24 de febrero 2011 - 00:00

Un ojo en China para la cita Obama-Dilma

La secretaria de Estado norteamericana, Hillary Clinton, y su par de Brasil, Antonio Patriota, se encontraron ayer en Washington para ultimar detalles de la visita de la familia Obama al país sudamericano.
La secretaria de Estado norteamericana, Hillary Clinton, y su par de Brasil, Antonio Patriota, se encontraron ayer en Washington para ultimar detalles de la visita de la familia Obama al país sudamericano.
Falta menos de un mes para que Barack Obama inicie la primera gira sudamericana de su mandato, con escalas en Brasil (19 y 20 de marzo), Chile (21 y 22) y El Salvador (22 y 23). Ni hace falta decir que el tour saltea a la Argentina.

«Viajo a Brasil, Chile y El Salvador para forjar nuevas alianzas en el continente americano», dijo Obama el 25 de enero, durante su discurso del Estado de la Unión. Argumentos aparte, lo cierto es que en el caso Brasil, la «nueva alianza» enunciada por Obama sin duda busca profundizar los lazos comerciales. Y también, seguramente, apuntalar a Brasilia como alternativa estratégica frente a Colombia, el tradicional «socio» de Washington en el continente sudamericano.

Primero, la cuestión de números. De acuerdo con estimaciones del Banco Itaú, el gigante sudamericano llegará a 2020 con un crecimiento promedio de 4,6% en su PBI y una renta per cápita que trepará hasta u$s 22.000 (hoy es de u$s 10.800). Brasil es hoy la octava economía del mundo, con perspectivas de llegar al quinto puesto antes de que termine la actual década, superando a Francia y Gran Bretaña.

Pero hay más razones todavía. En 2009, China superó a EE.UU. y pasó a ser el principal socio comercial de Brasil (también de Chile). Por eso es que el presidente Obama viajará (además de su esposa Michelle y sus hijas Sasha y Malia) con una comitiva de más de 1.000 personas entre funcionarios, empresarios y periodistas. Por eso, también, es que Washington ya mandó algunos «adelantados» de peso para ir preparando el terreno: el secretario del Tesoro, Timothy Geithner, que la semana pasada se reunió en Brasilia con el ministro de Hacienda brasileño Guido Mantega; el subsecretario de Estado para Asuntos Económicos José Fernández, que estuvo en la capital brasileña y en Río de Janeiro a principios del mes. Tampoco fue casual la reunión, días pasados en el Planalto, entre la presidenta Dilma Rou-sseff y el CEO mundial de General Electric, Jeffrey Immelt, que anunció la inversión de u$s 500 millones en los próximos años.

Lo de la «nueva alianza» lo dejó más que claro el ministro de Desarrollo brasileño, Fernando Pimentel, cuando dijo que «tanto Brasil como EE.UU. están frente a un desafío común: preservar sus economías industrializadas frente al avance de la producción china».

En términos más estratégicos lo consignó el actual embajador de EE.UU. (y ex subsecretario de Asuntos Hemisféricos) Tom Shannon: «Que en su primera visita a Sudamérica, la primera parada sea Brasil (muestra) el deseo de reforzar una emergente alianza global, cada vez más importante», que es, asimismo, «un claro reconocimiento de que Brasil no es sólo un actor regional sino mundial».

Enfriamiento

Si bien históricamente las relaciones entre Washington y Brasilia han sido cordiales, el intercambio diplomático se enfrió varios grados durante el final del Gobierno de Lula, después de la intervención brasileña en Honduras (América Central siempre estuvo bajo la «égida» de EE.UU.), el acercamiento a Irán en temas nucleares y el fracasado intento de «mediar» en el conflicto de Medio Oriente (otra intromisión en terreno «monitoreado» por Washington).

Pero días antes de asumir, ya Dilma Rousseff aflojó algunas tiranteces: denunció la violación de Derechos Humanos en Irán por parte del Gobierno de Mahmud Ahmadineyad, puso a hibernar los temas nucleares con los persas, recolocó en un limbo de indefinición la compra de 36 aviones de combate a la Dassault francesa para darle esperanzas renovadas a la estadounidense Boeing con los F-18, y, en los últimos días (es la economía, ¡estúpido!), buscó aunar posiciones con Washington para combatir, dentro del G-20, a Francia, que quiere controlar los precios de los commodities.

En este clima de renovada cordialidad es que Obama llegará a Brasilia primero y a Río de Janeiro después. Aunque fue el Gobierno de Lula el que en 2004 propuso a EE.UU un Tratado de Libre Comercio (TLC) con el Mercosur («cajoneado» por el USTR, US Trade Representative de la Casa Blanca), se planea que como resultado de la visita de marzo, los gobiernos de Brasil y EE.UU. firmen un acuerdo que elimine la doble tributación impositiva para el comercio bilateral.

De cara al corto plazo, estadounidenses y brasileños suscribirán contratos de cooperación en eventos deportivos de «gran porte» (como son la Copa Mundial de Fútbol y las Olimpiadas). Esa es una de las razones que lleva a Obama a Río, la «cidade maravillhosa». La otra, es más personal: conocer el morro Chapeu Mangueira, donde en los 50 se filmó la película «Orfeo Negro», que él admira desde niño.

Mientras tanto, desde Colombia el Gobierno de Juan Manuel Santos también viene dando algunas señales que inclinarían la balanza a favor de China. Anunció el presidente colombiano que su Gobierno negoció con el de China la construcción de un «canal seco» alternativo al Canal de Panamá (en proceso de ampliación, con inversión estadounidense). Este canal «seco» es una línea de ferrocarril que conectará (u$s 7.600 millones mediante), el Caribe con el Pacífico colombiano y podría derivar mucho del tráfico comercial controlado por EE.UU. en Panamá.

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