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Un tempestuoso regreso a casa
Mirta Busnelli, Javier Lorenzo y Céline Bodis; un reencuentro inoportuno en «Hasta que la muerte nos separe»
Una madre temible, el hijo que regresa al hogar a raíz de la muerte de su abuela y la apetecible vecinita de infancia que nunca dejó de esperarlo comparten un caótico reencuentro donde todo parece ir de mal en peor. Simón dirige su propia agencia de publicidad, pero en los diez años que transcurrieron desde su partida no parece haber madurado mucho. Basta con observar el miedo que le inspira su progenitora, una mujerona amarga y de muy pocas pulgas que impone su autoridad sin escatimar reproches ni opiniones lapidarias.
Como después se verá, la mujer está muy lejos de ser un ogro (es simplemente una madre). Pero, frente a esa figura sobredimensionada por la fantasía, el hombre se vuelve niño y el público sufre con él (aún cuando sus inhibiciones y torpezas provoquen risa). En pocos minutos, el típico circuito de reclamos, sermones y broncas mal digeridas que suelen compartir padres e hijos se va distanciando del folklore familiar para internarse en un pantano inmanejable, donde hasta el más equilibrado de los adultos deja de hacer pie.
Siempre con la complicidad de la dulce Anne, otra «niña» que juega a ser la esposa de su padre, Simón va saliendo poco a poco del laberinto del «monstruo». No conviene anticipar aquí las desopilantes peripecias en las que se va enredando el protagonista (ya es sabido que el humor siempre se disfruta más sin información previa). Pero no es en ese punto donde reside la verdadera eficacia de esta comedia, sino en la desbordante subjetividad que tiñe las acciones de cada personaje.
Mirta Busnelli y Javier Lorenzo brindan una interpretación magistral. Se comunican con todo el cuerpo, cargan sus textos de mil matices, y cuando no hablan, gruñen, gimotean, muestran su interior como una media dada vuelta. Juntos se enfrascan en un duelo actoral, convenientemente ajustado por el director -el francés Paul Desveaux- que les permite navegar muy cómodamente entre la emoción y el absurdo. Junto a ellos, Céline Bodis funciona como una presencia luminosa y pacificadora de gran encanto.
Los diálogos son ásperos, ridículos. Los gestos, desesperados. Pero al final prevalece el sentido común y la mutua aceptación. El hijo deja atrás sus miedos y acepta con alivio (también con melancolía) que su vida estará siempre en manos de mujeres.


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