2 de abril 2009 - 00:00

Se extraña a Mamá Cora y a un director experimentado

Pese a buenas actuaciones como la de Bettiana Blum, y el bienvenido regreso de Andrea Tenuta, en «Esperando la carroza 2» se nota la falta de oficio y sentido del ritmo de su director.
Pese a buenas actuaciones como la de Bettiana Blum, y el bienvenido regreso de Andrea Tenuta, en «Esperando la carroza 2» se nota la falta de oficio y sentido del ritmo de su director.
«Esperando la carroza 2» (Argentina, 2009, habl. en español). Dir.: G. Condron. Guión: J. Langsner. Int.: B. Blum, L. Brandoni, A. Tenuta, R. Carnaghi, J.M. Tenuta, D. Fernández, M. Villa, L. Catalano, F. Espinoza, G. Mandato, G. Grande.
Era difícil hacer la continuación de esa obra tan redonda, y para colmo tan querida, «Esperando la carroza», un sainete grotesco que ya varias generaciones conocen de memoria, y citan con risas, y con malicia. ¿Quién no se ríe, cuando surge de pronto alguna de sus frases? Digamos, por ejemplo, «Yo hago ravioles, ella hace ravioles», y saltarán montones de otras también regocijantes. ¿Y quién no reconoció por ahí, en alguno de sus personajes, a alguien de su propia familia, o de su barrio? «De nosotros, me río», concluye la pobrecita Susana, dando lugar a la imagen y la dedicatoria finales, que aprietan la garganta después de tanta risa.
En fin, la continuación se hizo, y ahora se estrena. Aunque hoy la crítica haga sus objeciones, más de uno irá a verla, porque total ya sabe que nunca segundas partes fueron buenas, pero sabe también quiénes son los Musicardi, que son como de la familia, o como sus vecinos. Nora y Antonio pasaron del chalecito a la mansión de Vicente López, viven en el artificio, y hoy festejan un aniversario, él siempre en asuntos raros y ella, típica presumida de medio pelo con plata. Y ahí van, temprano, los parientes pobres, al pie, cargando la comida, la envidia y la admiración, la dignidad ofendida que nunca se ofende dignamente, y el ridículo de todos y cada uno. Sólo la hija adolescente de Matilde (¡sí, ya tiene una hija adolescente!) y el hijo bruto de la Emilia tienen la chispa de sacar alguna ventaja, mal que mal, y de forma inmoral. ¿Pero cómo vamos a exigirles moral? Somos argentinos.
Jacobo Langsner hizo un texto con varias frases dignas de registro, y calzó bien la evolución de sus criaturas, incluso del amigo policía con dolor de muelas. Claro que hubo algunos cambios. Dicen que Elvira se quedó en casa pretextando jaqueca (lástima, porque los diálogos con la otra víbora consagraban cualquier escena). Al Cacho ni lo nombran, pero aparece el Rulo, su evidente hermano menor. Y por razones obvias, al Jorge lo interpreta Roberto Carnaghi. Pero Susana, a cargo de la misma actriz, tiene mejor cara que antes. Está linda, Mónica Villa. Y su personaje al fin está tranquilo. Claro, la cargosa de la suegra ya se habrá ido al cielo.
Igual todos gritan mucho, como en la primera, pero con dos diferencias. Una, que Alejandro Doria, cuando hizo aquella obra, ya llevaba años dirigiendo teatro, televisión, y cine, y supo manejar el ritmo de la puesta, experiencia que le falta al director de la actual, por más que la música lo empuje y quiera sostenerlo con ricas variaciones del «Barrilito de cerveza». Otra, que Langsner, al escribir aquello, estaba en estado de gracia. Una lástima, por último, que nadie cite a Mamá Cora. Una sola frase, dicha por Brandoni con su modo falsamente compungido, hubiera despertado ovaciones. La despiertan, en el público masculino, sus acercamientos a la sobrina encarnada por Dolores Fernández, pero eso es otra cosa. A sus anchas, Bettiana Blum, y a sus pies el resto. Un punto a favor, el regreso de Andrea Tenuta.
P.S.

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