7 de abril 2011 - 00:00

Reinhold: un pasaje al interior de un personaje

Diego Reinhold protagoniza la versión local de «Passing strange», que en su original estaba basada en un personaje afroamericano.
Diego Reinhold protagoniza la versión local de «Passing strange», que en su original estaba basada en un personaje afroamericano.
El actor, cantante y bailarín Diego Reinhold protagoniza junto al bajista Javier Malosetti la versión local de «Passing strange», premiada pieza del off-Broadway (y debut como dramaturgo del músico afroamericano Stew) que narra las aventuras de un joven bohemio de Los Angeles en busca de su propia identidad. En su periplo por Europa -luego de una gran crisis religiosa- experimenta con la droga y el sexo y participa de distintos colectivos de arte, siempre rodeado de música rock y soul.

«El pasajero», tal el título de esta adaptación que se exhibe en el Teatro Tabarís, fue dirigida por Florencia Peña (productora del espectáculo), Ana Frenkel y María Onetto. Completan el elenco Luz Kerz, Déborah Turza, Pablo Sultani, Ivanna Rossi, Mariu Fernandez y Leo Bosio, con dirección musical de Mariano Otero.

Aunque en la versión local el protagonista ya no es afroamericano, Reinhold asegura que el público no encontrará ninguna falla argumental. Dato curioso: el director Spike Lee («Malcom X»), fan de este musical, lo llevó al cine utilizando 14 cámaras en simultáneo, para capturar la acción escénica en todos sus detalles. El rodaje cubrió tres funciones que luego fueron montadas en una sola edición. Dialogamos con Reinhold.

Periodista: ¿Cómo definiría a este espectáculo?

Diego Reinhold: Una obra existencialista sobre las búsquedas personales. En cierto punto es una obra religiosa porque busca religar lo invisible e incognoscible con el mundo aparente. En esa búsqueda se embarca el protagonista, que es un adolescente en plena etapa de rebeldía. Encuentra que el mundo que lo rodea es demasiado duro y acartonado y se pelea con eso. Quiere averiguar qué hay detrás, porque tiene que haber algo más. Pero en esa búsqueda de identidad va dejando de lado cosas que sí son importantes. De pronto se da cuenta de que se está quedando solo, hasta que descubre que lo más importante del viaje está dentro de sí mismo. De alguna manera, el arte lo salva.

P.: Esta es una obra autobiográfica con muchas referencias a la cultura afroamericana ¿Cómo adaptaron este material?

D.R.: Hubo que hacer una adaptación enorme, porque todo el tiempo Stew está parangonando su lucha por salir de la esclavitud del ser con la lucha de los esclavos negros. Todo ese paralelo se suprimió. Sacar todo eso fue un trabajo enorme y delicado.

P.: ¿Y en cuanto el aspecto musical?

D.R.: Todo guarda el mismo color armónico porque es como una ópera, aunque incluya una gran variedad de ritmos. Cuando el protagonista decide escapar de una vida rutinaria y de una madre muy religiosa hay más gospel. Después se va a Amsterdam y ahí todo es un poquito más psicodélico, más flower power. Luego aparece en Berlín, en un ambiente más caótico y politizado, más post moderno, por decirlo de alguna manera. El va y vuelve todo el tiempo. Es compositor y se va metiendo en distintos colectivos de arte.

P.: ¿La droga y el sexo ocupan un lugar importante en esta búsqueda?

D.R.: Sí, claro, porque él busca un escape y así va probando toda clase de drogas. Pero sobre el final hay una muerte que le provoca un cimbronazo y es ahí cuando toma conciencia de todo. También tiene algunas experiencias de sexo grupal como una tentativa de apertura, de romper tabúes. La obra no habla de identidades sexuales. No se mete con ese tema.

P.: ¿Pudo ver la versión original de Broadway?

D.R.: Sí. La vi en video y me pareció imposible de hacer y ahora... la estamos haciendo perfectamente.

P.: ¿Cómo le está yendo con su unipersonal «Yo (una historia de amor)»?

D.R.: Excelente. Estoy trabajando a fondo con el lenguaje de las pantallas.

P.: ¿Algo parecido a lo que mostró hace un tiempo en el programa «Nico trasnochado»?

D.R.: En realidad vengo trabajando con ese lenguaje desde hace 5 o 6 años, en «Cómico stand up» y en varias revistas. La pantalla me ayuda a transmitir mi arte. En este unipersonal juego con el tema de la identidad. Hago un personaje que es mi otro yo. Es una imagen que aparece en pantalla y se pelea conmigo y en un momento se rebela y decide ocupar mi lugar. Entonces sale de la pantalla y me encierra a mí adentro. A partir de ese momento la imagen es el yo real y yo, el ficticio. Se arma una dupla muy interesante, con un yo que no soy yo y que además se multiplica y cuenta lo difícil que es ser la imagen de alguien y no poder tener identidad propia y estar obligado a salir en todos los diarios y todos los televisores.

P.: Esa debe ser la pesadilla de cualquier actor famoso.

D.R.: Yo solamente ensayo acerca de cómo veo, de lo que proyecto sobre los demás, de cómo me gustaría verme...

Entrevista de Patricia Espinosa

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