3 de junio 2013 - 00:00

Sube la tasa en EE.UU., Wall St. se desinfla (y Japón se depura)

Si hubiese que apostar, doble contra sencillo que la Fed no cambia la partitura en la próxima reunión del 18 y el 19 de junio. Y, mano a mano que tampoco lo hará en la siguiente, a fines de julio. Y si la Bolsa titubea -o se derrite como en el último minuto de un mayo muy benevolente-, tanto mejor. Se diría que la flecha que Ben Bernanke lanzó -tres viernes atrás- llegó por fin a destino. El globo de los activos de riesgo, que parecía inquietarlo, se desinflará solo. No necesitará volver a tensar el arco y apuntar nuevas saetas.

Mayo trajo no pocas sorpresas. No hubo masacre donde más se la esperaba. El Dow Jones Industrial, que un año atrás se había hundido un 6,2%, se las arregló para trepar el 3,2%. Pero aun así la despedida no fue cordial. El viernes patinó más de 200 puntos y 34 de ellos se esfumaron literalmente en el último minuto. La matanza que se temía en Wall Street ocurrió en la Bolsa de Tokio a pesar de - o debido a- las Abenomics. La corrección allí es de manual: una baja que supera el 10% y que corta una racha extensa de alzas (en este caso, de diez meses consecutivos) con un avance acumulado que se mancó a un tris del 80%. Retracción que tampoco puede pensarse que se agotó. No porque las Abenomics sean un fracaso como se rumorea justo cuando la estrategia cosecha su segundo gran éxito: después de la fuerte reanimación del nivel de actividad, la primera lectura positiva de inflación. Es la desmesura de la subida previa lo que da margen para una mayor depuración de las cotizaciones.

Si las palabras de Bernanke clavaron un puñal no fue de frente, en el plexo de las Bolsas, sino en la retaguardia. Fueron los bonos los verdaderos protagonistas del "sell in May". La tasa larga, entre puntas, ascendió medio punto. Los bonos del Tesoro a diez años comenzaron mayo con rendimientos cercanos al 1,60% y se despidieron por encima del 2,15%. Son niveles bajos, podrá argumentarse con razón, pero aun así son los más elevados del último año. Y tampoco se sabe cuál será su "techo", aunque, en las actuales circunstancias, un 2,25% parezca un cómodo cobertizo. Quien se lastimó en el juego de pinzas de los bancos centrales estará desorientado. En abril el Banco de Japón anunció su plan de compra de bonos y propulsó una poda salvaje de rendimientos en todo el globo. Un mes y días más tarde, la Fed reaccionó ante la posibilidad de que se estuvieran incubando riesgos excesivos. Y, como disuasivo, Bernanke deslizó la eventualidad de la alternativa contraria: un menor ritmo de adquisición de bonos a través del QE3. Y así los rendimientos treparon como un latigazo.

De más está decir que la Bolsa de Nueva York siente el filo del acero de la tasa larga: el Dow Jones de Utilities (la canasta que engloba acciones de servicios públicos), que supo brillar y liderar las subas en abril, ya cayó en el sino de una corrección del 10%. El Dow de Transportes se retrajo y cabecea peligrosamente. Queda en pie, como se apuntó, la tozudez del índice emblemático, el Dow Industrial. Y también hay fortaleza sin rajaduras en las acciones tecnológicas y financieras. Pero si la economía no responde, el ascenso de la tasa larga, que encubre un aumento de la tasa real de interés, tarde o temprano pasará factura.

Es curioso, a decir verdad, que cuando Bernanke mencione una revisión del QE3 no se repase lo que sucedió cuando la Fed extinguió los dos programas QE que lo precedieron. ¿Quién compró entonces los bonos que no adquirió la Fed? Los que un momento antes compraban acciones y otros activos de mayor riesgo. El repliegue de los QE fue una continuidad para el mercado de bonos, y una ruptura para la Bolsa. ¿Cómo se justifica que, hoy por hoy, ocurra al revés? De nuevo: sería razonable sólo si la economía protagonizara una recuperación sin titubeos. ¿Creen los mercados que es el caso? Puede ser (aunque hay que ver por cuánto tiempo). ¿Lo creerá la Fed? Que se sepa, no. El banco central desconfía de las consecuencias del ajuste fiscal en curso, de la reducción del ingreso disponible (que obliga a recortar el ahorro para sostener el gasto de consumo), de las menores lecturas de inflación. La economía no la convence. Ni la apura a retocar el QE3. ¿Qué es lo que mencionó Bernanke como una piedra en el zapato? Una contingencia asociada al plan: el riesgo de alentar efervescencias. Pues bien, por lo visto, tampoco le urge actuar. Basta con dejar que este fogonazo de la tasa larga haga su trabajo.

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