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‘‘Sentimos cada momento que vamos a morir’’
«Sentimos a cada momento que vamos a morir», explica Abu Ibrahim al Hissi bajo el sonido de los bombardeos en una escuela regenteada por la agencia de la ONU para los refugiados palestinos, la UNRWA, en Shati, en Gaza capital.
Abu Ibrahim se aloja allí con su familia porque un tanque israelí destrozó hace seis días su casa en el campo de refugiados de Beit Lahiya, en el norte de la Franja.
Como él, otros 28.000 palestinos han buscado cobijo en alguno de los 36 refugios de emergencia habilitados por la UNRWA desde que Israel hubo comenzado el pasado 27 de diciembre su operación Plomo Fundido en Gaza, explica Francesc Claret, portavoz de esta agencia de Naciones Unidas.
Los centros de la UNRWA sólo acogen, sin embargo, a un tercio de los más de 80.000 palestinos -la mitad de ellos, niños- que han abandonado su hogar durante la ofensiva.
Muchos se han mudado a casa de algún amigo o familiar, en una prueba de que en los territorios palestinos las redes de solidaridad juegan un papel fundamental en los momentos difíciles.
«La cifra real es muy difícil de saber, pero probablemente sea bastante superior, pues mucha gente no comunica sus movimientos», precisa Claret.
No pueden hacer las maletas a toda prisa para deshacerlas en otro país y convertirse en refugiados, como sucede en otros puntos calientes del planeta y como hicieron muchos de sus antepasados hace seis décadas, en la denominada «Nakba» («catástrofe», en árabe).
Gaza comparte frontera con Israel y Egipto y ambos países vecinos mantienen cerrados sus pasos, lo que convierte la Franja en una ratonera sin siquiera agua ni electricidad. Incluso en los refugios de la UNRWA las condiciones de vida son duras.
«Estamos sin agua, electricidad ni combustible y hace mucho frío. La situación es muy difícil», lamenta Abu Ibrahim mientras mira a sus compañeros de infortunio. El portavoz de la UNRWA reconoce «carencias de material», principalmente mantas, colchones, pan y carne en lata.
En la escuela Al-Fajura, en el campo de refugiados de Yabalia, Falman Ad Esalman pide «a los seres humanos que gobiernan Israel» que también traten a los habitantes de Gaza «como a seres humanos».
Hace unos días Esalman perdió tres de sus hijos -de quince, diez y siete años de edad- cuando una bomba israelí impactó en su casa del campo de refugiados de Yabalia. «Vine aquí porque no tengo otro lugar donde ir. No nos queda nada. Alguna gente nos dio comida y ropa. Yo rezo a Alá día y noche para que esto acabe. Israel nunca podrá terminar con Hamás ni viceversa. ¡Basta ya, por favor!», implora.


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