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Paradoja final de Borges: ser el escritor más popular
Veinticinco años después, las ediciones de los libros de Jorge Luis Borges se multiplican y nuevas biografías continúan apareciendo, sin que el secreto de su vida y su obra se extinga.
Esa «superstición de las cifras» recuerda hoy que el autor de «El Aleph» y «Ficciones» falta desde hace un cuarto de siglo exacto. El 14 de junio de 1986 fue sábado y la noticia llegó a Buenos Aires por la tarde, cuando la atención de casi todos estaba hipnotizada por un Mundial de fútbol, «ese deporte que nunca se le reprochará lo suficientemente a los ingleses», como también solía bromear el hombre que murió silenciosamente en Ginebra, la ciudad en la que había pasado sus años más felices, los del bachillerato y los primeros descubrimientos literarios.
Hoy hasta parece extraño que varias generaciones de argentinos no hayan convivido con Jorge Luis Borges, el autor, a su pesar, de mayor presencia «mediática» desde mediados de los 50 y hasta su muerte. El más citado, discutido y mencionado, y quizá también el menos leído, al punto de que no es infrecuente recibir, en las casillas de mails, presuntos poemas suyos cuya prosa meliflua y romántica avergüenzan su memoria.
Porque Borges, que se burló de las academias de la lengua y de las alarmas de académicos como Américo Castro, liberó al español de sus lastres, excesos y adjetivaciones, y esa fue apenas una de sus mayores contribuciones a la literatura. Sin embargo, tanto lo hizo y tan enorme fue su sistema literario que no dejó escuela ni posibilidad alguna de imitadores. Quien lo intenta -y así ha ocurrido- fracasa en la parodia, y no sólo de un estilo sino hasta de un vocabulario y una sintaxis. Hoy no es posible decir «baladí» sin pensar en Borges, del mismo modo que es inevitable plagiarlo si se emplean sinécdoques como la de «fatigar bibliotecas». Casi hasta de «laberinto», «tigre», «laborioso» y «espejo» se apropió el gran ciego.
Mea culpa
Sin embargo, si la venerada sombra de Borges es siempre gloria o pesadilla presente para los escritores, lo que falta desde hace 25 años es su sombra en el paisaje urbano. Como quizá ningún otro escritor de su talla, Borges, voluntariamente o no, formó parte indisoluble de la cotidianeidad de Buenos Aires. Paradójicamente fue el más popular de los escritores, muchísimo más que los escritores llamados «populares». En especial, el último Borges, el que se hacía cruzar la calle Maipú mientras conversaba con su circunstancial interlocutor, el que no tenía problema alguno en dar su número de teléfono a la salida de sus conferencias, el que aparecía en la TV y escandalizaba y regocijaba, el que hablaba de literatura como un sabio y de política como un chico, el que quería convertirse en el hombre invisible en 1973, cuando perdió su cargo de director de la Biblioteca Nacional, pero también el que renegó, en 1982, de la fe prestada al Gobierno de «buzos», como definió en su mea culpa a los militares.
A lo largo de este cuarto de siglo los secretos en torno a su figura parecen haberse agotado. Corrieron ríos de literatura en torno a su vida a través de biografías autorizadas y no autorizadas; se filmaron decenas de películas sobre sus argumentos, casi nunca a la altura del original; se escribieron y estrenaron obras de teatro, se reeditaron hasta el hartazgo sus libros, inclusive aquellos que él quería destinar al olvido, como «El tamaño de mi esperanza» e «Inquisiciones».
El año pasado, una operación editorial dio por desatada una nueva etapa, no sin conflictos. Su viuda y custodia de derechos, María Kodama, autorizó la iniciativa del poderoso agente editorial norteamericano Andrew Wylie, por la cual la totalidad de su obra cambió por primera vez de manos: la perdió «Planeta» (dueña hoy de la histórica «Emecé») y la ganó el grupo Random. Nunca fue oficialmente revelado el monto de tal operación, aunque se sugiere cercana a los diez millones de dólares. El resultado: hoy se bifurcan en las librerías, como en confuso jardín, la última edición crítica de «Emecé» con la flamante de Random, sin que la letra chica termine de ponerse de acuerdo (el Grupo Clarín, por ejemplo, insiste en la legalidad de la edición de «El Aleph» que acaba de publicar, en tanto que La Nación, asociada a Random, se dispone a publicar una nueva serie de Obras Completas).
Desde hoy, y tan heterogéneamente como en esa enciclopedia china que él describió en «El idioma analítico de John Wilkins», se sucederán los homenajes en distintos lugares del mundo. Buenos Aires, Milán, Venecia y París serán algunas de las ciudades que lo tributarán mediante lecturas de poemas, conferencias, atlas itinerantes, laberintos (como el veneciano) debates y exposiciones. A Borges, nacido en 1899, le gustaba definirse como un autor del siglo XIX. Su muerte, hace 25 años, no sólo fue la del mayor escritor de la lengua castellana: también fue la muerte del lugar que ocupaba un escritor en la sociedad, la definitiva entrada en el siglo XXI.


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