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Original film para asustarse en serio
Aunque imperfecta y rebuscada, «La casa muda» es una película original formal y narrativamente (está contada en tiempo real) y, que sobre todo, cumple con creces con su objetivo de asustar ya desde la banda sonora.
Según explican los títulos, esta historia macabra se inspira en un hecho real. El dueño de una casa antigua, antes de ponerla a la venta, le pide a un antiguo empleado que le haga algunos arreglos para mejorar la fachada, y el asunto termina en una masacre tan sangrienta como enigmática.
La película comienza con el trabajador y una chica -su hija- caminanado en medio de la nada para llegar a esa casa siniestra, abandonada, con las ventanas tapiadas, y una recomendacion del dueño para que no se les ocurra subir al piso de arriba. Como llegan tarde, y en el lugar no hay electricidad (apenas unas linternas de campo), la idea es que el empleado y su hija duerman en los sillones de la planta baja y se preparen para empezar el trabajo al amanecer. Mientras el padre se duerme como un tronco, la chica empieza a escuchar ruidos extraños, tan fuertes como para despertar a un mamut. El padre no los oye, pero ella insiste y el pobre hombre, medio dormido, sube a ver qué pasa para tranquilizarla. Un instante después, la protagonista escucha golpes y gritos arriba, y en instantes aparece ante sus ojos el cadáver fresco de su papá, no precisamente fallecido de muerte natural.
La premisa es un poco lenta pero inquietante. La chica sabe que quien mató a su padre sigue en la casa, que tiene las ventanas tapiadas y la puerta cerrada. Con un poco de suerte, tal vez aparezca por el lugar el dueño de casa, que prometió llevarles algo para comer. De todos modos, los clichés del género aseguran que, si apareciera, sin dudas lo liquidan en minutos.
Los mismos clichés determinan que debe haber alguna vuelta de tuerca, sólo que en este caso la originalidad ya está instalada desde lo formal y narrativo: «La casa muda» está casi íntegramente rodada en una sola toma, es decir en un plano secuencia que, por otro lado, implica narración en tiempo real. O sea, no sólo no hay cortes de montaje, sino que no hay montaje, y si un personaje dormita 3 minutos 33 segundos, la cámara se quedará acompañándolo hasta que algo lo despierte o también se duerma el espectador.
Pero este film de terror uruguayo imperfecto y rebuscado, pero original, incluye los sustos necesarios (y también golpes bajos de esos que hacen que el público pegue un buen salto en su butaca, justo cuando se burlaba de lo que estaba viendo) para que nadie se duerma, ni al verla ni, si se es un poco sensible, tampoco luego de salir del cine.
Si la idea del tiempo real y el plano secuencia se cumple o no, o si tiene algún sentido desde la esencia del relato, o incluso si la explicación para lo inexplicable es aceptable, importa poco. Si uno se deja llevar por el mal viaje de estos oscurísimos botijas, el asunto funciona. Y si no fuera así, aun inentando señalar cada punto débil del guión, no hay manera de no elogiar el minucioso trabajo de cámara (Pedro Luque) y de puesta en escena, cuyos increíbles diseños y concreción justifican ampliamente la visión de una película sobre una casa que lejos de ser muda, incluye sonidos, música y hasta canciones infantiles con verdadera vocación para el espanto: sólo por su banda de efectos de sonido puede hacer que se asusten los espectadores que están viendo una película nominada al Oscar en la sala de al lado del mismo multiplex.
D.C.


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