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Tras medio siglo de cordial humorismo, murió Juan C. Mareco
Juan Carlos Mareco como «crooner» en los años 40 en los estudios de Radio Mitre.; Junto a Luis Landriscina, quien al igual que él, discípulo de Wimpy, tenía un libretista uruguayo («Don Verídico»).;Recibiendo uno de los varios Martín Fierro de su carrera que le concedió Aptra.;Juan Carlos Mareco, «Pinocho», en sus años juveniles. Su carrera en el cine comenzó en Uruguay en 1950, con «Detective a contramano».
Vivaz, dicharachero, de carácter fuerte (terminaría rompiendo varios matrimonios, entre ellos el que tuvo con Mariquita Gallegos, y algunos contratos), Mareco nació en Carmelo, Uruguay, el 20 de enero de 1926, hijo del dueño de la empresa de pompas fúnebres del pueblo, hombre que también se dedicaba a pasar quiniela. Así al menos lo contó repetidas veces.
Becado como el mejor alumno de la secundaria, se instaló como estudiante de Derecho en Montevideo. No fue mal estudiante, pero brilló más como buen comediante, y sobre todo como imitador de sus profesores. Así es como los compañeros lo empujaron a lucir sus gracias en Radio Carve, donde lo escuchó uno de los más grandes humoristas rioplatenses, el bonachón filósofo Arthur N. García, alias Wimpy. «Yo te voy a escribir los libretos», le dijo Wimpy, que además le consiguió su primer contrato. Corría 1944, Mareco tenía recién 19 años, estaba bien encauzado, pero todavía le faltaban dos cosas fundamentales.
Una, el seudónimo. Al enterarse del nuevo empleo del hijo, el padre funebrero y quinielero había montado en cólera, exigiendo discreción. Wimpy solucionó el problema: «Vamos a cambiar un poco el viejo cuento. ¿Conoces la calandria, que imita el canto de todos los pájaros? Se me ocurre que entre nosotros Gepetto le ha dado vida a Pinocho con el alma de una calandria». Así dijo el maestro, y así quedó el nombre artístico.
Después, como en aluvión, vinieron el contrato en Radio Mitre, 1945, por el doble de lo que ganaba en Radio Carve, las temporadas en teatro de comedia y teatro de revistas (donde llamaba la atención por su habilidad para hacer reír sin palabrotas), la televisión desde 1954, con «Gran Hotel Panamá», «La noche con amigos», «Los amigos del tango», el famoso «Casino Phillips», etc, y el cine, que empezó en Uruguay con «Detective a contramano» (Adolfo Fabregat, 1950), se afirmó aquí con «Su seguro servidor», «¡Qué hermanita!» (ella era Olga Zubarry venida del campo), «El patio de la morocha» (Virginia Luque) y otros títulos, y llegó hasta España junto a los cantantes populares del momento, en «Los novios de Marisol» (que eran los miembros del Dúo Dinámico), o junto a su querido Topo Gigio, en «El mago de los sueños».
Todo ello, sin descuidar sus vicios de poeta, con algún libro editado («Y tengo una ilusión», en Javier Vergara Editor), y el más redituable de letrista, con éxitos hoy olvidados como aquel chamamé escrito a propósito de una ola de ovnis, «El cuete».
No siempre su camino estuvo sembrado de flores y público sonriente. Simpatizante del peronismo, a fines de 1956 entró en una lista negra y tuvo que arreglarse como vendedor de artículos del hogar. Años más tarde, a comienzos de 1974, el propio Perón le pidió hacerse cargo de la intervención de Canal 7, un puesto que terminó prácticamente al día siguiente de la muerte del general. Fueron pocos meses, pero le costaron varios años de silencio en los medios. Como en otras ocasiones, pudo recuperarse, sin trabajar de víctima ni enseñar resentimientos.
Así es como llegó a la otra cosa fundamental en su vida. Ser como su maestro. Vale decir, a Wimpy llegó de grande. Esa fue su época de madurez, de afable madurez, la del programa radial «Cordialmente».
Hoy se recuerda su buen humor, sus éxitos, y los varios premios obtenidos. Pocos saben de sus amarguras y sus malos momentos. Valga la anécdota. Una de sus últimas apariciones públicas fue a fines de los 90, animando la entrega de los Premios Cóndor de Cronistas Cinematográficos. Hacia el final, se dirigió a los perdedores, con un viejo dicho: «No podemos impedir que las penas lleguen volando hasta nosotros, pero podemos impedirles que aniden en nuestras cabezas».
Pero no hablaba solo a los perdedores, sino también a unos resentidos del equipo de producción de Canal 7 que, justo antes de comenzar el acto, le habían desordenado todos los papeles que él debía leer. Esperaban hacerle pasar un papelón público. No lo lograron. Mareco deja hoy una sonrisa amable en el público de varias generaciones, y una larga familia, encabezada por su esposa desde 1988, Elena Luisa Galtieri, y más de seis nietos.


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