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Spasiuk: “El ruido de los festivales ya no me atrae más”
«Yo era más combativo antes con el chamamé», dice Spasiuk. «Ahora, al ver cómo se atiende a esta música en el mundo, he tomado mayor confianza».
«A mí me gusta tocar en festivales, pero a lo mejor, éste que soy ahora no quiere más tocar donde la gente no quiere escuchar. No quiero competir con el bullicio. No me quiero imponer a los gritos» dice a este diario, antes de comenzar la entrevista.
Periodista: ¿Eso significa renunciar a los ambientes populares o abiertos?
Chango Spasiuk: No, de ninguna manera. Lo hago y lo seguiré haciendo. Lo que no quiero más es algo que hice mucho en mis primeros años, eso de matar o morir arriba de un escenario. Ahora, sólo quiero salir a tocar. Entonces, voy buscando los espacios donde eso se ve y es posible.
P: ¿Eso tiene también que ver con una música suya actual que obliga a una atención más cuidada?
C.S: Mirado desde cierta estética festivalera, quizá pueda parecer triste, pero no es ni alegre ni triste. Es simplemente algo que representa una parte de lo que me pasa en este momento. Son los colores de mi mundo actual y trato de expresarlos en todos los contextos. Los festivales también tienen ahora una postura más abierta. El de chamamé de Corrientes, por ejemplo, es un lugar en el que puedo tocar y ser escuchado aunque hay otros artistas que tienen lenguajes muy diferentes. Me parece que a esta altura, la gente ha entendido mi manera. Siento que hay lugares en los que se me respeta; ahí entonces voy a tocar.
P.: Por mucho tiempo, al chamamé se lo consideró un género menor dentro del folklore, en relación a músicas de otras regiones. ¿Eso es ya cosa del pasado?
C.S.: Pienso que no tiene que ser una herramienta de combate. Si uno está seguro de la riqueza de un universo musical, le tiene confianza y está seguro también de su belleza. Yo era más combativo antes. Ahora, a lo mejor al ver cómo se escucha y se atiende a esta música en diferentes lugares del mundo en los que he tenido la suerte de tocar, he tomado mayor confianza y cada vez tengo más clara la fuerza estética de este lenguaje sonoro. Y, afortunadamente, creo que no soy el único al que le pasa.
P.: A usted suele vérselo muchas veces participando como invitado de músicos muy distintos, como ocurrió hace poco tiempo con el norteamericano Bobby McFerrin. ¿Qué le dejan esas experiencias?
C.S.: Lo mejor de esos encuentros sucede fuera de los conciertos, cuando nos juntamos a charlar, a intercambiar experiencias. Con McFerrin por ejemplo, como él me dijo que casi no conocía nada de música argentina, le compré algunos discos -Sixto Palavecino, Cocomarola, Mercedes Sosa, Yupanqui, Salgán-De Lío- y me gustó entregarle ese tesoro nuestro. Y tuvimos conversaciones muy interesantes. Después, el escenario puede dar o no cosas más o menos bellas.
P.: ¿Cómo es su dinámica de trabajo?
C.S.: Si se trata de componer, es mejor cuando estoy de gira. Aprovecho los tiempos muertos que hay entre prueba de sonido y concierto, en buenos pianos que me encuentro en teatros de Europa o Estados Unidos -éste último disco, por caso, fue escrito casi todo fuera de la Argentina-. Pero en general, más que en canciones, yo voy buscando un concepto. Aparece alguna idea, o alguna situación. Eso es como un hilito del que voy tirando, estirando, y van saliendo otras cosas, hasta que termina de redondearse. Después, las canciones son una consecuencia. Por otro lado, a veces tengo que hacer músicas por encargo, y entonces es un juego diferente, bello pero distinto. Ahí está el oficio, me voy metiendo en la idea de la obra de teatro, de la película o del programa de televisión para el que tengo que trabajar y voy buscando.
P.: ¿También cuenta dentro de su oficio el de auto producirse?
C.S.: Hoy en día, todo músico tiene que aprender también eso. Mis discos son de producción independiente. Voy buscando alianzas con sellos, acá o afuera, para financiarlos. Eso tiene el problema de la incertidumbre, de que hace falta poner energía en generar los recursos. Pero tiene la ventaja de que no hay nadie que me ponga entre la espada y la pared y puedo ir haciéndolos respetando mis tiempos y definir ese concepto del que hablaba antes y que funciona como guía.
P.: ¿Por qué eligió a Bob Telson, un músico muy lejano al folklore de su región, para producir «Pynandî»?
C.S.: Porque es un músico genial, como antes elegí a Ben Mandelson para el anterior, «Tarefero de mis pagos». Al tratarse de gente que viene de otras músicas, mira y escucha lo que yo hago desde una perspectiva más amplia. No para que yo busque tomar elementos de otros sino, justamente, para poder explotar lo más propio mío. En ese sentido, redondeando la respuesta, creo la participación de Bob ha sido fundamental en el sonido, en los arreglos, en el concepto de este disco. Por otro lado, vale la pena decir que Telson es mucho más que el autor de la música de la película «Bagdad Café», que vive en Buenos Aires y que suele tocar, por lo que vale la pena atender qué hace.
Entrevista de Ricardo Salton


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