12 de enero 2012 - 00:00

También los dramas pueden ser cantados

Las alucinaciones de un ama de casa son la sustancia de «Casi normales, el musical de Kitt y Yorkey.
Las alucinaciones de un ama de casa son la sustancia de «Casi normales, el musical de Kitt y Yorkey.
«Casi normales». Libro y letras: B. Yorkey. Mús.: T. Kitt. Dir.: L. Romero. Int.: L. Conforte, A. Paker, F. Otero, M. Chiesa, F. Dente y M. Mayer. Esc.: M. Valiente. Luces: M.Pastorino. Vest.: P.Bataglia. (Teatro «Liceo»).

El argumento de este musical -una mujer con trastornos mentales a la que ni su familia ni los psiquiatras que la atienden saben cómo ayudar- no difiere del de muchas películas y teledramas que empezaron a hacer furor en la década del 70 -desde «Una mujer bajo influencia», de John Cassavetes hasta la impactante «Nunca te prometí un jardín de rosas» de Anthony Page-. Luego el tema dio un giro hacia metáforas de la vida familiar mucho más hirientes y burlonas como «Belleza americana», de 1999.

«Casi normales» revisa la noción de salud y enfermedad a la vez que describe minuciosamente los brutales tratamientos con psicofármacos y electroshock que recibe Diana Goodman, una dulce ama de casa destruida por la pérdida de un hijo, a quien alucina como un joven de 16 años (la edad que él tendría si no hubiese muerto al año de nacer).

Siguiendo paso a paso el Vía Crucis de la protagonista es posible apreciar el papel que cumple el enfermo en su familia como depositario de todo los aspectos negativos o temidos que circulan por ella. Laura Conforte es la intérprete ideal para este papel, al que se entrega en profundidad. Su personaje es más complejo de lo que aparenta y está en permanente metamorfosis (física y emocional). Sufre sin caer en el melodrama y hasta provoca carcajadas cuando ironiza sobre su situación.

Al igual que Nora en «Casa de muñecas», Diana intentará tomar las riendas de su vida (y de su cura) alejándose de la sobreprotección familiar y de los manuales al uso de la psiquiatría. La puesta de Luis Romero es rica en emociones que equilibran las angustiantes peripecias de este musical (toda una curiosidad en su género). Sin embargo, esto no impide que los 165 minutos de espectáculo, más un breve intervalo, resulten demasiado extensos para un drama que propone más preguntas que respuestas (y esto no es una objeción).

Los conflictos son creíbles, las actuaciones grandiosas, pero la trama resulta algo reiterativa, sobre todo en la segunda parte donde reaparecen las mismas situaciones con leves variantes. Hay tanta información y sobreabundancia de detalles (cotidianos y de consultorio) que se corre el riesgo de perder de vista lo más sustancial.

Las letras de las canciones tienen el mismo peso que los parlamentos, pero se aprecian mejor cuando se recurre a melodías más intimistas que rockeras. El resto del elenco resulta igual de eficaz: Alejandro Paker, que le aporta ternura a ese marido negador y voluntarista; Florencia Otero, encantadora en el papel de hija conflictuada; Fernando Dente, de humor irresistible como el novio algo drogón pero solidario; Mariano Chiesa, muy ajustado en sus dos papeles de psicólogo y psiquiatra, y por último el debutante Matías Mayer (el hijo muerto), bello y angelical como Tadzio, el jovencito que enamoraba a Dick Bogarde en «Muerte en Venecia», y a la vez sombra siniestra y acosadora.

La obra provoca todo tipo de reacciones: llanto, emoción, un ligero agotamiento sobre el final, curiosidad por el tema psiquiátrico, identificación con sus personajes y un largo etcétera que hace que nadie quede indiferente.

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