Periodista: Con esta obra usted parece revertir la imagen tradicional de la familia en el cine argentino, e inclusive en su propio cine, que siempre fue "familiero".
Pablo Trapero: Es un poco así. Me gusta esa tradición, la sigo, pero aquí tengo la oportunidad de resignificarla con una visión orientada al thriller. Hace años que Francella está en todos los hogares. ¡Y ahora lo ven como un asesino!
P.: ¿Y cómo eligió a Peter Lanzani para el papel del hijo?
P.T.: Yo ni sabía quién era. Nunca vi "Chiquititas". Se presentó al casting. Ahí, la prueba de fuego era representar la escena más fuerte, donde el hijo enfrenta al padre. Si era capaz de hacerla, con el resto no había problema. Y la hizo. Después, por la prensa, me enteré de su fama.
P.: Vayamos a la familia criminal.
P.T.: En las historias de la mafia, que tanto nos gustan, el punto de partida siempre es la familia. Vemos tipos de doble vida, o que se redimen proporcionándoles un futuro distinto a sus hijos, o que los hacen participar en el camino del crimen. Lo del Clan Puccio es otra cosa. La familia entera involucrada, y la casa como aguantadero. Otra cosa: sean hechos por delincuentes comunes, "servicios" o guerrilleros, los secuestros tradicionales se organizan en tres grupos. Uno lo ejecuta, otro desarrolla la negociación, y otro atiende la "hotelería". De ese modo, si cae un grupo no arrastra a los demás. Arquímedes Puccio era conocido por sus "servicios de hotelería para terceros". Pero decidió hacer todo por su cuenta, convertir la familia en una pyme del secuestro. Peor aun. Si un financista enseña al hijo a hacer trampas, forma una familia turbia. Pero si un tipo hace participar a su hijo en el secuestro y asesinato de sus propios amigos, eso es más que turbio, y encima es absurdo, y riesgoso. Alguna gente todavía sostiene la inocencia de Alejandro y lo considera una pobre victima del padre. Le parece imposible pensar que entregó a su propio amigo.
P.: Los vecinos no lo podían creer.
P.T.: No era la clase de barrio donde pasan "esas cosas". Un abogado trucho, un inmobiliario poco honrado, hubieran sido más creíbles, y aceptables. Y es muy probable que Alejandro no pudiera hacerle frente al padre. Lo mismo Maguila, que se fue a la otra punta del mundo y lo hicieron volver. Pero es difícil que el padre los haya convencido por su sola cuenta. Ahí seguramente participó la madre, que además cocinaba para los secuestrados. La madre era el Goebbels de la familia.
P.: ¿Y la hermana mayor, que dijo "Papá lo hizo por nosotros"?
P.T.: Esa frase me dejó helado. Se la dijo a los medios, y después fue el título de un libro que salió en 1986. No dijo "Papá es inocente".
P.: Siempre se dijo que los Puccio eran de clase alta, pero usted los pinta como de medio pelo con plata.
P.T.: Soy fiel a la realidad. Ellos eran de Zona Sur, se mudaron a San Isidro en el año 80. Él trabajaba para los servicios de inteligencia, que le permitían delinquir de manera privada. Eran curritos permitidos, pero debían tener autorización. Las cosas empezaron a cambiar en 1982. De a poco le fueron soltando la mano pero, a juzgar por las grabaciones que conserva la Justicia, se desprende que estaba siendo vigilado por alguien de inteligencia del Estado. Probablemente le rendía cuentas a algún superior. Porque cobró mucho, ¿y adónde habrá ido a parar toda esa plata?
P.: Algo se habrá quedado.
P.T.: Si gozó de los privilegios que tuvo en la cárcel, fue por dinero o por gente poderosa y agradecida que le debía favores. Nunca estuvo como un preso común.
P.: ¿Cuánto ganó con los secuestros?
P.T.: Consultamos a los familiares de las víctimas. En esos casos casi nadie dice cuánto pagó exactamente. Parte de la estrategia de los secuestradores es apurar a los familiares reclamando cifras enormes que después se regatean, como un vendedor de alfombras con los posibles compradores. Y, para evitar riesgos, los secuestrados nunca están retenidos más de dos semanas. La última negociación duró más, porque los investigadores le daban letra a la familia, Así estiraron las llamadas mientras rastreaban a los criminales.
P.: ¿Por qué Puccio se hacía pasar por miembro de un grupo guerrillero?
P.T.: Él venía de Tacuara y la Triple A, pero a veces decía ser de Montoneros, o de un Frente Nacional de Liberación. Era muy confuso. Para justificar los secuestros dejaba entrever alguna explicación ideológica, como que pretendió hacer alguna venganza de clase. Creo que la película invita a reflexionar y mirar las cosas sin hipocresía: era una familia de locos, pero disfrutaba de mucha complicidad, o silencio, cuando la democracia todavía era frágil. Ha pasado el tiempo y por los noticieros vemos que ciertas costumbres se siguen manteniendo.
P.: ¿Pudo hablar con la familia?
P.T.: El hijo menor se alejó a tiempo para no verse implicado. La menor está casada, con un hijo, y lleva el apellido del marido. Ambos eran inocentes. La mayor ya murió. Y a la madre le tocamos el timbre muchas veces, pero nunca nos atendió. En cuanto a él, cuando empecé la investigación pude contactarlo, pero se murió antes de poder conocerlo personalmente. Quedé con ganas de preguntarle qué lo había motivado, realmente.
| Entrevista de Paraná Sendrós |


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