21 de octubre 2009 - 00:00

Saura desafía a Forman en Roma con su propio Mozart

Carlos Saura junto a Vittorio Storaro, director de fotografía de «Io, Don Giovanni», film que muestra un Mozart muy diferente al  «Amadeus» de Milos Forman, presidente del jurado del IV Festival de Cine de Roma.
Carlos Saura junto a Vittorio Storaro, director de fotografía de «Io, Don Giovanni», film que muestra un Mozart muy diferente al «Amadeus» de Milos Forman, presidente del jurado del IV Festival de Cine de Roma.
Roma - Había que cuidarse de no criticar a «Amadeus». A pocos pasos de allí daba vueltas Milos Forman, presidente del jurado en este cuarto festival de cine romano. Lo hicieron veladamente, sin embargo, algunos de los protagonistas del elenco de «Io, Don Giovanni», la nueva realización de Carlos Saura, durante la conferencia de prensa en la que se presentó este nuevo acercamiento a la vida de Mozart, que se exhibe en Roma fuera de concurso y como anticipo a su lanzamiento en salas a partir de esta semana.

En verdad, antes que a Mozart, «Io, Don Giovanni» lleva como protagonista al más notorio de sus libretistas, Lorenzo Da Ponte, quien además de la ópera en cuestión le dio la letra al músico para las no menos célebres «Così fan tutte» y «Las bodas de Fígaro». El suntuoso film de Saura (suntuosidad que despertó reacciones encontradas en la prensa) tiene un elenco casi íntegramente italiano, que en su mayoría se mostró de acuerdo, con la complicidad de su director, en una misma idea: es necesario borrar de la memoria el Amadeus de Tom Hulce para poder aceptar que el cine pueda pintar a Mozart de otra forma.

El camino elegido por Saura, en la misma línea que viene siguiendo desde hace décadas con su cine musical o sobre música, es el de la introspección lateral, indirecta: en este caso, el intento por llegar al corazón de una época o de un estilo a través de un personaje no central, como Da Ponte, a quien equipara en todo momento con Casanova.

El festival, que entra en su segunda mitad, continúa ofreciendo una programación irregular aunque estimulante en muchos casos. Contra un buen número de films italianos de acostumbrado realismo y alcance limitado -entre los cuales el más destacado es «Alza la testa», de Alessandro Angelini, con Sergio Castellitto, la historia de un tozudo obrero que trata de formar como boxeador a su hijo, nacido de la relación que tuvo años atrás con una albanesa-, se ven películas vigorosas, aun dentro de su academicismo.

«El concierto», de Radu Mihaileanu, fue una de ellas. EL director de la mediana «El tren de la vida» y la muy apreciable «Ser digno de ser» firma otra obra sobre la dignidad puesta a prueba en «El concierto», interpretada por un elenco ruso en el que aparecen dos francesas, Melanie Laurent y la veterana diva de los 70 Miou Miou, la película lleva como protagonista a un ex director de la orquesta del Bolshoi de Moscú quien, durante los años comunistas, se vio obligado a ceder su puesto por negarse a despedir a músicos judíos. En la actualidad, sigue en el Bolshoi pero ya como ordenanza, lustrando pisos inclusive, y mediante una invitación a la que accede de casualidad se vale de un ardid para fingirse aún maestro y concurrir al Chatelet de Paris. El desenlace, aunque un tanto previsible, logró poner de pie a la sala entera del Santa Cecilia del Auditórium (la más grande del complejo donde se realiza el festival, más allá de los límites de Villa Borghese). A veces los festivales necesitan de esos finales heroicos, aunque no se tratara de una película que compite en la sección oficial.

«The last station», aunque más reconcentrado y sólido como drama -y que sí compite-, no provocó el mismo entusiasmo: el film del alemán Michael Hoffman tiene dos protagonistas lujosos: Helen Mirren, que se dio una vuelta por Roma, vuelve a probar su ductilidad para cualquier tipo de papel como, en este caso, la condesa Sofia de Tolstoi, esposa del gran novelista, incapaz de entender la conversión interior de su marido que lo impulsa en su vejez a un distanciamiento casi franciscano de los bienes del mundo, y pone en peligro su patrimonio. El autor de «La guerra y la paz» tiene otro gran intérprete en Christopher Plummer, mientras que Paul Giammati encarna a Vladmir Chertkov, el literato que cumplió un papel fundamental en la vida de Tolstoi: fue su secretario, albacea, y posterior editor de la totalidad de su obra.

Más allá de lo que ofrecen las pantallas, los foros y mesas redondas del Festival están concentrados en dos temas fundamentales: el futuro del cine ante las perspectivas de los nuevos medios (en cuyo desarrollo suelen oírse más augurios y pronósticos que certezas), y los fuertes recortes del financiamiento público al cine, donde las certezas son las que sobran.

Gaetano Blandini, director general de cine del Ministerio de Bienes y Actividad Culturales (un equivalente a presidente del Incaa), para hacer frente a las repetidas manifestaciones contrarias a los recortes presupuestarios, que en el reciente festival de Venecia fueron mayores que en Roma, no deja de sostener que el cine es el único ámbito del espectáculo que no recibe partidas a fondo perdido por parte del Estado. También recordó que la recuperación por boletería, derechos de video y televisión y otras formas, los gravámenes que pesan sobre la actividad hacen que el Ministerio, según la actual legislación, sólo recupere 10% de lo invertido, y que el resto se distribuya en otras áreas de la administración, como Hacienda por supuesto.

La desgravación impositiva, el mecenazgo y otros recursos provenientes de la participación privada (como el «cineturismo», según ejemplificó) deberían, a su entender, sostener con más firmeza un arte-industria cuya crisis se viene proclamando hace años. Es verdad: en estos días se ven numerosos funcionarios italianos rondar los pasillos, las salas y los restaurantes del festival para celebrar inacabables almuerzos y reuniones, aunque la producción cinematográfica como tal, concreta y tangible -según señaló una veterana productora privada a este diario, experta en escepticismo- no refleje después en los hechos tales afanes.

(*) Enviado especial

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