24 de mayo 2012 - 00:00

Regocijante comedia del mejor Kaurismaki

El niño Blondin Miguel y el veterano comediante francés Pierre Etaix en una escena de una fábula estilizada, de personajes nobles, deliciosa para seguidores de Kaurismaki y también para todo el mundo.
El niño Blondin Miguel y el veterano comediante francés Pierre Etaix en una escena de una fábula estilizada, de personajes nobles, deliciosa para seguidores de Kaurismaki y también para todo el mundo.
«El puerto» (Le Havre, Finl.-Fr.-Bel.-Hol., 2011, habl. en fr.). Guión y dir.: A. Kaurismaki. Int.: A. Wilms, B. Miguel, K. Outinen, J-P. Darrousin, C.D. Nguyen, E. Salo, J-P. Leaud, E. Didi, Laika.

No solo para los seguidores de Aki Kaurismaki, sino para todo el mundo, es esta comedia triste que no tiene nada de triste, salvo la realidad. Y como la realidad que describe es sinceramente triste, bueno, la describe con humor y poesía. El humor aparece en sordina, pero se nos hace más franco, gozoso, cómplice, a medida que nos vamos encariñando con los personajes: un filosófico lustrabotas, antiguo literato, la sufrida y callada esposa, los comerciantes del barrio, y hasta la perra que no tiene nada de particular, y el policía que anda de particular. ¿Y qué husmea el señor policía? Es que de un contenedor lleno de inmigrantes gaboneses se escapó un negrito. ¿Y qué quiere el negrito? Cruzar el Canal de la Mancha, donde está su madre.

Para el chico, esto no es «De los Apeninos a los Andes», sino «De los suburbios de Libreville a los de Londres», y acá vemos el capítulo de su paso clandestino por Le Havre. El no lo sabe, y tampoco lo sabe la mayoría de los blancos espectadores, pero si llega a caer en la jungla de Calois o el «campo de refugiados» de Dunkerke, adiós inocencia y adiós viaje. Por su parte, para los demás personajes esto no es un relato de heroicas aventuras infantiles, sino una fábula kafkiana. Caramba, es cierto, acá los vecinos leen a Kafka. Pero también puede ser, y es, una linda evocación del realismo poético francés, y de las películas de René Clair, de Jean Renoir, de Marcel Carné y Jacques Prevert. ¿Pero con final feliz? Porque algunas no tenían final feliz.

Primer dato: el muelle no tiene brumas, sino el color propio de las comedias de Kaurismaki con el director de fotografía Timo Salminen, como «Nubes pasajeras» o «El hombre sin pasado». Y todo tiene explicación, sea por un vietnamita que pagó su nueva identidad (opción descartada), por el nombre de un bar, o por canciones que se oyen de fondo, entre ellas una de Carlos Gardel que surge de un juke-box. Ah, sí, hasta el juke-box es bastante particular. A cada rato nos sorprende una frase, una salida, una reacción de cualquier personaje. Y una buena acción sin ostentaciones nos confirma la nobleza de la gente común. Uno sale del cine sintiéndose más bueno, aunque el mérito sea de los otros. Y el cinéfilo sale además con una pregunta: ¿por qué el recurso de poner a los actores con cara mustia y los brazos colgando nos aburre en tantas películas minimalistas y aquí en cambio nos deleita? Ahí está el quién y cómo, ahí está la mano del verdadero artista.

Intérpretes, André Wilms, Kati Outinen, ya habitués de Kaurismaki, el marsellés adoptivo Jean-Pierre Darroussin, el niño Blondin Miguel, el viejo comediante Pierre Etaix como médico de hospital, y Jean-Pierre Léaud como alcahuete (y ya parece más viejo que Etaix).

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