Violencia. Afuera y adentro del Congreso, la violencia se apoderó de un debate penoso. El resultado final, por la comparación, le convino al Gobierno.
El proyecto de Presupuesto para 2019 es, quizá, el peor confeccionado y menos consistente de los cuatro que presentó Mauricio Macri. Se basa en una especie de Frankenstein contable, negociado con parte de la oposición, donde la base es que el ajuste para lograr el déficit cero que se le prometió al Fondo Monetario Internacional no lo haga la política, sino, otra vez, la clase media y las empresas productivas del país. Sin embargo, gran parte de la oposición le dio ayer al macrismo los argumentos políticos necesarios para que ese Frankenstein que se debatió en Diputados se convierta en un argumento a favor del Gobierno. Los graves, gravísimos, disturbios de ayer dentro y fuera del Congreso Nacional sólo provocaron que el análisis económico, financiero y político que merece el muy mal Presupuesto que el macrismo llevó al recinto pasara a un segundo plano. Y que el centro de la discusión mute en un debate en el que Cambiemos saca ventaja.
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Ayer, una vez más (y lamentablemente), la discusión se centró en un eje institucional: ¿es posible que un grupo de militantes antidemocráticos, sin importar su ideología, número y militancia, embistan contra un Congreso en funcionamiento para impedir que avance una sesión iniciada cumpliendo todas las normativas constitucionales? ¿Puede un sector marginal de la sociedad imponer su voluntad por sobre la de los legisladores republicana e institucionalmente elegidos por la sociedad en actos comiciales absolutamente democráticos? ¿Pueden legisladores (en este caso, diputados), que cuentan con ese respaldo electoral que los llevó a la Cámara, aceptar que un grupo exógeno imponga que no se pueda debatir un proyecto de ley? Evidentemente, en la Argentina actual, la respuesta a todas esas preguntas es afirmativa. Ayer, hacia el mediodía, un grupo de no más de 200 personas, preparadas y entrenadas para la ocasión, embistió contra la barreras que protegían al Congreso para que éste pudiera debatir (una imagen ya de entrada lamentable) sin repetir las escenas de diciembre de 2017, cuando el Legislativo trató de debatir, y no pudo en primera instancia, la reforma previsional. Cualquier alternativa, gobierne quien gobierne, donde una asonada impida sesionar a un Congreso elegido democráticamente, merece rechazo. Así sucedía cuando con Néstor Kirchner o Cristina de Kirchner en la presidencia, había avanzadas antidemocráticas para impedir al Poder Legislativo discutir leyes, o para socavar el poder de ambos jefes de Estado elegidos también democráticamente. Con toda la razón constitucional posible, los mismos diputados que ayer avalaban que se suspendiera una sesión legalmente abierta, en tiempos kirchneristas condenaban actos similares definiéndolos como lo que en realidad son: actitudes golpistas. Estas acciones eran anticonstitucionales antes, lo son hoy, y lo serán en el futuro si la Argentina sigue siendo una república con tres poderes divididos y regulados entre sí. Lo serán incluso si el kirchnerismo vuelve al poder, si el voto popular les da la oportunidad de volver al Poder Ejecutivo con elecciones libres. Optar por mecanismos medievales de acción directa, como lo es avanzar sobre un poder (el Congreso Nacional) para imponer una opinión, es violentar la Constitución por la que en algún momento juraron, y atentar contra la República. Estén o no hoy en funciones legislativas. En este campo militante se agrupan dirigentes como Andrés Larroque, Leopoldo Moreau (en algún momento participante del renacimiento de la democracia) y Juan Cabandié (entre otros). Rabiosos (con razón) denunciantes de maniobras conspirativas contra Néstor y Cristina Kirchner hoy se convirtieron en habitués de movimientos antidemocráticos embanderados en no permitir que el Congreso sesione. Fue lamentable la participación en este grupo del ex ministro de Educación Daniel Filmus, un dirigente con templanza, sentido equilibrado de la política, siempre democrático y abierto a la disidencia, pero que ayer se sumó a un intento de asonada, y eligió solucionar los problemas ideológicos con sus colegas legisladores a las trompadas afuera del recinto. En vivo y en directo para todo el país.
Esta actitud de parte de la oposición sólo hizo que el debate girara de atracción, y que durante toda la tarde de ayer la discusión se concentrara en los incidentes. Esto hizo que la sociedad se perdiera de conocer lo verdaderamente criticable que se estaba debatiendo: un Presupuesto para 2019 de lo peor que se conoció en años.
No es verdad, como creen muchos dirigentes opositores, que sufran los beneficiarios de planes sociales o los sectores más vulnerables de la Argentina. En todo caso, según lo que dice el proyecto, continuarán igual que hasta hoy; salvo el sufrimiento generalizado que provocaría una mayor inflación que la estipulada en 25% y una mayor recesión al 0,5% de caída del PBI pronosticado. Los verdaderamente perjudicados, y sin representación ni en las calles de Buenos Aires ni en el recinto, son la clase media y las empresas privadas. Los primeros, en general votantes de Cambiemos, sufrirán un verdadero impuestazo con el avance en Bienes Personales. Se estima que entre 400.000 y 500.000 personas estarán en 2019 dentro del tributo; y que los que ya lo pagan tendrán una presión aún mayor. Incluye, además, una emboscada para los que en algún momento eligieron adherir al blanqueo impositivo bajo la promesa de no sufrir más penalidades que las comprometidas originalmente. En lo segundo que avanza el Gobierno con el Presupuesto 2019 es en la suspensión del prometido ajuste por inflación para las empresas privadas. La medida es, simplemente, una condena a pagar más impuestos sin reconocer las pérdidas de activos que genera un problema que el mismo Gobierno origina y no puede dominar: el alza de los precios. Ambos avances impositivos (Bienes Personales y la suspensión del ajuste por inflación) terminan de confeccionar un cuadro lamentable para la gestión de Mauricio Macri. La de un Gobierno que llegó al poder asegurando, garantizando, que sería el primero en comenzar a desmantelar el agobiante esquema de presión tributaria sobre la masa de contribuyentes que conforman el zoológico donde cualquier gobierno sale a cazar para obtener más fondos; pasará a la historia como uno de los que más contribuyeron a que la presión sea aún más agobiante. El Gobierno de Macri había ya creado, a instancias del Frente Renovador de Sergio Massa, el impuesto a la renta financiera. Inventó hace meses nuevas retenciones 2.0 contra todas las exportaciones, sin importar sector, volumen o procedencia. Todo esto además de no haber cumplido con la promesa de rebajar la presión en ganancias para los trabajadores en relación de dependencia.
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