Problema del tipo de cambio es real (aún sin solución)

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La dolarización parcial de los portafolios que viene observándose en la Argentina en los últimos años (siguiendo una tendencia normal derivada del hecho de que, desde hace décadas, el populismo argentino se ha encargado de destruir el peso como moneda de ahorro de largo plazo) se ha intensificado en los hace algunos meses por la «intuición» de inversores, empresarios y taxistas de que el tipo de cambio real de la Argentina ha venido cayendo sistemática y fuertemente en los últimos años a un ritmo que, proyectado, resulta insostenible. En especial, ante un mundo en donde, eventualmente, el dólar deja de debilitarse, la soja deja de subir, y Brasil crece a la mitad del ritmo al que lo venía haciendo en los últimos años y con un real que deja de apreciarse.

Es cierto, como sostiene la presidenta del Banco Central, que, términos del intercambio, debilidad del dólar y apreciación de las monedas regionales mediante, el tipo de cambio real multilateral, hasta aquí, se mantiene en niveles elevados, comparado con el promedio histórico, pero no es menos cierto que, agotada la capacidad ociosa, la rentabilidad del sector comerciable de la Argentina ha venido cayendo, al punto de necesitar «protecciones especiales», créditos subsidiados u otros regalos, para compensar, al menos parcialmente, esta situación, y pese a ello, ya la demanda de empleo de este sector se encuentra cuasi estancada.

Obviamente, todo lo antedicho surge de análisis económico con datos «duros» y bien medidos al alcance de los inversores y empresarios. En el caso de los taxistas, en cambio, su cuenta es más primitiva, pero no menos exacta; se percibe que el «dólar está barato», o que la Argentina está «cara en dólares». Ahora bien, el tipo de cambio real (insisto en la palabra «real» que tendrá un peso central en las conclusiones de esta nota) ha venido cayendo porque los precios internos suben por encima del tipo de cambio nominal (perogrullada, dirá usted). Y los precios internos suben por excesos de demanda y por aumento de costos trasladados a los precios, gracias a la política monetaria pasiva del Banco Central.

Es decir, por un lado, la masa salarial real formal, ha subido bien por encima de la productividad de la economía (el famoso intento del fifty-fifty, pero artificial e insostenible). Mientras que hemos tenido una explosión de gasto público que, por definición, hace caer el tipo de cambio real, ya que todo aumento de gasto público, al ser intensivo en salarios, subsidios y jubilaciones, presiona sobre los precios de los no comerciables y en contra de los precios de los bienes comerciables. (Otra forma de medir el tipo de cambio real.)

Este aumento combinado de salarios privados y gasto público presiona sobre la tasa de inflación y sobre el saldo de balance comercial, porque, llegado al máximo de la capacidad productiva, todo exceso de demanda de bienes se convierte en un aumento de importaciones y porque para producir localmente es necesario importar insumos. Pero una reducción del saldo comercial implica menor acumulación de reservas. Menos dólares en el Banco Central para financiar gasto público (pagar deuda) o para atender la demanda de los privados que dolarizan su portafolio. Portafolio que, como dijimos, se dolariza más, precisamente, porque el tipo de cambio real cae, y el saldo comercial cae.

Y allí aparecen las medidas de estas semanas. Por un lado, la decisión de racionar las reservas y no venderlas para atesoramiento. Por otro, bajar los subsidios al sector privado para reducir ese gasto público y, eventualmente, el déficit fiscal.

¿Son estas medidas suficientes para arreglar el problema central, la caída del tipo de cambio real? Veamos.

Obviamente, el racionamiento de reservas no tiene ningún efecto sobre el tipo de cambio real. Que el peso haya dejado de ser oficialmente convertible no nos vuelve más competitivos. Es cierto que para un turista que puede vender dólares en el mercado paralelo, la Argentina es hoy algo más barata y lo mismo sucede para quienes gastan dólares en la Argentina, pero, si la brecha entre el precio al que se venden reservas y el valor al que se consiguen dólares empieza a aumentar, tarde o temprano, los precios internos (con política monetaria pasiva) reflejarán el valor del dólar libre y eliminarán esta mejora transitoria. Mientras, para las exportaciones e importaciones argentinas, el problema sigue siendo el mismo que antes.

¿Y la eliminación de subsidios? Esto merece un razonamiento más complejo.

Primero, una aclaración. Los subsidios no salen del bolsillo del ministro De Vido o del secretario Schiavi. Los pagamos todos, pero de otra manera, a través de impuestos y de la emisión monetaria del Banco Central (inflación) y el uso de sus reservas en dólares. (El dinero es fungible, vio.) Esta manera de pagar los servicios públicos es, por un lado, claramente regresiva. (Muchos de los que pagan impuestos en la Argentina, incluyendo el impuesto inflacionario, no viajan en subte en la Ciudad de Buenos Aires, o ni siquiera tienen agua corriente, cloacas, electricidad o gas natural.) Por el otro, es altamente ineficiente, porque no hay incentivos para consumir menos -el precio no refleja el costo- por el lado de la demanda. Ni incentivos a producir más y mejor por el lado de la oferta. (Si aumentan los costos, se piden más subsidios, no se invierte para mejorar productividad, y si los subsidios no alcanzan, se ajusta por calidad.) Pero, y esto es central, la eliminación de subsidios modifica el esquema fiscal, pero no aumenta los precios a los productores de petróleo y gas, de manera que la producción local seguirá cayendo, y las importaciones seguirán aumentando, reduciendo el balance comercial y afectando las reservas.

Pero, volviendo al tema central, podría ser positivo que una baja del gasto público, por menos subsidios, permitiera menos emisión monetaria, menos inflación y menos uso de reservas. Y eso juega a favor del tipo de cambio real. Pero, obviamente, al subir los costos de la energía para las empresas, el tipo de cambio real que enfrentan es menor y su rentabilidad cae. De manera que el resultado «neto» no está claro. Por otra parte, si la reducción de subsidios se convierte en la «nueva ANSES», es decir, se forma una nueva «caja» para tener fondos para seguir gastando, pero ahora en otra cosa, el tipo de cambio real sigue cayendo.

En síntesis, el racionamiento de reservas no modifica el tipo de cambio real, y el efecto de la eliminación de subsidios no queda claro; depende de lo que haga el Gobierno con el gasto que se ahorra. (Por favor, recuerde que el tipo de cambio real es inverso al tamaño del gasto público, no del déficit fiscal.) Y cómo se afecte el costo de las empresas.

¿Y entonces? ¿Ayudaría un acuerdo de precios y salarios? Un acuerdo de precios y salarios atacaría expectativas y reduciría la «nominalidad» de la Argentina. Es decir, bajaría la tasa de inflación esperada. Pero el problema del tipo de cambio, insisto, es un problema «real», no nominal. De manera que el único acuerdo que sirve es, déjemelo decirlo con todas las letras, el que logra que el salario en dólares, el gasto público en dólares y los precios internos en dólares bajen. En otras palabras, que haya «deflación en dólares». Pero eso, amigo mío, es «ajuste», y de eso no se habla (aunque sucederá de todas maneras).

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