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Reino de locura y saña

Expulsado de Trípoli cuando las fuerzas rebeldes tomaron la capital hace dos meses, Gadafi desapareció y no se supo nada más sobre su paradero. Algunos especularon con que había escapado hacia el remoto desierto del sur de Libia.
Pero ayer, destacadas figuras del Consejo Nacional de Transición (CNT) anunciaron que el hombre que supo gobernar su país había muerto por las heridas sufridas durante la captura de su ciudad natal, Sirte, el último bastión de resistencia del antiguo régimen.
Además de su excentricidad, Gadafi tenía un carisma que al menos al principio le permitió ganarse el respeto de muchos libios. Su disposición a atacar a las potencias occidentales e Israel, tanto con la retórica como con la acción, lo ayudó a forjarse una reputación frente a otros árabes que sentían que sus propios dirigentes eran demasiado sumisos.
Mientras los líderes de los Estados árabes vecinos se quebraron rápidamente ante los levantamientos populares que azotaron la región, Gadafi presentó una sangrienta resistencia a las fuerzas de la OTAN y de los insurgentes que tomaron la mitad del país en un breve período.
Durante buena parte de su Gobierno, Gadafi ocupó una posición destacada en la galería de criminales internacionales de Occidente, con un férreo control interno y al eliminar disidentes y negarse a designar un sucesor.
Realizó un efectivo acercamiento a Occidente al renunciar a su programa de desarrollo de armas de destrucción masiva a cambio de una eliminación de sanciones contra su país, pero no pudo evitar la marea revolucionaria que cruza al mundo árabe.
En retrospectiva, Gadafi selló su final cuando su Ejército reprimió a los manifestantes en Bengasi, provocando que las potencias occidentales y la OTAN lanzaran una campaña de bombardeos aéreos que permitió que los rebeldes finalmente lo derrocaran.
Cuando estalló la insurgencia a mediados de febrero, cientos de manifestantes fueron abatidos a tiros. A medida que sus tropas avanzaban en Bengasi, advirtió a los rebeldes que no habría «ni piedad ni compasión» y serían perseguidos «callejón por callejón, casa por casa, cuarto por cuarto».
Esas palabras pudieron ser su ruina. Días después, la ONU aprobó una resolución autorizando a la OTAN a conducir una campaña aérea que superó a su fuerza aérea, tanques y armas pesadas.
La presión internacional creció y Gadafi se encontró frente a una saga de bombardeos de la OTAN que incluso buscaron su cuartel central en Trípoli. Una de las incursiones terminó con la vida del menor de sus hijos y de tres de sus nietos.
No fue la primera vez que fuerzas de Occidente mataron a un miembro de su familia.
El expresidente estadounidense Ronald Reagan calificó a Gadafi de «perro loco» y envió aviones de combate a bombardear su bastión de Bab al Aziziya en 1986. Entre las 60 personas muertas estaba una hija adoptiva del libio.
Gadafi usó el complejo bombardeado de Trípoli, que no fue reparado durante 25 años, para pronunciar uno de sus primeros discursos de guerra, parado al lado de un memorial con la forma de un puño gigante de metal que aplasta un avión de guerra estadounidense.
Esta semana, el Gobierno interino envió aplanadoras para comenzar a derrumbar el edificio.
En un mensaje televisado en respuesta a la rebelión en el este del país, Gadafi dijo que la revuelta estaba en manos de ratas y mercenarios que tenían el cerebro lavado por Osama bin Laden y estaban bajo la influencia de drogas alucinógenas.
Mientras pasaban las semanas, se multiplicaban los rumores de que el líder había muerto o resultado herido en los ataques aéreos de la OTAN, pero luego aparecía en televisión para desmentir las especulaciones.
Gadafi, uno de los líderes mundiales que más tiempo ocupó el poder, no tenía una función gubernamental oficial y era conocido como el «líder fraternal y guía de la revolución».
Luchó por incrementar el poder de África y destinó miles de millones de dólares de ingresos petrolíferos a sus vecinos más pobres, lo que le permitió presentarse como el «Rey de Reyes» del continente.
Su amor por los grandes gestos se vio especialmente en sus visitas al extranjero, en las que dormía en una tienda beduina vigilada por decenas de guardaespaldas femeninas.
Durante una visita a Italia, en agosto del año pasado, su invitación a cientos de mujeres para que se convirtieran al islam empañó una visita de dos días que pretendía cimentar los lazos cada vez más estrechos entre Trípoli y Roma, antigua potencia colonial.
Los cables diplomáticos estadounidenses difundidos en el sitio WikiLeaks han ofrecido más luz sobre sus gustos.
Un cable publicado por The New York Times describe la insistencia de Gadafi en quedarse en el primer piso cuando visitó Nueva York para una reunión en 2009 en las Naciones Unidas y su supuesto rechazo o incapacidad para subir más de 35 peldaños.
También se dice que confiaba mucho en su personal de cuatro enfermeras ucranianas, incluida una descrita como una «rubia voluptuosa». El cable especulaba con una relación amorosa, pero la enfermera, Galyna Kolonytska, de 38 años, huyó de Libia tras el estallido de la guerra.
Gadafi nació en 1942, hijo de un pastor beduino, en una tienda cerca de Sirte, en la costa mediterránea. Abandonó los estudios de Geografía en la universidad para empezar una carrera militar que incluyó un breve paso por una escuela militar británica.
Llegó al poder en un golpe militar incruento en 1969, cuando derrocó al rey Idris, y en la década de 1970 formuló su «tercera teoría universal», a mitad de camino entre el capitalismo y el comunismo, que quedó plasmada en el «Libro Verde».
Gadafi supervisó el rápido desarrollo de un país golpeado por la pobreza, anteriormente poco conocido salvo por sus pozos petrolíferos y su desiertos, donde tuvieron lugar grandes batallas durante la Segunda Guerra Mundial. La economía ahora está pagando el precio de la guerra y las sanciones.
Una de sus principales tareas fue la construcción de las Fuerzas Armadas, pero también gastó miles de millones de dólares de ingresos petrolíferos en mejorar el nivel de vida de la población, convirtiéndose en un líder popular entre los libios de salarios bajos.
Gadafi ha destinado dinero a proyectos gigantescos como una planta de acero en la localidad de Misrata -escenario de muchas de las luchas más cruentas del levantamiento- y un proyecto para llevar agua desde los pozos del desierto a las comunidades costeras.
Gadafi abrazó el panarabismo del difunto líder egipcio Gamal Abdel Naser e buscó sin éxito fusionar Libia, Egipto y Siria en una federación. Un intento similar para unir Libia y Túnez acabó en resentimiento.
En 1977, cambió el nombre del país por el de Gran Yamahiriya (Estado de las masas) Árabe Libia Popular y permitió a la población difundir sus puntos de vista en los Congresos del Pueblo.
Sin embargo, fue marginado por Occidente durante buena parte de su mandato, acusado de vínculos con el terrorismo y con movimientos revolucionarios.
Gadafi fue particularmente vilipendiado tras el atentado llevado a cabo por agentes libios contra un avión de Pan Am en 1988 que cayó sobre la localidad de Lockerbie, en Escocia, donde murieron 270 personas.
Las sanciones de la ONU, impuestas en 1992 para presionar a Trípoli a que entregara a dos sospechosos libios, dañaron la economía, afectaron el espíritu revolucionario de Gadafi y aliviaron su retórica anticapitalista y antioccidental.
En 2003 abandonó su programa de armas prohibidas, con lo que Libia volvió a la escena internacional.
Agencia Reuters


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