5 de febrero 2014 - 00:00

“Quería caminar la ciudad con Cortázar, no una biografía”

Tomasi: “Es injusto que no haya un Año Bioy, pero me parece justo que haya un Año Cortázar, sobre todo porque hubo un tiempo en que parecía que nos habíamos olvidado un poco del autor de ‘Los premios’ y  ‘Todos los fuegos el fuego’”.
Tomasi: “Es injusto que no haya un Año Bioy, pero me parece justo que haya un Año Cortázar, sobre todo porque hubo un tiempo en que parecía que nos habíamos olvidado un poco del autor de ‘Los premios’ y ‘Todos los fuegos el fuego’”.
Acompañando el "Año Cortázar", que homenajea los cien años del nacimiento y recuerda los 30 años de la muerte del gran escritor argentino, acaba de aparecer el libro "Cortázar por Buenos Aires, Buenos Aires por Cortázar" de Diego Tomasi, que publicó Seix Barral. Tomasi, a través de una amplia y rigurosa investigación, construye la crónica de la relación que tuvo Julio Cortázar con la ciudad que amó como un viaje en el tiempo, hurgando en cartas, investigando escritos, manteniendo diálogos con quienes lo conocieron. Tomasí publicó el premiado libro de cuentos "El hombre que miraba", colaboró en dos libros de investigación de hechos de la historia reciente de nuestro país y escribe los guiones de un programa de televisión que relaciona la ciencia con la vida cotidiana. Dialogamos con él sobre su personal homenaje al autor de "Rayuela", "Bestiario", "Las armas secretas", entre otros muchos libros.

Periodista: Se habla mucho del centenario del nacimiento de Julio Cortázar, y pareciera olvidarse que también es el centenario del nacimiento de Adolfo Bioy Casares.

Diego Tomasi:
No hay un "Año Bioy Casares". Tal vez se debe a que, además de los 100 años del nacimiento, son los 30 años de la muerte de Cortázar, eso puede sumar para que éste sea el año de Cortázar, una excusa para hablar todo el año de él. Al margen de esos números redondos, tal vez Cortázar tiene una cercanía con muchos lectores, con muchas personas que lo conocen aunque no lo hayan leído, que uno no percibe en otros escritores. A Bioy algunos lo hemos leído y lo disfrutamos, pero indudablemente no tiene la popularidad de Cortázar, y alguno podría sospechar que sus libros no se venden tanto. Bioy, por otra parte, pareciera aún seguir estando cubierto por la figura de su amigo Borges. Es injusto que no haya un Año Bioy, pero me parece justo que haya un Año Cortázar, sobre todo porque si bien los últimos años las reediciones y el marketing de las editoriales lo reposicionó, hubo un tiempo en que parecía que nos habíamos olvidado un poco del autor de "Los premios" y "Todos los fuegos el fuego".

P.: No sólo hubo un cierto olvido sino que una generación de escritores argentinos lo abordó críticamente, fundamentalmente cuestionando a "Rayuela", considerada su obra maestra.

D.T.:
En el momento en que salió, "Rayuela" fue un libro provocador, rupturista, que luego para algunos escritores quedó viejo, o las novedades que proponía ya no eran novedad. También es verdad que todos los años en el mundo se venden millares de ejemplares de "Rayuela", aun cuando no sean los 50 años de su publicación, como fue el año pasado, con lo cual hay algo que persiste. Más allá de los resultados, la búsqueda que hay en el libro es lo que sobrevive. Si bien no era aún un escritor consagrado, como lo fue después de "Rayuela", era un escritor cabal, que tenía su propia historia personal de la construcción de su proyecto literario, tenía libros de cuentos considerados clásicos, perfectos o notables por muchos, para Borges y Mario Vargas Llosa, por ejemplo. Y no se esperaba que escribiera un libro así. Cortázar en una carta irónica se pone en el lugar del editor: "pero este Cortázar que venía tan bien, ahora nos sale con este mazacote de 600 páginas ordenadas de cualquier manera". Esa audacia es lo que hace que "Rayuela" sobreviva, que es, además, un hito, un cambio en su proyecto literario, en su manera de mirar la vida, la literatura, todo.

P.: ¿Cómo se le ocurrió homenajear a Cortázar estableciendo su porteñidad?

D.T.:
En principio no quería hacer una biografía. Y sabía que no iba a hacer un estudio crítico sobre su obra, para lo que no sé si estoy capacitado siquiera. Quería caminar la ciudad con él, y hallar en eso un eje concreto que no tuviera esa dispersión de las biografías. La ciudad fue no sólo importante sino determinante en muchos aspectos de su proyecto literario. Encontrar ese eje y quedarme en él, aunque tuviéramos a Cortázar viviendo en París desde 1951, era un modo de buscarle una fórmula diferente a un escritor sobre el que se ha escrito y hablado tanto.

P.: Y enfrenta a quienes le han cuestionado su argentinidad.

D.T.:
Él se reía de eso. Ya en la escuela le decían "el belgicano" porque había nacido en Bélgica. Estuvo la acusación de que su lenguaje porteño había envejecido, era de otro tiempo. Él no se defendía, decía: yo viví en ese Buenos Aires de la década del cuarenta y, al fin y al cabo, ¿qué es lo novedoso en el idioma? ¿algunas expresiones? Sabía que hacía uso del lenguaje que él había conocido. Cuando venía a Buenos Aires se sorprendía ante fórmulas nuevas, pero no era un rastreador que buscaba estar al día, no le interesaba estar al día. La operación que hace al instalarse en París por vocación personal y artística, y desde ahí contar Buenos Aires en porteño, es muy interesante. Él dice: si me hubiera ido a los 20 años tal vez el francés me hubiera robado mi lenguaje porque estaba recién salido de la educación burguesa de los años treinta, pero me fui con casi 40 años y tenía incorporado para siempre el lenguaje de Buenos Aires.

P.: ¿Cuánto trabajó en la investigación y qué sorpresas se llevó?

D.T.:
Investigué unos tres años. Si bien nunca tuve que volver a empezar, muchas veces tuve que revisar datos que se contradecían o que eran incorrectos. Uno confía en la memoria de los entrevistados, pero puede engañar, sobre todo si pasaron sesenta años de un hecho. Si bien traté de ser lo más riguroso posible, muchas veces me entregué a la ficción construida por cada uno de mis treinta entrevistados. Muchas fueron personas muy cercanas, como Aurora Bernárdez, se primera esposa y su heredera universal, o Carlos Gabel, su ahijado, o los hijos de Eduardo Jonquieres, su gran amigo. Otras elegí hacerlas a personas que lo vieron una sola vez. Quise ir de los muy cercanos a su trato con personas lejanas. Me impresionó la unanimidad en el cariño por Cortázar, todos señalan la calidez que transmitía, que ellos buscan repetirla. Mucho hablan de él como si estuviera vivo. No como si su obra estuviera viva sino como una presencia viva que apela a los recuerdos. Es algo mágico, y no está nada mal incluir lo mágico si se habla de Cortázar.

P.: ¿Cómo manejó el tema de las tres grandes esposas, y tan diferentes, que tuvo Cortázar?

D.T.:
La argentina Aurora Bernárdez, la lituana Ugné Karvelis y la estadounidense Carol Dunlop. Aurora habla en el libro. Cuenta cómo se conocen, por qué, qué hacen después, qué cartas se mandan, porque ella se va a vivir a París un poco después que él. Ugné Karvelis está apenas mencionada porque no tiene nada que ver con él y Buenos Aires, son los años en que toma distancia de muchas cosas, es el tiempo en que cambia de aspecto físico. Y de Carol, su última mujer y su gran amor, lo que más he desarrollado es que cuando ella muere él se deja morir, aunque ya estaba enfermo. Es entonces, en diciembre de 1983, que realiza su última visita a Buenos Aires, embargada de la tristeza de una despedida.

P.: ¿Cómo empleaba el tiempo cada vez que Cortázar venía a Buenos Aires?

D.T.:
No dedicaba el tiempo a hacer siempre lo mismo. En las primeras cuatro visitas con Aurora, se quedaba en la casa de su madre, y en la casa de su suegra. Tenían cierta rutina de visita de familiares y amigos, pero de repente surgía lo diferente. Aurora le decía te voy a llevar a conocer a Paco Porrúa, y había un uso del tiempo específico. Escribe: disfruté de pasar cinco horas con Paco más que dos meses con mi madre. Cuando viene como un escritor consagrado, en las últimas tres visitas, 1970, 1973 y 1983, dedica su tiempo a hacer cosas hasta insólitas. En 1970, que está sólo seis días, uno de esos días lo dedica a ir a almorzar con Noé Jitrik, y acompañarlo a buscar a su hija al preescolar, y Jitrik no era una de sus íntimos amigos. El modo de su uso particular del tiempo permite comprender sus literarios juegos en el tiempo, esos pasajes temporales de una ciudad a otra, de un momento a otro, que desarrolló en sus relatos.

P.: ¿Por "Cortázar por Buenos Aires, Buenos Aires por Cortázar" dejó proyectos personales?

D.T.:
Me gusta mucho la literatura sobre escritores. La de Vilas-Mata, por ejemplo. En un momento me pasó convertir en mi libro a las personas en personajes, en actores que se paseaban por la historia de Cortázar. A mí como siempre me interesó la ficción, la narrativa, por eso el libro tiene más de crónica y de relato que de estudio crítico. Si elegí a Cortázar, además de porque lo leí de joven y lo sigo leyendo, es porque es magnético por todo lo que ha sido, por cómo fue cambiando y cómo a la vez fue siempre el mismo. Su obra fue cambiando y es la del mismo escritor. Es admirable su integridad y cómo logró una voz propia. Hay con él una empatía que uno no termina de poder explicar, algo que no me pasa con otros autores a los que admiro enormemente, como Borges.

P.: ¿Qué está escribiendo ahora?

D.T.:
Publiqué el libro de cuentos "El hombre que miraba", que ganó un concurso hace muchos años. Profesionalmente soy productor de radio, entre otros programas de "La venganza será terrible" de Alejandro Dolina. Escribo guiones de televisión y de radio. Escribí seis temporadas de "Proyecto G", un programa de ciencia en la vida cotidiana, en Canal Encuentro. Tengo una novela breve terminada, "Mil galletitas", es la historia de un hombre que al cumplir 80 años cree que se va a morir en una semana y siente que tiene que escribir una novela antes, y la novela que escribe es sobre un chico que quiere comerse mil galletitas en un día. Además, tengo terminado un ensayo sobre la ciencia y los procesos de lectura.

Entrevista de Máximo Soto

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