11 de agosto 2010 - 00:00

“Traté de apresar la dimensión de lo humano en Sor Juana”

Mónica Lavin: «Los que hablan de una relación lésbica de Sor Juana con la virreina, creo que buscan una excitación morbosa. Para mí, la relación que tenían era de amistad. ¿Por qué no podía haber una complicidad que durara hasta la muerte?».
Mónica Lavin: «Los que hablan de una relación lésbica de Sor Juana con la virreina, creo que buscan una excitación morbosa. Para mí, la relación que tenían era de amistad. ¿Por qué no podía haber una complicidad que durara hasta la muerte?».
«Cuando las escritoras entran en la novela histórica, fenómeno que ha crecido en los últimos años, creo que es para escudriñar en la vida de otras mujeres, descubrir qué fue de aquellas que vivieron en forma anónima y sacar de su pedestal a las que convirtieron en estatuas y no personas de carne y hueso. A esto se suma el interés de las editoriales y el mercado porque así sea», explica la escritora mexicana Mónica Lavín, que publicó en Editorial Grijalbo la novela histórica «Yo, la peor», sobre la monja, poeta y dramaturga novohispana del Siglo de Oro español, Sor Juana Inés de la Cruz.

Luego de estudiar escritura creativa con Mempo Giardinelli, Mónica Lavín abandonó la biología, y decidió dedicarse a la literatura. Es autora de premiados libros de cuentos, novelas y crónicas de viaje. En su breve visita a Buenos Aires para presentar «Yo, la peor», nos juntamos a dialogar con ella.

Periodista: ¿Es cierto que comenzó a interesarse por Sor Juana Inés de la Cruz por su modo de cocinar?

Mónica Lavín: Hace 12 años compartí un viaje en el Ferrocarril Transcanadiense con periodistas de gastronomía de diversas partes del mundo, y conocí a la gastrónoma y promotora de la cocina mexicana Ana Benítez, que después me invitó a escribir para la colección Cocina Virreinal Novohispana. Allí salió en el 2000 «Sor Juana en la cocina», editado por Grijalbo, donde escribí un ensayo sobre la cocina conventual, y Ana ofrece una adaptación a tiempos actuales de las recetas que Sor Juana recopiló de lo que se hacía en la comunidad de San Jerónimo. Ese libro dio pauta en mi cabeza a la inquietud de escribir una novela sobre Sor Juana.

P.: ¿La estimuló ver a Sor Juana cocinando?

M.L.: Siempre la había pensado como poeta, dramaturga, y pude empezar a verla en su vida cotidiana, en la cocina, en los sabores que probaba. Quise saber de dónde viene su experiencia culinaria. Así me entero de que es nieta de andaluces, que es criolla, que está con los negros en la hacienda de sus abuelos. Conozco su parte indígena, y cómo todo eso va haciendo un paladar. Esto me dio la oportunidad de estar cerca de una Sor Juana de carne y hueso. Quise saber más de esa mujer. Leo «Sor Juana o las trampas de la fe», de Octavio Paz, que es muy útil y jugoso. Así empecé a pensar en las decisiones que ella tuvo que tomar y me encontré escribiendo «Yo, la peor».

P.: El libro de Octavio Paz tiene entre otros méritos hacer bajar a Sor Juana de la estatua y volverla contemporánea.

M.L.: Nos hace dejar de verla aburrida, solemne.

P.: Ese libro impulsó a la cineasta argentina María Luisa Bemberg a hacer en 1990 «Yo, la peor de todas», película que tiene en su título indiscutible similitud con el de su novela.

M.L.: Es que ésa es la frase pivote del conflicto de Sor Juana. Es el momento brutal en que firma con sangre «Yo, la peor del mundo». Es el momento en que le escribe Sor Filotea, nombre que usó para recriminarle su forma de pensar y llamarla al orden, el obispo de Puebla, Manuel Fernández de Santa Cruz. La frase «yo, la peor del mundo» aparece cuando debe hacer la renovación de sus votos, a los 25 años de estar en el convento. En la enfermería está su Renovación de Fe, el Evangelio de San Juan y firmada con su sangre esa frase. Es cuando su confesor, el jesuita Antonio Núñez de Miranda le reprochaba que se ocupe de temas mundanos, que frecuente altas personalidades. Y ella sella con esas cinco palabras su arrepentimiento por lo hecho, abandona los libros y pasa a silencio. Aunque en el barroco todo era representación, apariencia, que es con lo que yo juego. Y el interrogante es si siguió escribiendo o realmente renunció, porque hay quienes sostienen que se dejó morir. La Iglesia capitalizó ese acto. Dijo que mostraba su abnegación, y no es que abandonara sus libros porque la obligaran.

P.: Eso indica, según Paz, la censura que sufrió en tiempos de la Inquisición.

M.L.: Idea a la que yo me sumo. Ella tiene que aparentar una reconversión, si bien nunca abjuró de su fe. Tiene que mostrar que está siendo obediente y dejar de ser ojos fuera la que había sido. Juego en mi novela con que ella no calla, y tiene otra estrategia que no conocemos. En 1968 se encontró un documento de la correspondencia que mantenía con las monjas de Lisboa. Son los versos «Enigmas ofrecidos a la discreta inteligencia de la soberana Asamblea de la Casa del Placer, por su más rendida y aficionada Sor Juana Inés de la Cruz, Décima Musa», que no se saben cuándo fueron escritos. Yo sostengo que pertenecen a esos últimos años de aparente silencio. Y que si hubieran sido anteriores a esa época se hubieran publicado, como se publicaron todas sus obras a través de la Virreina, a la que dedica el soneto en «La Casa del placer».

P.: Las relaciones de Sor Juana con marquesas y virreinas han llevado a hablar de su elección lésbica, como en la película de María Luisa Bemberg, de protofeminismo. Usted no participa de esas ideas sobre la gran poeta mexicana.

M.L.: No, porque creo que eso ha sido aprovechado, que nuestra visión en el siglo XXI es totalmente distinta. Para mí la relación que tenía con la Virreina era de amistad. Las formas amorosas, como dice Paz, eran las de la poesía. Me parece que decir que era lesbiana, que me parecería muy bien si lo hubiera sido, es una forma de entender a una amistad que no tenía por qué ser erótica. ¿Por qué no podía haber una complicidad que durara hasta la muerte? Es su amiga, su cómplice, su sostén, su igual en el diálogo, por la cultura que ambas tenían. Salió hace un par de años la novela «El beso de la Virreina», de José Luis Gómez, que explota esa supuesta relación lésbica. Creo que se busca una exitación morbosa. Las relaciones lésbicas existen en mi novela pero se las dejo a otras monjas, porque creo que los conventos eran lugares donde podía ocurrir sin duda el acercamiento entre mujeres. Lo complicado es abarcar asuntos sutiles de las relaciones humanas, como la amistad o la ternura, dado que la pasión amorosa es más evidente, y yo trato de apresar esa dimensión de lo humano.

P.: ¿Cuál es para usted el enigma central de Sor Juana?

M.L.: ¿Renunció o no renunció? ¿Se comportó como querían que se comportara o no? Eso tiene que ver con el último lustro de su existencia, porque antes tiene una vida de privilegio. Tuvo el talento, pero pudo cumplir con lo que deseaba: estar cerca de los libros, fue publicada, tuvo reconocimiento de su obra. De ser una niña que vivía en el campo, con un abuelo que no era rico, que rentaba las haciendas, aprende a leer y escribir a los tres años, a los ocho gana un concurso por una Loa en honor al Santísimo Sacramento. Va a la ciudad de México, llega a la corte, la Virreina la llama «mi muy querida». La empiezan a proteger y consigue quien le pague la dote para el convento. Entra en él, y el arzobispo le encarga hacer el palco para recibir a los virreyes. No fue una vida desgraciada. Me interesa su habilidad para moverse, su capacidad para seducir a través de la inteligencia y la palabra a personajes influyentes y poderosos. Fue armando su destino hasta que perdió esa red de protección. Es cuando se van el gobernador que pagó su dote y los virreyes, y el arzobispo es otro. Luego, es demasiado conocida, su voz es incómoda, y está el Santo Oficio.

P.: Si era difícil ser mujer en el siglo XVII (salvo las con poder) lo era más para una monja, y entonces ella lo padece.

M.L.: Sin duda, pero supo remontar esa adversidad con una astucia notable. Y consigue un lugar extraordinario gracias a su relación con las virreinas y la Marquesa de la Laguna.

P.: ¿Cómo se decidió a hacer una novela histórica, con libertades, de caracter coral y no sobre la biografiada?

M.L.: Es una novela «alrededor de Sor Juana». Antes de ponerme a escribir me preguntaba: ¿cómo abordo su vida para llegar a esa decisión última de firmar su arrepentimiento? Y de pronto me encuentro con la «Respuesta a Sor Filotea», documento donde hace una encendida defensa de su labor intelectual, del libre albedrío y en la que reclamaba los derechos de la mujer a la educación. El obispo-Sor Filotea le responde diciéndole: no te salgas de tu dones, de los que sabes hacer, no peques de vanidad que eso no es digno de una esposa de Cristo. Y ella le contesta que sólo ha querido estar cerca del conocimiento, de los libros y ni siquiera ha firmado sus villancicos. Me dije ahí está la clave, si el obispo decidió transformarse en mujer, ser Sor Filotea para hablar con ella, es que hay que verla desde la perspectiva femenina, rodeada de mujeres, de las reales y las probables de su tiempo. Busqué la mirada que tenían cortesanas, religiosas, marquesas, su maestra, sobre esa niña excepcional, ambiciosa y monja notable. Cómo la iban viendo, sufriendo, admirando, y así narrar los destinos de otras mujeres. Para entender cómo hubiera sido Sor Juana si no le hubiera sido dado lo que tuvo. Acaso. como su hermana, una madre soltera analfabeta de Panoaya. El destino de Sor Juana es conocido, no lo podía alterar, pero no me resistí a inventar otros destinos.

P.: ¿En qué está trabajando ahora?

M.L.: He vuelto a un libro de cuentos, que acabo de terminar, y estoy investigando un personaje histórico de la revolución mexicana, muy poco conocido, un mujer rica, periodista, que creó una Cruz Blanca que atendía los heridos de la revolución en el norte de México.

Entrevista de Máximo Soto

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