6 de septiembre 2012 - 00:00

Ovacionan a Volodos en su debut en el Colón

El gran pianista ruso hizo un estupendo programa con obras de Schubert, Brahms y Liszt en el Teatro Colón.
El gran pianista ruso hizo un estupendo programa con obras de Schubert, Brahms y Liszt en el Teatro Colón.
Recital de Arcadi Volodos (piano). Obras de F. Schubert, J. Brahms y F. Liszt. (Abono Bicentenario, Teatro Colón, 4 de septiembre).

Sin aparatos mediáticos multinacionales, sin un pasado de niño prodigio ni una imagen de galán de telenovelas, el descomunal pianista ruso Arcadi Volodos era casi una sorpresa para el público argentino, no así para los especialistas, para los cuales su inclusión en el Abono Bicentenario del Colón era uno de los acontecimientos más esperados del año.

Volodos (nacido el mismo día, 24 de febrero de 1972, que otro intérprete de excepción, Sergio Tiempo) trajo bajo su robusto brazo un programa íntegramente romántico en sus distintos lenguajes. Vertió inicialmente la fantástica «Sonata en la menor» D. 784 de Schubert con una sensibilidad exquisita y claridad de ideas en las variantes dinámicas (por más que sus «fortes» sonaran exagerados a algunos oídos), para acometer luego los «Tres intermezzi» opus 117 de Johannes Brahms. La fusión de masculinidad y dulzura que es una constante estructural en el compositor alemán estuvo perfectamente plasmada en su interpretación.

Pero fue en la «Sonata en si menor» de Franz Liszt, Monte Everest de la literatura pianística, donde el intérprete cautivó plena y definitivamente a la audiencia. Con una suntuosa paleta sonora que va desde el toque más feérico hasta el golpe más diabólico, con una claridad retórica que además tiene la virtud de no parecer en absoluto meditada (exactamente como la sonata misma) y una capacidad de concentración a prueba de celulares y butacas caídas, Volodos entregó una versión antológica desde todo punto de vista, y la ovación que le entregó el público fue la plena confirmación.

Mientras la platea, con notables «claros» incluso en el inicio, se iba vaciando paulatinamente (no así los niveles más altos), el muy agradecido -y hasta sorprendido- artista inició luego una maratón de once bises. De Bach-Vivaldi a Frederic Mompou pasando por Lizst, Lecuona, Scriabin y otros, de las más virtuosas a las más delicadas, las páginas fueron desfilando por sus dedos con toques personales, y una espontaneidad y humildad que lo ubican en la galería de los más grandes artistas, esos que no necesitan desplegar ademanes afectados ni protagonizar campañas publicitarias de relojes para dejar en la memoria una impronta perdurable.

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