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“Quedan pocos productores que amen de verdad el cine”
Jacques Doillon: «En 1979 fuimos con Trintignant y Lino Ventura a la Bombonera. Lino dio la patada inicial. Él no sabía que era tan famoso en la Argentina».
Periodista: ¿Qué recuerda del 79?
Jacques Doillon: La gran cuestión era venir o no venir. La izquierda decía que no viniéramos, de otro modo éramos cómplices. Pero acá los artistas prohibidos nos recibieron con mucho agradecimiento, se sentían aislados. Quienes empezaron a mirarnos mal fueron algunos organizadores, porque hablábamos de libre expresión.
P.: Es cierto, Henri Verneuil embraveció al público del Broadway con su discurso de presentación de «I como Icaro» (vino expresamente para lograr su estreno sin cortes).
J.D.: Si, vinieron Verneuil, Philippe de Broca, Roman Polanski, Nastassia Kinski, Daniele Delorme, Veronique Jannot, Lino Ventura. Fui a la Bombonera con Ventura y Trintignant. ¡Impresionante! Toda la cancha ovacionó a Lino, lo obligaron a dar la patada inicial, él no sabía que acá era tan popular. Esa tarde fue hermosa. Desde entonces no he vuelto a pisar un estadio. Recuerdo el calor, el viaje larguísimo con escalas en Dakar y San Pablo, yo era el más joven y estaba más cansado que nadie.
P.: ¿Usted correalizó «Año uno» con Jean Rouch y Alain Resnais?
J.D.: No, yo era montajista, los admiraba mucho, y ellos me hicieron el regalo de invitarme a acompañarlos en un film en episodios. Figuro como tal, pero decir que soy el coautor sería demasiado. Mi primera película, y la única que hice por encargo, fue «Un sac de billes» (aquí, «La guerra de las bolitas»). Me la ofreció el productor Claude Berri, y sólo le pedí libertad para adaptar la novela y elegir a los chicos protagonistas. No quise ninguno con experiencia previa por miedo a las costumbres adquiridas. Quise chicos abiertos a tener una experiencia divertida. Me gustó mucho trabajar con ellos, desde entonces me gusta. También hice como una docena con adolescentes. Nunca tuve problemas. Pero con algunos actores profesionales tuve discusiones, nos hemos dicho barbaridades.
P.: ¿Cómo le fue con Michel Piccoli?
J.D.: Ah, muy bien, hicimos dos películas y lo pasamos bromeando. Incluso bromas pesadas, y él siempre se reía mucho. Desde entonces cada tanto me llama poniendo voz de muy anciano, «Le habla Michel Piccoli, un actor viejo, no sé si me recuerda. Yo sé que no trabaja con viejos, pero si alguna vez revé su posición le dejo mi teléfono».
P.: Es cierto, nunca hace películas con viejos.
J.D.: Una sola, «Monsieur Abel», con Pierre Dux, de la Comedia Francesa, octogenario de memoria increíble. Se conocía todos los papeles del repertorio clásico, y le divertía ejercitarse en cuanto cambio yo le propusiera. La actriz, Zouc, también era muy divertida, y muy popular, pero un día sintió que ya había hecho lo suyo, y desapareció totalmente de escena. Y lo que hacía era admirable.
P.: Hablemos de otra actriz admirable, la pequeña Victoire Thivisol, de «Ponette». Dicen que usted la hizo sufrir.
J.D.: Es absurdo, y le diré por qué. No se puede retener a una criatura de cuatro años con un contrato. Si no está a gusto, al segundo día se va con su mamá, salvo que sea masoquista. ¡Y este rodaje duró 12 semanas, trabajando apenas cinco horas por día, porque ella debía dormir la siesta! La pasamos muy bien, y ella terminó de mejor ánimo que yo. ¡Le encantaban las escenas dramáticas! ¡Le gustaba jugar a que estaba llorando! Así que esa leyenda de niños martirizados es una estupidez.
Meses después, me llamó. «¿Cuándo hacemos la próxima?» Le dije que no tenía previsto hacer otra con ella, y se enojó. Un año después, «¿No escribiste nada para mí? ¿Sabes qué haré? Yo misma escribiré el guión». Después actuó en «Chocolate» y otras más, pero no quedó muy contenta.
P.: Es lógico, con la primera se ganó el premio de mejor actriz en Venecia.
J.D.: Lo que no me asombró. Su actuación era maravillosa. Pero además, el presidente del jurado era francés. En general, si el presidente del jurado es francés, los directores franceses ya sabemos que está todo perdido, nunca recibimos ayuda. Los demás querían premiar el film, este hombre se negaba, dio vuelta la cuestión, dijo «la chica es fantástica», y aceptó premiar a la nena. Como sea, creo que ella se lo merecía.
P.: El nene principal de «Un sac de billes» hizo algunas otras películas. ¿Y la nena de «La drolesse»?
J.D.: Pobre, a los 15 murió de leucemia. Fue muy doloroso para todos. Me costó mucho volver a presentar la película, dejé de hacerlo, pero ahora me gusta saber que vive en la pantalla. Era una chica totalmente dúctil, con muchas cualidades.
P.: «La drolesse» («La ternura, esa rareza»), sobre el vínculo entre una niña y un débil mental que la secuestra, era una obra muy delicada. ¿Se podría hacer hoy alguno semejante?
J.D.: Nunca más. Se trabaja demasiado rápido, no hay plata para algo así, y faltan buenos productores. Yo tuve la suerte de hacerla gracias al comediógrafo Yves Robert y su esposa la actriz Daniele Delorme, gente muy agradable. Fui con mi guión, les pedí algo de plata, prometí respetar el presupuesto, y ellos me dieron plata y me dejaron hacer. Así hicimos tres films en menos de dos años: «La mujer que llora», «La drolesse» y «La hija pródiga». Pero hoy los productores no existen más. Solo hay unos señores que toman el guión y lo llevan a la mesa de ejecutivos de la televisión, eso es todo lo que hacen.
P.: ¿Y Paulo Branco, el productor de Manoel de Oliveira, Wim Wenders, Paul Auster, Raoul Ruiz y tantos otros? Usted trabajó con él.
J.D.: Si, tiene una obra admirable, es un tipo formidable, simpático, pero también experto en «faire de la cavalerie», la bicicleta, como dicen ustedes. Pero no lo culpo, él hace lo que puede en un sistema que tampoco lo tolera porque tiene un gusto distinto al de los ejecutivos de la televisión. A éstos, yo les resulto complicado.
P.: ¿Y a los de canales culturales?
J.D.: Para ellos no soy suficientemente chic.
Entrevista de Paraná Sendrós

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