde varias perspectivas. Kentridge opta por un desmesurado y a la vez sucinto marco, echa mano a todos los recursos visuales disponibles (replicando al compositor que fusionó estilos musicales) hasta conjurar una unión indivisible que evoca a Tatlin, Rodchenko, Meliès y el constructivismo soviético. Un elaborado mecanismo de relojería, claustrofóbico, kafkiano, pleno de humor. Esta "Nariz de Kendridge" es una joyita que invita a imaginar lo que podría hacer con un Wagner, a propósito de "Gesamtkunstwerk" ("obra de arte total"). La buena nueva es que ya trabaja en "Lulu" para el Metropolitan 2015.

Musicalmente, esos mismos contrastes fueron despachados con naturalidad por el atareado Valery Gergiev (inmutable a controversias extramusicales también dirigió Onegin y la orquesta del Mariinsky en Carnegie Hall) que enfatizó lo camarístico versus sinfónico de la obra. Esa "nasalidad" despiadada en la tesitura vocal se llevó de maravilla con los protagonistas - Andrey Popov, Alexander Lewis, Sergey Skorokhodov y el barítono brasileño Paulo Szot. Tres retornos que sirvieron para reavivar la mítica Norma, el mundo ambiguo de Britten y reencontrar una nariz "hallada" por un Kentridge que incita a experimentar con nuevas propuestas.

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