31 de diciembre 2008 - 00:00

Tras el desencanto, la Revolución busca escribas

Jean-Paul Sartre, del castrismo a la crítica
Jean-Paul Sartre, del castrismo a la crítica
Madrid y La Habana - Hubo un tiempo en que la Revolución y los intelectuales de izquierda caminaron juntos. Las contradicciones entre una y otros parecían mínimas y subsanables; las promesas, enormes. Escritores, pintores, artistas, músicos desfilaron por La Habana de los años 60 para conocer de cerca lo que estaba ocurriendo y beber de esa esperanza que permitía una imaginación casi sin límites.
Era «la edad de la inocencia», como la califica en su libro «Y Dios entró en La Habana» Manuel Vázquez Montalbán, que hace un repaso profundo y con gran conocimiento de causa de casi medio siglo de Revolución.
«En 1961 la Revolución Cubana estaba mimada por la inteligencia de izquierdas del mundo y La Habana, como el Moscú de 1920, fue la Meca de todos los violadores de códigos del mundo, que buscaban en Cuba a un nuevo destinatario social capaz de entender lo nuevo», escribe el autor español, que recoge como un hito especial el viaje que hicieron a la isla Jean Paul Sartre y Simone de Beauvoir, quienes calificaron a Fidel Castro como «un amigo».
Sin embargo, con el caso Padilla se produciría en 1971 la primera gran herida en esta relación idílica, que no sólo haría alejarse a algunos de los simpatizantes, sino que también definiría a partir de allí dos posiciones antagónicas entre los intelectuales iberoamericanos: quienes seguían apoyando a Cuba pese a todo y entendían como una reacción necesaria lo ocurrido con el escritor Heberto Padilla y sus compañeros, y los que consideraron que la Revolución había traicionado sus ideales.
Conflicto
Entre los primeros se cuentan figuras como Julio Cortázar, Gabriel García Márquez, Mario Benedetti o -en un principio- Carlos Fuentes, mientras que entre los últimos están Mario Vargas Llosa, Jorge Edwards (que fue expulsado de Cuba siendo embajador del Chile de Salvador Allende por sus contactos con Padilla), Octavio Paz o exiliados como Guillermo Cabrera Infante, al que con el tiempo se sumarían muchos más.
El conflicto comenzó por el rechazo de la dirigencia política al libro «Fuera de juego» de Padilla en 1968 y a las obras de otros autores como Antón Arrufat y César López. Siguió la cárcel y finalmente una declaración pública en la que los escritores se autoinculpaban de contrarrevolucionarios.
La reacción de un grupo de intelectuales extranjeros se materializó en una carta a Fidel: «Creemos un deber comunicarle nuestra vergüenza y nuestra cólera. El lastimoso texto de la confesión que firmó Heberto Padilla sólo puede obtenerse mediante métodos que son la negación de la legalidad y de la justicia revolucionaria».
Bajo la iniciativa de Vargas Llosa, el texto fue firmado por Sartre, Beauvoir, Italo Calvino, Isaac Deutscher, Giulio Einaudi, Juan y José Agustín Goytisolo, Alberto Moravia, Ricardo Porro, Carlos Franqui, Jorge Semprún y Susan Sontag, algunos de ellos todo menos sospechosos de un pensamiento conservador o de derecha.
A partir de esas fechas comienza la represión de todos los contenidos que la Revolución no considera útiles a su causa. «Somos un país bloqueado y por lo tanto el arte también debe ser un arma defensiva de la Revolución», sentenció Fidel Castro. Años antes ya lo había resumido en una frase célebre: «Dentro de la Revolución, todo. Contra la Revolución, nada».
Amenazada en varios frentes, la dirigencia cubana decide así que no puede dejar en manos de los intelectuales cubanos la formación cultural del pueblo. Acusados de burgueses, poco a poco muchos son excluidos y se construye una producción cultural en torno a un centro que prescinde o expulsa a los que no se conviertan en primer término en defensores de la política. «La Revolución no tiene quien le escriba», titula su capítulo Vázquez Montalbán.
Cuba avanzó a pasos agigantados en la alfabetización y la educación, pero muchos escritores callaron y otros tantos se exiliaron, entre ellos Cabrera Infante o, más tarde, Reinaldo Arenas, Abilio Estévez, José Manuel Prieto, Norberto Fuentes o Zoe Valdés.
A partir de los años 80, el dogmatismo cultural se reduce y hay un espacio de libertad impensable una década antes, aunque el período especial de los 90, con sus dificultades económicas, será un nuevo golpe para la cultura.
El caso de Arrufat puede ser testigo de una época: entre 1968 y 1981, su nombre desapareció de las publicaciones, pero luego, en 2000, fue galardonado con el Premio Nacional de Literatura.
En 2003, el fusilamiento de tres secuestradores de una lancha cubana que pretendían llegar a Estados Unidos y el encarcelamiento de un grupo de 75 disidentes, entre ellos el poeta y periodista Raúl Rivero, provocó un nuevo debate internacional entre los intelectuales, con declaraciones críticas del premio Nobel portugués José Saramago y del uruguayo Eduardo Galeano, así como varios cuestionamientos a «Gabo». En ese momento, Saramago aseguró: «Hasta aquí llegué». Y Galeano escribió un texto, «Cuba duele», que comenzaba: «Son visibles, en Cuba, los signos de decadencia de un modelo de poder centralizado, que convierte en mérito revolucionario la obediencia a las órdenes que bajan desde las cumbres».
Ambos dejaron claro más tarde que pese a todo no habían «roto con Cuba» y que son los cubanos los que deben decidir su futuro en medio de una situación histórica de embargo.
Hoy, Cuba es una isla no sólo en el sentido geográfico. La producción cultural cubana es un archipiélago de exilios exteriores e interiores, desde rupturas abruptas hasta quienes buscan un espacio dentro de la isla, pero con una literatura cada vez más volcada a los problemas cotidianos o incluso al ámbito privado, en un pueblo, como afirma Vázquez Montalbán, «cansado de historia».
Agencia DPA

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