6 de mayo 2010 - 00:00

Siesta que evoca el estilo Torre Nilsson

Los protagonistas de «La hora de la siesta», primer largo de la premiada cortometrajista Sofía Mora, chicos algo raros como salidos de un film de Torre Nilsson, lo mismo que la fotografía en blanco y negro.
Los protagonistas de «La hora de la siesta», primer largo de la premiada cortometrajista Sofía Mora, chicos algo raros como salidos de un film de Torre Nilsson, lo mismo que la fotografía en blanco y negro.
«La hora de la siesta» (Argentina, 2009, habl. en español). Dir.: S. Mora. Int.: B. Poviña, E. Maidanik, F. Arena, P. Becker, J. Kalinowski.

Sofía Mora, buena cortometrajista varias veces premiada, presenta aquí su primer largo, que apenas dura 75 minutos y tiene contados intérpretes, como quien quiere probarse de a poco. No está mal esa idea, y ojalá otros también la siguieran. Tampoco está nada mal su elaboración de un clima extraño, capaz de ir deslizando sugerencias casi a partir de la nada.

La trama es directamente mínima. Una preadolescente mustia, hosca, su hermano menor, que le obedece y soporta sus desprecios, y ese momento que podría suponerse como el espacio vacío entre el fin de la infancia y el comienzo de, tal vez, la nada. El padre ha muerto. La madre se ha encerrado a descansar, directamente a dormir, en la sala mortuoria instalada en la propia casa. Los parientes, vecinos, amigos, quizás algún cliente, deben esperar afuera. Los chicos no dejan entrar a nadie, la mocosa rechaza una caricia, y se van. Salen a caminar por el barrio desierto, un barrio que parece anclado en los 50, pasan el rato en la plaza, incursionan en la iglesia desierta, se meten de prepo en la casona apartada donde vive otro chico, con quien hubo una historia. Mejor dicho, pudo haberla, pero se cortó en seco.

Ese chico es macizo, rencoroso, está cuidando a su madre que yace enferma en una pieza de la casona que está en juicio, destinada a perderse mientras crecen los yuyos. No pasa, en apariencia, ninguna otra cosa de importancia. Pero la hora de la siesta fue siempre entre nosotros la hora de las apariciones, de las perversiones, de los cuentos que se susurran de día, porque de noche dan más miedo, aunque en esa quietud también dan un poco de miedo, porque no hay ningún mayor que proteja a los chicos. Sin embargo, ¿qué puede pasar? A lo sumo, que se llegue tarde, o que se llegue mal, a la siguiente etapa de la vida.

Son niños algo raros, sin dolor por el padre ni por nadie, niños movidos por prejuicios e ideas raras. Casi parecen salidos de alguna película de Torre Nilsson, tipo «La caída», esa clase de monstruitos inhumanos, desamorados, que poblaban sus guiones, y sus cuentos. No extrañaría que «La hora de la siesta» se hubiera filmado en el Adrogué de Torre Nilsson. Como acercando la idea, la chica actúa de modo conscientemente recitado, y el conjunto está filmado en blanco y negro. Hay diferencias, claro: esa fotografía difiere de la que hacía González Paz (Diego Poleri y Matías Iaccarino se acercan más bien a los gustos actuales), y la música es suave, casi imperceptible, muy distinta a la dodecafónica de «La casa del ángel», por ejemplo. Pero esos niños tienen genes muy parecidos. Veremos qué más hace Sofía Mora, cuando encare otro largo.

P.S.

Dejá tu comentario