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Tango con la sutileza de la música de cámara

La carrera del violinista Leonardo Ferreyra se remonta a su adolescencia, cuando comenzó como niño prodigio en la orquesta típica de José Basso. Desde entonces no ha dejado de estar ligado al tango y de compartir discos y escenarios con grandes figuras, como Dino Saluzzi, José Colángelo, Roberto Pansera, Víctor Lavallén, Rodolfo Mederos, Orlando Trípodi, Pablo Mainetti, etcétera. Y desde 1992 es concertino de la Orquesta del Tango de la ciudad de Buenos Aires. Pero, aunque sus primeros pasos los hizo de la mano de su padre, el también músico de tango Guillermo Ferreyra, la educación musical más formal la tuvo con maestros muy ligados a lo clásico, como Alberto Lysy o Nicolás Chumachenco; y ha pasado por las aulas del conservatorio de Zürich, donde fue discípulo de Rudolf Koelman. Es evidente en este álbum que se han unido las dos ramas de su formación. Y para tal fin, ha elegido el cuarteto de cuerdas, un «instrumento» casi inexistente en el tango. Sobre todo, porque el tratamiento elegido está más cerca de la pulcritud y la sutileza de la música de cámara que de la «mugre» y lo canyengue. Con esas salvedades de estilo, que agradarán a algunos por la profesional construcción de los arreglos y las interpretaciones y desagradarán a otros exactamente por lo mismo, el músico construyó un disco sin fisuras. Piezas de De Caro, Mores, Bardi, Rovira, Charlo, Piazzolla o Marconi muestran aquí versiones impecables en los violines de Ferreyra y Diego Tejedor, y la viola y el cello de los suizos Sophie Lüssi y Andreas Ochsner.
R.S.


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