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“Siqueiros transmitió su fe de todas las maneras posibles”
Bruno Bichir en la piel de David Alfaro Siqueiros: «Tengo preocupaciones estéticas, políticas que coinciden con las de Siqueiros y hacen que me sienta felizmente responsable por cargarlo a cuestas».
Olivera relata los afanes revolucionarios, muestra -con algunas licencias- el derroche de talento artístico, y cuenta la traición de la bella mujer de Siqueiros, Blanca Luz Brum (Carla Peterson), que se quedó con Botana (Luís Machín). Acaso porque el mural ha permanecido oculto desde su creación, su valor están todavía en discusión, y fue suplantado por una historia de amores desencontrados. Sin embargo, la apreciación estética del mural generó el único desencuentro entre Bichir y Olivera. Entre los artistas e intelectuales que rodean al muralista están Salvadora Medina Onrubia (Ana Celentano), Pablo Neruda (Sergio Boris), Victoria Ocampo (Mónica Galán), y los ayudantes de Siqueiros, los pintores Lino Enea Spilimbergo (Martín Salazar), Antonio Berni (Nahuel Cano) y Juan Carlos Castagnino (Javier Drolla). Dialogamos con Bichir:
Periodista: ¿Qué opina de la Frida y el Siqueiros de Hollywood?
Bruno Bichir: Quiero mucho a Salma Hayek y Julie Taymor es una directora arriesgada. Hicieron un trabajo que se despega de la iconografía, ya que Salma no se parece a Frida. No sé de quién fue la decisión pero a Frida la rasuraron, le quitaron los bigotes, y a los mexicanos nos parece un sacrilegio. Antonio Banderas haciendo Siqueiros se aleja mucho de la figura que conocemos, no tiene nada que ver y no creo que haya sido su culpa; bueno, puede que sí haya sido su culpa, por aceptar un trabajo al que no iba a poder darle la dimensión que se merece. Estos iconos de México fueron mejor abordado por Paul Leduc en «Frida, naturaleza viva» (1983), Ofelia Medina se parecía y su trabajo fue desgarrador, Juan José Gurrola como Rivera me sigue gustando, y Salvador Sánchez, además de su parecido brutal con Siqueiros es un actor imprescindible de nuestro cine.
P.: ¿Es verdad que actuó en la película de Leduc?
B.B.: Apenas un instante. Iba a verla con mis amigos que me preguntaban «¿cuándo apareces?». Y ya había pasado.
P.: ¿Cómo se siente estar en la piel de Siqueiros?
B.B.: Tengo emociones encontradas. Estoy preocupado, nervioso, abocado a la investigación desde que me ofrecieron el personaje, quiero serle fiel, y en esto se me esta yendo la vida. Afortunadamente, tengo preocupaciones estéticas, políticas que coinciden con las de Siqueiros y hacen que me sienta felizmente responsable por cargarlo a cuestas.
P.: En México dicen «Siqueiros es dinamita». Octavio Paz habla de sus virtudes y defectos y dice que su gran virtud es la fe, algo que ya no existe.
B.B.: La fe en la revolución en todo sentido: el sentido ideológico, social, creativo, económico y artístico. Yo no soy un hombre religioso, pero soy creyente. No podría trabajar si no fuera creyente. Tengo que creer que soy Siqueiros y que estamos en 1933. En ese sentido, ambos somos hombres de fe.
P.: Para Octavio Paz el perfil negativo del muralista es la oratoria.
B.B.: Sí, aunque no concuerdo del todo con Paz. Siqueiros tenía una responsabilidad que asumió: la de transmitir su fe de todas las maneras posibles, con un fusil, con sus pinceles en sus muros, con sus escritos y su oratoria.
P.: Su discurso es el de un comunista recalcitrante.
B.B.: Es posible, pero era un hombre fascinante.
P.: ¿No lo satura esa personalidad tan agobiadora?
B.B.: No, para nada. Tengo su voz grabada en distintas etapas de sus discursos políticos y, ciertamente, es grandilocuente. Su pasión y el deseo de transformar la sociedad a partir de una ideología política y artística lo llevaba a trasmitir sus ideas de un modo desmesurado. Pero hay otros momentos de sus pláticas que son íntimas, que muestran un sentido del humor delicioso. Se oye que quienes lo escuchan ríen espontáneamente, y que aplauden sus comentarios de gran astucia. Ante esta elocuencia, más íntima, podemos vislumbrar un hombre ecuánime y amoroso. Es tal el contraste, tan elocuente, que no me satura.
P: ¿Le resulta difícil encarnar corporalmente los excesos de esa elocuencia?
B.B.: Muy difícil. En algunos momentos vemos en sus fotos un hombre relativamente desgarbado y, en otros, profundamente armado, como si lo sostuviera un corset, algo en la espalda que lo hace permanecer erecto, y también hay imágenes donde aparece soberbio y pedante. Todo ser humano es contradictorio, pero él fue hombre que se formó en la revolución, combatiendo desde niño y ligado a esa postura radical de su ideología política, que contrasta brutamente con su sensibilidad.
P.: Siqueiros detestaba a William Randolph Hearst, emblema del empresario capitalista, y aceptó el asilo que le ofreció Botana, la versión argentina del personaje. ¿No le parece una incongruencia?
B.B.: El no niega sus contradicciones, y en ellas se basa mucho del trabajo que estoy desarrollando. En uno de sus últimos discursos él habla de un rescate de todos los sectores: los católicos, librepensadores, los izquierda y de derecha. Quiere que todo el mundo se agrupe en un gran movimiento y su interés esencial es la independencia y la revolución mexicana.
P: Siqueiros usaba un sombrero Borsalino y se vestía con una elegancia suprema.
B.B.: Soy amante de los sombreros, tengo varios. Tuve la oportunidad de tocar la textura de un sombrero del maestro, era tan suave, tan incomparablemente dúctil. Siqueiros cuenta en sus memorias que cuando estaba arrestado en Taxco pudo vender un cuadro y dice: «Me dí una escapada con un amigo a comprar unas botas y sillas para montar preciosas y muy costosas». No lo esconde.
P: ¿Es el Siqueiros frívolo?
B.B.: El Siqueiros humano. No podemos hablar de un hombre frívolo o incongruente si en su vida estuvo cuatro veces en la cárcel más asquerosa que tuvo México, Lecumberri, y la última desde los 60 hasta los 64 años.
P: Sus biógrafos aseguran que la prisión lo «ablandó». Dicen no lo compraban con dinero, pero que «era sensible a los muros grandotes con los que había soñado toda la vida».
B.B.: Esto es hermoso. Todo el dinero que pudo haber tenido, Siqueiros se lo dio a la causa obrera, a los sindicatos. Su última casa en Polanco, una zona residencial muy cara, la legó, es la Sala de Arte Público Siqueiros. Aunque tuvo el mecenazgo de Suárez para pintar el Poliforum, no se quedó con nada, y esa obra monumental debe haber costado millones.
P: ¿Qué le parece «Ejercicio plástico»?
B.B.: Es una belleza. Después de haber estado en el sótano que reconstruyeron para la película, sin el alma ni el poder de la obra original, se advierte la brutal capacidad para romper con las líneas académicas. Tuve la oportunidad irrepetible, que ni el mismo Siqueiros tuvo, de ver la pintura en perspectiva. Por las necesidades de la filmación quitaron la pared del fondo y al mirar la pintura desde la distancia, el movimiento de las figuras era impresionante.
P.: Blanca Luz cuenta con detalles por qué no lo soportaba más a Siqueiros. ¿Su visión del personaje no será demasiado idealizada?
B.B.: Fue egocéntrico, machista. Todos los hombres somos insoportables, minimizamos la figura femenina de forma escalofriante, es la realidad. El hombre es muy tonto, es pueril. Las mujeres, en cambio, tienen visión, pueden prever el futuro. Los hombres no vemos el futuro.
P.: Pero la visión de Blanca Luz parece un poco oportunista.
B.B.: Ya sabemos como termina ella, y relatar el momento en que se quiebra es emocionante.
P.: Siqueiros contrató un cineasta y sus escritos permiten deducir que la obra era una matriz para ser filmada, y que no importaba que la pintura estuviera en un sótano, porque la filmación iba a llegar a todas las pantallas, a las multitudes. ¿Olivera entendió este concepto?
B.B.: No termina de quedar claro en el libro cinematográfico. Lo lamento. Aunque está la postura revolucionaria en términos de arte, Héctor Olivera decía que escribió esa «justificación», la posibilidad de que se filmara, al salir de la Argentina, al darse cuenta de que se había traicionado a sí mismo. Yo sostengo que no fue una justificación. Siqueiros elaboró un texto explicando los motivos y los alcances de «Ejercicio plástico» y yo le creo. No es que lo idealice, estudiando su vida, nadie puede hacerlo. Pero Diego Rivera no hace esto de comunicar su visión del arte y la política a los estudiantes, de trasmitir el conocimiento, de trabajar en equipo. Desde el momento que aceptó pintar en el sótano, pudo haber tenido la visión de hacer un arte mayor al unir la pintura con la cinematografía.
P: Rivera se rió de Siqueiros, dijo que había pintado una «Cámara mágica», unas señoras desnudas volando por arte de magia; Berni lo acusó de «justificar» una obra sin contenido político con «palabrerío teórico». Es decir, nadie creyó en su teoría.
B.B.: Esa fue su gran frustración. Fue un incomprendido en su tiempo, y como su tiempo no le permitió concretar sus ideas, se frustró en demasía. En sus discursos hablaba de crear una unión entre escenógrafos, arquitectos, científicos, especialistas en iluminación y en sonido, porque quería hacer un arte que lo comprendiera todo. Tengo entendido que «Ejercicio plástico» se filmó, pero nadie sabe donde está la película.
Entrevista de Ana Martínez Quijano



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