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Un Gidon Kremer a la altura de las expectativas
El concierto del violinista y su Kremerata Báltica está entre lo mejor de lo que va del año.
COMUNIÓN. Kremer dejó parte del protagonismo de un concierto que no tuvo desperdicio en manos de la Kremerata.
El recorrido se inició con la belleza atemporal del Concierto para violín y cuerdas opus 42 del ruso-polaco Myeczyslaw Weinberg, vertido con sobriedad y compromiso interpretativo por Kremer y su ensamble. La pieza tuvo una continuación coherente en las famosas "Cuatro estaciones porteñas", de Piazzolla, en la lograda reelaboración de Leonid Desyatnikov, que capta la esencia local de la obra y al mismo tiempo le da universalidad a través de guiños a su célebre paralelo, las "Cuatro estaciones", de Vivaldi. Aquí se lucieron también los solistas de la Kremerata, en especial el cello de Giedre Dirvanauskaite.
La segunda mitad del programa contó con el "plus" de estar articulada como un continuo de obras de autores de Rusia y Ucrania. Luego de que una voz en off anunciara que los músicos interpretarían las tres obras sin interrupción (y por lo tanto los aplausos debían quedar reservados para el final), Kremer acometió la hermosa "Serenata melancólica", de Tchaikovsky (también en arreglo para violín y cuerdas de Desyatnikov) con un fraseo perfecto y una sonoridad brillante. Sobre los últimos compases Kremer comenzó a dirigirse hacia el fondo del escenario, para dejar el protagonismo a su Kremerata en uno de los platos fuertes de un concierto que ya de por sí no tuvo desperdicio: los "Cuadros de una exposición" de Musorgsky en versión para cuerdas y percusión de Jacques Cohen y de uno de los percusionistas del ensamble, Andrei Pushkarev.
Se puede decir que un arreglo es ideal cuando logra que la obra parezca haber sido pensada para la formación a la que aquél está destinado: en pocas palabras, conseguir que el oyente no "extrañe" el original. En el caso de los "Cuadros" el desafío es doble, ya que la popularidad de la orquestación magistral de Ravel excede la de la partitura para piano. El trabajo de Cohen y Pushkarev es asombroso por la multiplicidad de recursos que pone en juego, por la variedad de colores que despliega y la exactitud con la que evoca las imágenes de Hartmann que dieron origen a la obra. Difícilmente se pueda pensar en una versión mejor que la de la Kremerata Báltica, capaz de llevar al extremo este caleidoscopio de dinámicas y sonoridades. Anticipándose al final majestuoso de "La gran puerta de Kiev", Kremer reapareció en escena y cerró mágicamente el programa en soledad con la "Serenata", de Valentin Silvestrov, que emplazada al final resultó una suerte de reflexión meditativa.

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