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Un maestro del teclado pasó por el Colón
El excelente pianista brasileño Nelson Freire ofreció una interpretación del «Concierto en Si bemol mayor» de Brahms en perfecto acople con la Filarmónica, sin perder brillo propio.
Nelson Freire tiene uno de esos rostros que no pasan inadvertidos para nadie. Aún sin saber que se trata de uno de los mayores pianistas de su generación, sería imposible sustraerse a la inteligencia que se lee en sus ojos y a su sonrisa insinuada. Su actitud corporal, además, habla de un hombre abierto y sin divismos y de un artista que se pone al servicio de la música que interpreta. Pero de nada valdría en una reseña la mera enumeración sin decir que todas estas características quedaron perfectamente en evidencia en su actuación del jueves pasado en un Teatro Colón repleto, cuando todavía se recordaba su visita del 2008 junto a la Orquesta Juvenil de las Américas, con la que interpretó el concierto de Schumann.
Esta vez el pianista brasileño, una suerte de hermano en el arte de Martha Argerich (con la que constituyó un dúo fuera de serie), se enfrentó a una obra monumental en todo sentido: el «Concierto n° 2 en Si bemol mayor» opus 83 de Johannes Brahms. Dado que ya es un lugar común mencionar que se trata casi de una sinfonía con piano concertante (por sus cuatro movimientos, sus proporciones mayores a las habituales y la forma en que se integra el instrumento solista al ensamble), vale citar las palabras del propio compositor, quien el 7 de julio de 1881 escribía a una amiga: «Acabo de terminar un conciertito para piano con un pequeño scherzo. Ha brotado en el tono de Si bemol. Temo haber maltratado esta teta que de costumbre da tan buena leche».
La interpretación que brindó Freire del «conciertito» de Brahms fue un ejemplo de cómo un solista puede acoplarse a una orquesta sin perder el brillo propio, sustentado en el excelente trabajo del director nicaragüense Giancarlo Guerrero y de la misma Filarmónica, con un brillo especial de Carlos Nozzi en el solo de cello del «Andante». Las trampas rítmicas del «Allegro non troppo» inicial, por ejemplo, fueron sorteadas con elegancia por el conjunto. Después de un «tour de force» semejante y de la atronadora ovación que le siguió, Freire regaló como bis un fragmento del ballet del «Orfeo» de Gluck, del que hizo una creación asombrosa, con expresividad insuperable y «pianissimi» en el umbral de la audición humana, dejando en la atmósfera la sensación de que desde la masculinidad brahmsiana hasta el refinamiento gluckiano, nada le es ajeno a este poeta del teclado.
También en Si bemol mayor, la «Sinfonía n° 5» opus 100 de Sergei Prokofiev, obra cuya grandilocuencia y relativa «consonancia» parece responder a los preceptos del stalinismo, cerró el programa. La Filarmónica brindó una versión muy sólida, comandada por el marcial Guerrero, quien no escatima energía física para dar sus directivas. Al fin y al cabo, una orquesta tiene mucho de ejército sonoro, y éste viene ganando todas las batallas.

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