24 de junio 2010 - 00:00

Se recibió en Sudáfrica

Se recibió en Sudáfrica
Pretoria - Si fuera cualquier otro tipo de nota nos resistiríamos en no caer en el error de no personalizar la prosa, pero el motivo por el cual esta vez lo hacemos es para ejercitar la autocrítica, un músculo no del todo entrenado en la industria del periodismo. No se trata de un blog personal donde el periodista tiene todo el derecho del mundo de dar su personalizado punto de vista. Estas líneas tienen un motivo único y llevan el ejercicio de la autocrítica, ni más ni menos.

Argentina ha pasado la ronda inicial de la Copa del Mundo Sudáfrica 2010 y con el pase a octavos en la mano, el objetivo primario que tenía esta incursión mundialista ya está lograda, pero lo que para cualquiera de los enviados especiales del mundo globalizado es la clasificación de una selección poderosa a la siguiente instancia, para la exigencia nacional ha superado, no quizá por los resultados sí por las formas, lo que en la previa uno podía suponer.

Desde estas páginas, el ciclo de Diego Maradona al frente del plantel nacional ha sido analizado palmo a palmo desde su propia génesis, allá en noviembre de 2008 con el triunfo ante Escocia. Desde aquellos días hasta hoy, hemos marcado cada uno de los deslices, de los errores, de los desaciertos y nada se ha excedido del marco de lo futbolístico por la simple razón que no siempre el equipo mostró en el campo una imagen que contradiga la crítica, por el contrario, aquella goleada en La Paz, la derrota sin atenuantes en la fría noche de Rosario ante los brasileños (acompañada por la caída ante Paraguay sólo cuatro días después) y la agonía de la clasificación, con el epílogo de las declaraciones de Diego en la entrañas del estadio Centenario fueron suficientes muestras de la cantidad de falencias que tuvo el ciclo y cada una de ellas fueron aquí reflejadas.

No terminó ahí, con el pasaje confirmado a Sudáfrica ni tuvimos acuerdo en varios de los nombres que Maradona eligió para el plantel y dejar afuera de la lista de veintitrés, como los casos de Zanetti, Cambiasso y hasta el mismo Lisandro López.

Hoy, a medio camino entre el inicio de la Copa del Mundo y la gloria, alcanzan los días, los resultados y los acontecimientos para aceptar, con hidalguía, que Diego Maradona ha recogido una buena cantidad de aciertos suficientes para tranquilizar, incluso, a los escépticos.

Desde el discurso, muchas veces de casete, se apostó a la conformación del grupo desde la convivencia sudafricana, y el resultado está a la vista. Mientras franceses e ingleses sacaron sus trapos al sol contra su correspondiente seleccionador ante cada micrófono que anduvo cerca, en el HPC la vida íntima del grupo no tuvo más que tranquilidad, paz y buena onda, incluso en los primeros días cuando el contacto con la prensa era nulo. Mientras los otros planteles sufrían de bajas por lesiones en los amistosos previos a Sudáfrica, la Selección entrenaba liviano y repasaba y remarcaba conceptos tácticos que hasta no hace mucho tiempo se ponían en duda si realmente eran ejercitados. ¿Resultado? Salvo las dolencias que sufrieron Verón y Walter Samuel ya en plena competencia, todos los integrantes del plantel están disponibles desde el arribo a Pretoria. La gestión Diego también debe contar en la columna del haber la confirmación de nombres como los de Sergio Romero en el arco, Nicolás Otamendi, convocado con un poco más de 20 partidos en el fútbol local o incluso el llamado entre los 23 de apellidos como los de Palermo o el mismo Mario Bolatti.

Nadie desde este lugar ha perdido nada de la admiración por Diego en aquellos días donde las negativas superaban a las positivas, sin embargo, las dudas que fuimos recogiendo en veinte meses del ciclo, sin embargo, en pleno Mundial Maradona sacó el carnet de seleccionador, asesorado o convencido, da igual, recibe hoy la producción por los aciertos de decisiones como la planificación y la intensificación del trabajo o apostar a la solidez de un grupo que desde afuera no muestra otra cosa que estar preparado para codearse con la gloria inmediata, más allá que la pelota termine entrando o no en el arco rival.

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